El 9 de enero de 1783, a las once de la noche, en una casa de Chazelles, en el Forez, un pistoletazo cargado con dos balas segó la vida en su lecho de don Morel de la Combe, juez castellano de Lavieu. No dormía en aquel aposento del primer piso más que desde la víspera, a causa de las reparaciones que mandaba ejecutar en su vivienda. Hallábase su cama en una alcoba; la de su esposa apenas distaba de ella un espacio de dos pies, y una misma cortina las cubría entrambas.
Dormía la señora de Morel. Despertola la detonación y descubrió en el mismo instante el cuerpo ensangrentado de su marido. Clamó por socorro; pero el homicida ya se había desvanecido. A ella ni la habían rozado. Quien disparó sabía muy bien, a dos pies de distancia y en la tiniebla más cerrada, cuál de los dos lechos buscaba.
Fuerza es convenir en que la justicia de provincias, tan pronto como un crimen estremece una comarca, acude primero a lo más inmediato. Al día siguiente fue prendido Pierre Barou, carpintero, quien había trabajado en las obras de la casa y conocía, por ende, sus vericuetos; luego se inquietó a otro Barou, Benoît, tabernero en Chazelles. Eran sospechas vagas; mas aquel que ha poseído la llave de un aposento es siempre, a ojos del vulgo, quien abrió la puerta.
Fue entonces cuando asomó en la causa una mujer a quien la Gazette no nombra. Guardaba rencor al cura de la parroquia, el señor Mosnier, por cuenta de un matrimonio frustrado del cual cabe presumir que fue testigo u obstáculo. Acudió ante la justicia a denunciar que el cura había inducido el crimen al carpintero. No se le acusaba de haber tirado del gatillo; acusábasele, con bajeza aún mayor, de haberlo sugerido.
El bailiazgo de Montbrison decretó orden de prisión contra el cura, y un sacerdote cuya vida entera había sido intachable, estimado por sus superiores y querido por su grey, fue conducido a las cárceles de Montbrison cual instigador de un asesinato.
Apeló ante la Tournelle del Parlamento de París, y su letrado redactó un memorial cuyas primeras páginas la Gazette juzgó oportuno extractar, tan por encima parecían elevarse sobre la causa misma. No se limita allí el abogado a abogar por su patrocinado. Advierte que a dicho párroco le bastó un solo enemigo para verse delatado y puesto bajo cerrojo; y se pregunta cuántos hombres de mundo, obligados a lidiar con pasiones celosas y odios enconados, no habrán de temblar ante la facilidad con que se los puede calumniar o aun perder para siempre. Añade, además, una advertencia que todo magistrado debiera tener grabada ante los ojos: que los verdaderos culpables se sirven a menudo de tales delaciones —que ellos mismos no pocas veces urdieron— para zafarse de las pesquisas.
El 18 de marzo de 1784, un auto judicial dispuso que el cura fuera restituido provisionalmente a la libertad.
Y es aquí donde la Gazette se detiene. Nada dice del destino de los dos Barou; nada dice de la delatora; y calla, sobre todo, quién fue aquel que, en una noche de enero, penetró en una estancia que solo se ocupaba desde la víspera y escogió sin titubear, entre dos lechos separados por apenas dos pies, el del juez. ¿Quién sabía que el juez castellano había mudado de aposento? Los operarios, sin duda. La servidumbre, de seguro. Y tal vez alguien más, en quien la justicia de Montbrison jamás reparó, atareada como estaba en dar oídos al despecho de una mujer.
Así permanece abierta, desde hace dos siglos y medio, la causa de Chazelles, donde se vio a un carpintero preso por haber trabajado en la casa, y a un sacerdote encarcelado por haber tenido un enemigo.
Fuente: Gazette des tribunaux, t. XXI, 1786, Tournelle criminelle du Parlement de Paris, acusación de asesinato premeditado. El texto digitalizado consigna «Chamelles» y «Mord», dos erratas del OCR.
