Ir al contenido
Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · GASTRONOMÍA Y ARCHIVOS HISTÓRICOS
Justicia y escándalos · Francia

El billete y los hijos de Gabriele Perreau

En París, Gabriele Perreau es encausada por su marido tras haber conservado un billete manuscrito en el que este parecía permitirle elegir a sus amantes. La apelación transforma el pleito de adulterio en un prolongado debate sobre la separación conyugal, las testificaciones y la filiación de tres vástagos. El Parlamento de París pronuncia su sentencia definitiva el 1 de diciembre de 1701.

El 4 de enero de 1688, Louis Semitte redactó en París un billete destinado a convertirse en pieza capital de un litigio judicial. En él, el mercader declaraba autorizar a su esposa, Gabriele Perreau, a elegir libremente a sus amantes. Afirmó entonces que se trataba de una chanza; no obstante, ella conservó el documento cuando él le conminó a arrojarlo al fuego. Años más tarde, procesada por adulterio, la mujer exhibió aquel papel ante los tribunales. Lejos de zanjar el litigio, la cuartilla se erigió en su centro neurálgico: ¿a quién le asistía el derecho de exigir el castigo de una esposa y cuál era la suerte civil de los hijos nacidos durante la separación de ambos cónyuges?

La joven se había incorporado a los negocios de su marido tras contraer matrimonio. Semitte, antiguo sirviente elevado a la condición de especiero, había acrecentado su patrimonio gracias a su diligencia y al sólido crédito que le dispensaban los banqueros Goy y Auger. La crónica judicial refiere que Gabriele contaba dieciséis años al desposarse y describe la pujante ascensión económica del hogar. Semejante holgura material no preservó a la pareja de las discordias. La asidua concurrencia de ambos banqueros en la morada familiar, unida a los recelos crecientes de Semitte, encendió la mecha de un proceso que habría de prolongarse durante más de diez años.

El billete nació en el seno de una pendencia doméstica. Refiere el texto que Semitte, enojado ante las burlas de su cónyuge a propósito de sus celos, empuñó un pedazo de papel y estampó en él que ella podría frecuentar a quien tuviere a bien. Gabriele adujo haberlo guardado como salvaguarda; Semitte alegó haberle ordenado quemarlo al instante. Cuando los testigos y los dos banqueros fueron citados a declarar, ella esgrimió que su esposo había renunciado con ello a todo derecho de queja sobre su conducta. La parte contraria replicó que no era sino una boutade, huérfana de intención alguna de tolerar el adulterio. El dilema procesal radicaba tanto en el alcance jurídico de una cláusula manuscrita como en los hechos que pretendía amparar.

Semitte acudió ante el teniente criminal tras tener noticia de que su esposa mantenía trato carnal con Goy y Auger. La relación judicial atribuye a su letrado un alegato en defensa del honor conyugal y la santidad del tálamo, informando de que Gabriele fue encausada sobre la base de diversas declaraciones testificales. Dos antiguas criadas, Jeanne Plisson y Catherine Labée, pormenorizaron los encuentros secretos con los banqueros y el papel de encubrimiento que ellas mismas habrían desempeñado. El sirviente François Bertrand confesó haber llevado billetes y concertado citas. Sus declaraciones no fueron meras observaciones externas: las sirvientas admitieron su propia connivencia en los manejos imputados.

La defensa de Gabriele impugnó de raíz su credibilidad. Sostuvo que las domésticas habían sido sobornadas, que estaban implicadas en los mismos hechos que relataban y que se las había aleccionado con papeles predeterminados para articular una fábula verosímil. Arguyó asimismo que las deposiciones incurrían en contradicciones y que cada testigo narraba episodios que los demás jamás presenciaron. Tales objeciones se debatieron en estrados; sin embargo, el compendio documental no conserva las actas íntegras que permitirían cotejar cada pregunta y respuesta. Se impone, pues, deslindar los hechos que los abogados pretendían acreditar de las imputaciones morales con que zaherían a sus oponentes.

Gabriele volvió la acusación contra su consorte. Por boca de su letrado, acusó a Semitte de haber mantenido comercio carnal con una sirvienta y de haber llevado una vida disoluta, reñida con el deber de fidelidad que ahora exigía. Adujo, además, que el móvil real de la querella era pecuniario, guiado por la codicia de confiscar la dote y despojarla de su parte en los bienes gananciales. Semitte negó de plano tales imputaciones. Su abogado replicó que carecían de sustento probatorio y que las tachas dirigidas contra los testigos no bastaban para invalidar sus declaraciones. El expediente impreso ofrece así dos relatos irreconciliables, urdidos por defensas empeñadas en desviar el foco del adulterio hacia la bajeza moral y el interés material del adversario.

Una primera sentencia del Châtelet declaró probado el adulterio y condenó a Gabriele a permanecer recluida dos años en la casa religiosa que su marido designase. Quedaba despojada de su dote y de cuantos derechos patrimoniales derivaban del matrimonio; Goy y Auger recibieron asimismo sendas sanciones. El propio Semitte fue objeto de censura judicial por la ligereza del billete redactado. El fallo, empero, dejaba en suspenso el porvenir conyugal: cumplido el bienio, el esposo conservaba la potestad de perdonarla y acogerla de nuevo; de rehusarlo, la reos permanecería encerrada a perpetuidad tras ser tonsurada. Gabriele apeló ante el Parlamento de París, al tiempo que su marido instaba la ejecución del pronunciamiento inicial.

