En Eckbolsheim, el doctor Robert Flocken había atendido a Michael Mathis durante años. Conocía la casa, las costumbres del enfermo y a las personas que por allí pasaban. El 31 de octubre de 1887, le prescribió un remedio por vía oral y una fricción para el cuerpo. En la receta, consignó por error dos gramos de extracto de cólquico en ciento cincuenta gramos de solución. En verdad, pretendía ordenar una tintura de cólquico, preparación distinta y de mucha menor fuerza. Más tarde admitiría la confusión. Aquel día, no obstante, nadie sospechaba aún que un simple renglón mal redactado habría de enfrentar a dos familias, a un médico y a una botica.
La farmacia Meisen, en Estrasburgo, preparó la poción. Mathis tomó de ella tres cucharadas con intervalos de unas dos horas. Muy pronto le sobrevinieron vómitos y diarrea. La mañana del 1 de noviembre, Flocken acudió a visitarle. Examinó al paciente, tomó el frasco, le arrancó la etiqueta y vació su contenido. Enjuagó el cristal y dispuso luego la preparación de otro remedio. La crónica no refiere que advirtiera entonces a la familia del yerro cometido, ni que solicitara a un colega que asumiera los cuidados. Mathis se debilitó aún más y falleció a la mañana siguiente, apenas media hora después de que el médico se marchase.
Las partidas de defunción no señalaron el cólquico. Apuntaron a afecciones del corazón, del intestino o de los riñones, según los casos y los facultativos consultados. El cadáver fue exhumado. El examen no reveló ninguna lesión anatómica concluyente, y los análisis químicos no hallaron rastro de colchicina. Para los encargados de la investigación, la ausencia de vestigios no daba por cerrado el expediente; tornaba más apremiante la cuestión de las dosis, los síntomas y la conducta del médico.
El posadero Herter, en Estrasburgo, había recibido de Flocken una receta similar. Tomó tres dosis el 31 de octubre y acto seguido padeció violentos trastornos. El doctor volvió a verle y otras personas le dispensaron atenciones, pero su estado empeoró. Murió el 3 de noviembre. Su viuda, ajena por entonces al caso de Mathis, exigió explicaciones sobre la prescripción. Al leer la prensa, supo que otro paciente de Flocken había expirado. Reclamó entonces la receta y quiso averiguar qué contenía el medicamento. Dos fallecimientos, hasta ese momento separados por las direcciones y los lazos familiares, confluyeron en la misma farmacia.
El fiscal había sido informado del caso de Mathis el 3 de noviembre. Los interrogatorios dirigidos a Flocken y a Greiner, titular de la botica, no tardaron en sacar a la luz otra pieza esencial: el registro de recetas. Esa misma noche, Greiner envió al aprendiz Jakob Andres a comprar un libro nuevo. Al día siguiente, Alfred Wolff, oficial preparador de la botica, transcribió allí asientos destinados a otorgar a las recetas una fecha y una apariencia compatibles con la defensa. La prescripción de Herter fue destruida; la de Mathis, que Flocken se había llevado consigo, ya no estaba disponible. Las hojas antiguas del libro también desaparecieron.
Los encausados comenzaron negándolo todo. Sin embargo, el comerciante había asentado la venta del libro en sus propios libros de contabilidad. Esta pista condujo de nuevo a los investigadores al establecimiento. Wolff y Andres terminaron por relatar su participación; Greiner porfió más tiempo en su negativa antes de admitir los hechos. La sucesión de las versiones importaba tanto como el libro desaparecido. Cada desmentido obligaba a cotejar las horas, las visitas y las determinaciones adoptadas una vez que el peligro ya había sido comprendido.
Flocken también varió su declaración. Explicó que había advertido su equivocación al consultar el registro hacia las diez de la noche del 31 de octubre. Greiner y el farmacéutico Schmidt afirmaron que se había presentado en la farmacia y les había manifestado haber prescrito por error extracto de cólquico. El facultativo disputaba el número de ocasiones en que se había producido tal falta: reconocía dos, mientras que algunos testimonios daban a entender que habría aludido a tres recetas. La tercera quedó en la penumbra. En la vista oral, el presidente del tribunal le interrogó sobre la posibilidad de un tercer enfermo; Flocken lo negó, y las diligencias no llegaron a transformar esa sospecha en un hecho probado.
