En Berlín, el 18 de noviembre de 1809, el consejero de guerra y hacienda Eberhard abandonó su domicilio para almorzar con Wilster, un individuo que se presentaba como el barón von Essen. El Pitaval designa a la víctima bajo el seudónimo de Greiner; una nota editorial advierte que dicho subterfugio pretendía resguardar a parientes lejanos, revelando que el verdadero apellido del funcionario era Eberhard. Su enlace conyugal apenas sumaba diez semanas de existencia. La crónica nos lo muestra como un hombre robusto, complacido de su cargo, de su peculio y de los albores de su vida marital junto a una joven esposa. Lejos de constituir un retrato corroborado por fuentes independientes, se trata del marco escénico delineado antes de relatar su fulminante agonía.
Eberhard y Wilster cultivaban una relación amistosa. La víspera, conforme a los testimonios recogidos, Wilster había hecho reservar un gabinete privado en el restaurante Dallach e invitado a su compañero. El encausado alegó más tarde que se había tratado de una simple cita acordada de mutuo acuerdo. La viuda de Eberhard recordó, por el contrario, que su esposo se había quejado de quebrantar su régimen dietético, presumiendo que Wilster, escaso de fondos, buscaba obtener de él un préstamo. Ambas versiones divergen sobre la naturaleza del encuentro. La crónica pondera la invitación como un indicio de peso, mas no arroja luz sobre el diálogo previo que mantuvieron los interlocutores.
A tenor de los autos, los comensales apuraron una copa de ron antes de tomar carne de buey con patatas y vino tinto. Al poco tiempo, Eberhard manifestó un malestar repentino, se incorporó y salió de la estancia aduciendo que la vista se le oscurecía. Un mozo de servicio lo vio vomitar en repetidas ocasiones. Regresó al aposento, desconcertado por un desfallecimiento tan insólito, y pasó luego a la alcoba de la señora Dallach, a quien trataba con familiaridad por frecuentar de antiguo la casa. La relación señala que su sufrimiento era agudo y que se vio forzado a salir de nuevo. No consta en las actuaciones que ingiriera ningún otro alimento en el lugar; el cuadro mórbido se había desencadenado apenas concluido el almuerzo.
Wilster condujo a su amigo de vuelta a su residencia. Según el posterior relato de la esposa, penetró en la vivienda y lo ayudó a recostarse. Eberhard vomitaba sin tregua, atenazado por dolores abdominales y una intensa opresión en el pecho. La cónyuge expresó su deseo de llamar a un facultativo, pero declaró que Wilster la disuadió con el argumento de que el abrigo de las mantas y el calor bastarían para restablecerlo. Añadió que el acompañante refirió diversas anécdotas para desviar la atención del doliente y de los presentes. Este testimonio depende en gran medida del recuerdo de la viuda ante los investigadores y debe escindirse de las observaciones clínicas practicadas a posteriori.
El profesor Grapengießer se presentó hacia las cuatro de la tarde. Antes de reconocer al enfermo, escuchó de labios de Wilster una relación de lo acaecido: Eberhard se habría acalorado, comido y bebido con exceso de premura, sobreviniéndole luego el colapso. El médico atribuyó el cuadro a un cólera fulminante motivado por el enfriamiento y la indigestión. Prescribió diversos remedios, de cuya preparación se encargó en parte el propio Wilster. La salud del consejero se deterioró de modo irreversible. Incapaz de incorporarse, exhausto y sin apenas articular palabra, expiró hacia las seis. Cuando el facultativo regresó una hora más tarde, exclamó, según consigna la crónica, que el paciente había sucumbido a un veneno.
El sepelio fue fijado en un primer momento para el lunes siguiente. Trascendió que Wilster previno a los allegados encargados de las exequias de que el cadáver se descomponía con inusitada celeridad y requería una inhumación urgente. Semejante premura alarmó a varios conocidos, desconcertados ante una muerte que sucedía de forma abrupta a un estado de aparente plenitud física. El rumor público osciló entre una apoplejía de ira, un accidente y un homicidio por tóxicos. La autoridad judicial decretó la autopsia. El propio médico que la instó había emitido un diagnóstico inicial de cólera; no obstante, el examen anatómico y las deposiciones de quienes trataron a Eberhard antes del almuerzo orientaron las pesquisas hacia la hipótesis del tósigo.
