Una sentencia del Parlamento de París, fechada el 3 de diciembre de 1777, condena a Pierre-Étienne Charlier, aserrador de foso, ya marcado a fuego con la letra V, a ser quebrantado vivo en la plaza de Grève. La Gazette resume el crimen en una sola frase, y cada palabra pesa.
El 13 de noviembre, Charlier se había introducido furtivamente en la alcoba de Marguerite-Edmée Le Grais, viuda de Ronden, donde permaneció oculto aguardando su regreso. Al entrar la mujer, la mató a golpes de leño y valiéndose de un cuchillo que había mandado afilar expresamente, para luego robarle cuanto tenía. Reza el auto: asesinato y robo perpetrados con deliberada premeditación.
La V grabada al hierro en el hombro lo señalaba como ladrón; Charlier ya había pasado una vez por manos de la justicia. Y bien se colige, en aquel cuchillo amolado de antemano y en esa acechanza tras la puerta, que este segundo crimen nada tuvo de arrebato repentino.
Sin embargo, el periodo siguiente de la sentencia causa mayor asombro. Por lo que toca a Louis-Constant de Lavaux, presbítero y cura de Saint-Martin de Passel, en la diócesis de Noyon, receptador de los efectos robados por Charlier, el Parlamento suspende su fallo hasta después del suplicio.
Un cura de aldea dando cobijo al botín de una viuda asesinada en París: la Gazette nada más añade, ni cómo llegaron al presbiterio las prendas robadas, ni qué sabía el eclesiástico acerca de su procedencia. El Parlamento deseaba ante todo despachar al homicida; cabe presumir que contaba con sus postreras confesiones —aquellas que se recogían al pie del patíbulo— para arrojar luz sobre la suerte del cura. Placer daría conocer el desenlace. No figura en estas páginas.
Gazette des tribunaux, 1777, sentencia del Parlamento de París del 3 de diciembre de 1777.