Las pesquisas hubieron asimismo de reconstruir las dosis sin el auxilio de las dos recetas originales. Las declaraciones situaban las tomas de Mathis y de Herter a horas distintas, pero dentro del mismo lapso en que Flocken había descubierto lo que había consignado. Los frascos, las etiquetas y los libros de la botica habrían podido vincular de forma directa cada preparación con su fórmula; parte de estos efectos había sido lavada, vaciada o destruida. A medida que menguaban las pruebas materiales, las visitas adquirían un peso decisivo: quién había sabido qué, a qué hora exacta, y quién habría estado aún a tiempo de prevenir a las familias. El tribunal debía juzgar, pues, una conducta a partir de un haz de testimonios, sin perder de vista que tales relatos se habían forjado tras los decesos y las primeras negativas.
Restaba una incógnita más palmaria: tras comprender el error, ¿por qué no hizo avisar a Herter? Alegaba haber descubierto la confusión demasiado tarde y no haber calibrado la magnitud del riesgo. Con todo, los testigos de la farmacia situaban su visita a última hora de la tarde o primera de la noche, antes de que Herter hubiera ingerido todas sus dosis. La defensa insistía en las dudas médicas y en la imposibilidad de acreditar químicamente la presencia del veneno. La acusación replicaba que no se evalúa una conducta únicamente por el resultado de un análisis posterior: cabía considerar lo que un médico estaba en condiciones de entender al descubrir que había recetado una sustancia desacostumbrada a una dosis exorbitante.
En el juicio, celebrado los días 11 y 12 de mayo de 1888, los peritos discreparon. Schmiedeberg consideró que la cantidad contenida en el medicamento excedía en mucho la que habría supuesto la tintura prescrita y que resultaba susceptible de acarrear una intoxicación grave, cuando no la muerte. Los peritos de Estrasburgo compartieron sustancialmente este parecer. Husemann, propuesto por la defensa, rebatió que la dosis bastase por sí sola para determinar un desenlace fatal y puso en tela de juicio lo que Flocken hubiera podido prever. Los análisis negativos y una autopsia poco concluyente pesaban en el debate; mas no eximían a los jueces de examinar los síntomas y los actos descritos.
Cuatro hombres comparecían ante la justicia. La responsabilidad del médico no se confundía con la de los boticarios. Wolff había rehecho las inscripciones; Greiner había ordenado la compra del libro y tomado parte en el encubrimiento; Andres había obrado como mero recadero. Para absolver a este último, el tribunal consideró su juventud, su inexperiencia y la posibilidad de que hubiese procurado tan solo ponerse a salvo de las pesquisas. Los magistrados condenaron a Flocken por negligencia, atendiendo tanto a la receta defectuosa como a su omisión de auxilio tras haberla advertido. Wolff recibió dos meses de prisión por su negligencia en la preparación y el despacho de los remedios; Greiner, dos semanas por haber cooperado en la ocultación de los hechos. Andres fue absuelto. Flocken fue sentenciado a nueve meses.
En sus considerandos, el tribunal dio por probado que los preparados habían causado ambas muertes. Con todo, no equiparó el error de prescripción a un envenenamiento intencionado. Señaló con precisión el límite en que la prudencia profesional y el deber de socorro habían quebrado. Greiner y Wolff apelaron; el Reichsgericht desestimó su recurso el 27 de septiembre de 1888. Flocken acató la sentencia. Una medida de gracia conmutó su reclusión carcelaria por una pena de prisión en fortaleza, que extinguió en Bitche. Las familias de Mathis y de Herter obtuvieron una indemnización mediante un acuerdo civil. En la farmacia, el libro nuevo se había adquirido para borrar una falta; fue la contabilidad del comerciante lo que reveló su existencia.