Los peritos advirtieron una gravísima inflamación estomacal y signos que juzgaron compatibles con una intoxicación. El contenido de la víscera fue remitido al químico Klaproth, cuyos análisis no revelaron rastro alguno de arsénico. Dicha ausencia impedía la constatación material del agente venenoso, pero no descartaba, a juicio de los peritos citados, la tesis del crimen: los vómitos y las evacuaciones copiosas bien pudieron haber purgado la sustancia antes de la necropsia. Una junta médica superior examinó los dictámenes y las circunstancias del sumario, dictaminando que, si bien el envenenamiento no podía tenerse por incontestable, resultaba en grado sumo verosímil. La distinción reviste suma importancia: el memorial judicial se atiene a una graduación de probabilidades, no al hallazgo corpóreo del tóxico.
Otro hilo de la instrucción condujo a la botica de Flittner. El boticario reveló que Wilster había adquirido arsénico blanco el 14 de noviembre, cuatro jornadas antes del fatal almuerzo. Tras el óbito de Eberhard, el sospechoso se personó con un frasco desprecintado solicitando que se le trocara por uno sellado. El dependiente constató luego que faltaban cinco dracmas en el envase original. Wilster arguyó que el producto estaba destinado a exterminar ratas y topos en sus fincas, poniendo en tela de juicio las fechas consignadas por el farmacéutico y su ayudante. Su primer recibo había sido extendido a posteriori, con una data que no coincidía con la entrega efectiva de la sustancia. Los empleados declararon además las presiones que ejerció para enmendar el asiento y recabar un resguardo de devolución. El tribunal consideró tales maniobras como indicios vehementes, sin que ello equivalga a una confirmación química del contenido del recipiente.
La crónica se demora en un pormenor de notable interés. Pocos días antes de la tragedia, Wilster hizo hervir en el fogón de su patrona una sustancia blanquecina, vigilando la cocción con riguroso celo y demandando que se removiera con sumo cuidado. Alegó que deseaba ensayar una muestra de piedra caliza extraída de sus tierras. El químico Klaproth juzgó dicho proceder inadecuado para el análisis de la cal, pero enteramente compatible con la disolución de arsénico en agua. Ninguna prueba pericial logró determinar la naturaleza real del compuesto: tanto la vasija como la espátula empleada desaparecieron sin rastro. La coartada de la caliza fue impugnada por el fiscal y por el recopilador del Pitaval, mas la falta de un análisis físico relegó este episodio al rango de indicio controvertido.
Los jueces auscultaron asimismo el móvil de interés pecuniario que Wilster habría tenido en el deceso de su amigo. Había concertado la adquisición de unos predios cuyo pago debía satisfacer a corto plazo; varios testigos atestiguaron que llevaba meses afanándose en procurarse una esposa acaudalada. Eberhard acababa de desposar a una dama provista de bienes considerables. Tras el duelo, la viuda relató que Wilster le exigió de manera apremiante su confianza, ofreciéndole su auxilio y tutela, e intentando abrazarla contra su voluntad manifiesta. Otros comparecientes corroboraron tales solícitas atenciones. Wilster negó cualquier pretensión matrimonial, reduciendo su proceder a muestras de piedad y consuelo. La crónica deduce de ello un móvil fundado; no obstante, tal conducta ulterior no basta por sí sola para certificar una premeditación homicida.
La defensa de Wilster se aplicó a desarticular cada eslabón indiciario. Sostuvo que Eberhard pudo haber sucumbido a un cólera fulminante, a un accidente vascular o a una afección crónica; atribuyó las dolencias a males pretéritos e insistió en la precariedad de las pruebas materiales. Llegó a aventurar la conjetura de que algún cebo con veneno para roedores, preparado en la cocina del establecimiento, hubiera podido mezclarse fortuitamente con las patatas servidas. El juez desestimó de plano tal hipótesis, que el cronista reproduce para subrayar su inverosimilitud. Wilster rebatió asimismo la pericia de los dictámenes facultativos, redactando alegatos contra sus conclusiones. El cronista admira la agudeza dialéctica del procesado, aun presentándola como una estratagema judicial; juicio que corresponde al autor y no a las solas diligencias de los peritos.
Concluido el procedimiento, el tribunal sentenció a Wilster a quince años de reclusión en una plaza fuerte, condena tildada de extraordinaria en las páginas del relato. El fallo fue ratificado en grado de apelación, siendo trasladado a Stettin para cumplir su confinamiento. El texto no registra confesión postrera alguna ni el hallazgo tardío del arsénico en los despojos de Eberhard. Brinda al lector el cuadro de un veredicto cimentado en un haz de indicios convergentes ante la falta de una prueba química incontrovertible. El almuerzo en la fonda de Dallach, el frasco sustituido en la botica y el caldero cuyo contenido jamás pudo analizarse componen el legado documental transmitido por el Pitaval: una trama de hechos atestiguados, controvertidos y finalmente sopesados por la magistratura a comienzos de siglo.
