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Armes de la Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · CUISINE & LETTRES
Las 54 Historietas del Archivo · Nimes, 1784-1785

Los cazadores de La Bruyère

Cerca de Nimes, una veintena de monteros no perseguía la liebre. Diez bandoleros, descoyuntados en la rueda viva. Su ojeador apenas contaba once años.

Hubo en los contornos de Nimes, a lo largo de todo el año de 1784, una aciaga sazón en que ya no se viajaba sino presa del temblor. No se hablaba, tanto en mesones como en castillos, sino de latrocinios y de muertes violentas, de moradas descerrajadas y señoríos saqueados; y cada semana traía consigo el hallazgo de algún infeliz caminante al borde de una senda, despojado de su bolsa y, harto a menudo, del aliento vital. Los caminos reales de Sauve, de Uzès y de Sommières habíande trocado en auténticos degolladeros, y nadie sabía a ciencia cierta, al alborear la jornada, si alcanzaría la noche con vida.

Pronto se supo de qué lodos venía aquel fango. Cuatro facinerosos se habían evadido de galeras; errantes, vagabundos, mas diestros en concertarse en caso de menester, formaban cuadrillas de tres, de seis, de ocho hombres, y aun mayores si la presa prometía colmar la codicia; acometían a los transeúntes en los caminos reales y dejaban por doquier las sangrientas huellas de sus tropelías. Llevaban consigo a ciertas mujeres, a quienes la Gaceta califica de concubinas, y, desdicha mayor aún, a un niño.

Semejante suma de desafueros no podía quedar largo tiempo impune. Don de la Bruyère, procurador del rey en el tribunal del presidio de Nimes, logró averiguar que aquellos malhechores se guarecían, en compañía de sus mancebas, en unos tejares apartados, enclavados entre Nimes y Saint-Gilles. No era mengua haber dado con su madriguera; lo arduo estribaba en sorprenderlos en ella. Acometerlos a pecho descubierto equivalía a hacerse abatir a balazos a cien pasos de distancia por hombres que ya no tenían nada que perder.

Resolvió, pues, el magistrado aparejar la maña con la fuerza. Escogió a tres alguaciles avisados, a los cuales sumó una veintena de mancebos gallardos y bien dispuestos; y, a fin de aproximarse sin despertar recelo alguno, tomó toda la partida el porte y los arreos de una cuadrilla de monteros. Fácil es figurarse aquella comitiva avanzando por los pedregales y carrascales de la garriga, la escopeta al hombro y el morral al cinto, deteniéndose aquí por una liebre fingida, acullá por una perdiz imaginaria, y cerrando poco a poco, con fingido descuido, el cerco en torno a los hornos de ladrillo. No refiere la Gaceta cuánto duró semejante comedia; tan solo apunta que dispusieron sus trazas con tanta oportunidad que lograron avanzar sin que nadie columbrase sus designios.

De improviso, los falsos cazadores cercaron los tejares. Diez de aquellos desalmados fueron sorprendidos y aherrojados en el acto. Allí tocó a su término la carrera de sus crímenes.

La instrucción resultó prolija y escrupulosa: se tomó declaración a más de un centenar de testigos, cuyas deposiciones remataron las pruebas del delito. Por sentencia soberana del 15 de febrero de 1785, los diez bandidos fueron condenados a ser quebrantados vivos en la rueda. Al día siguiente, sus concubinas sufrieron la condena de ser puestas a la vergüenza en la picota, para ser luego recluidas de por vida en una casa de corrección.

Resta el infante. Tratábase de un zagal de once años que apenas llevaba cumplido, según refiere la Gaceta, un mes de aprendizaje en aquella aborrecible ralea, mas que desempeñaba ya en ella su cometido. Hacía la descubierta; era el espía que salía a atisbar por los caminos reales; llegaba incluso a ser el primero en atajar a los caminantes, a quienes sus amos, apostados en celada, desvalijaban al punto. ¿Quién habría de desconfiar de una criatura que se acerca a preguntar por su camino?

Los jueces no pronunciaron contra él condena de castigo. Mandaron recluirlo en un hospital por espacio de seis años, a fin de que fuese doctrinado en la religión católica; y el redactor de la Gaceta añade, con una unción donde se trasluce más la pía esperanza que la certeza, que acaso los años y la razón enmienden aquel corazón tan tempranamente pervertido por las lecciones y el pernicioso ejemplo de tales malvados.

Placería conocer la suerte corrida por aquel muchacho, salido del hospicio a los diecisiete años cumplidos, en 1791, en una Francia que ya en nada se asemejaba a la que lo juzgara. Los legajos callan. Tal fue el desenlace de esta causa, en la cual la astucia de un magistrado llevó a cabo cuanto la fuerza bruta no alcanzara, y donde la justicia de aquel siglo, tan despiadada con los hombres hechos, supo recordar al menos que un niño no es todavía un culpable.

Fuente: Gazette des tribunaux, 1785, sentencia soberana del tribunal del presidio de Nimes del 15 de febrero de 1785.

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