Los años sucesivos devinieron en un constante cruce de memoriales, traslados y órdenes de arresto. Gabriele solicitó abandonar las casas de reclusión o quedar bajo la custodia de sus padres. Invocó repetidas reconciliaciones, cuya certidumbre Semitte negó con vehemencia. La crónica refiere diversas estratagemas que ella habría urdido para demostrar que se habían producido acercamientos íntimos: entrevistas concertadas, actas notariales contradictorias y hasta una celada para sorprender a ambos cónyuges bajo el mismo techo. Estos episodios proceden de las compilaciones y alegatos de los jurisconsultos de la época; por sí solos, no constituyen prueba irrefutable de cohabitación. La controversia oscilaba entre el régimen de detención y el arduo problema de dilucidar si se había reanudado de facto la vida marital.

El nacimiento de varios niños confirió al pleito una gravedad dramática. En septiembre de 1694, Gabriele dio a luz a una primera criatura hallándose enclaustrada en un convento. Según la relación, una parienta y ciertos cómplices facilitaron la salida clandestina del recién nacido, bautizado con un nombre que velaba la filiación de sus progenitores. Tras evadirse del cenobio, Gabriele convivió por temporadas bajo identidades falsas con Eustache Le Noble, abogado y polemista afamado, quien también había sufrido prisión antes de fugarse. La crónica data el alumbramiento de una segunda niña en 1696 y el de una tercera en abril de 1699, encontrándose Gabriele nuevamente cautiva. Estas criaturas pasaron a ser el eje de una nueva batalla forense: ella y Le Noble sostenían que debían ostentar el apellido de Semitte, su legítimo esposo, mientras que el mercader se negaba categóricamente a reconocerlas.

El litigio trascendió la mera comprobación biológica. Los defensores de Gabriele invocaron la presunción de que el hijo nacido en constante matrimonio es del marido; alegaron asimismo que los encuentros habidos con Semitte demostraban la reanudación del débito conyugal. La representación del comerciante objetó que los vástagos habían sido concebidos con posterioridad a la separación decretada por la justicia y que Gabriele cohabitaba con Le Noble bajo nombres fingidos. Los alegatos desgranaron el derecho romano, las ordenanzas del reino y antiguas sentencias sobre la filiación legítima. Aunque el recopilador extracta tales razonamientos, no brinda acceso a los autos originales ni al corpus probatorio completo. Con todo, la controversia jurídica se perfilaba nítida: ¿bastaba la pervivencia del vínculo civil para presumir la paternidad cuando mediaba una separación acordada por la justicia?

La causa se transformó al punto en una guerra por la opinión pública. Le Noble imprimió virulentos libelos en los que acusaba a Semitte de haber forzado la ruptura y de desamparar a su propia prole; el letrado del marido contraatacaba mediante memoriales condenatorios contra Gabriele y su amante. El volumen documenta una profusión de textos impresos, súplicas y recriminaciones recíprocas que circularon durante largo tiempo. La propia fuente reproduce juicios acerbos sobre la moralidad de los litigantes, mas tales expresiones reflejan el estilo panfletario de la época y no pueden equipararse a las pruebas testificales ni suplir la autoridad del fallo parlamentario.

El 1 de diciembre de 1701, el Parlamento de París dictó la sentencia definitiva que cierra la relación histórica. Gabriele fue condenada a dos años de reclusión en una casa de corrección; si Semitte no la recibía transcurrido dicho plazo, quedaría confinada allí de por vida. El tribunal declaró a los tres niños nacidos tras la separación como frutos adulterinos, vedándoles el uso del apellido Semitte. Le Noble y los dos banqueros fueron condenados a tres años de destierro de París, al pago de severas multas y a las costas procesales; a Le Noble se le impuso, además, la obligación de costear la crianza de los menores. Semitte, por su parte, fue obligado a sufragar los alimentos de su esposa en reclusión. Llegado el término del plazo, el comerciante rehusó acogerla en su hogar, según refiere la crónica.

Aquel billete imprudente no había logrado anular la querella ni dirimir por sí solo el estado de los hijos. Había abierto una brecha en la argumentación marital y atravesado apelaciones, presidios y libelos como un texto sometido a incesante exégesis. La sentencia final fijó las penas, el destino de los niños y las cargas de cada cual; no obstante, no transformó en verdades inconcusas el cúmulo de acusaciones cruzadas. Al término de tan farragosa andadura forense, la modesta esquela del 4 de enero de 1688 perdura como vestigio material de una disputa doméstica trocada en escándalo de Estado, y como testimonio elocuente de que, ante los tribunales, un escrito jamás habla por sí mismo sin la voz de quienes pretenden interpretarlo.

De este caso podría nacer un libro

Ayúdenos a elegir nuestro próximo libro

Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

El testigo de la barca

En una villa fluvial, un barquero es acusado de ahogar a una joven que huía de un matrimonio concertado. El único testigo de cargo es un grumete, hijo de su patrón y beneficiario del contrato de transporte. Una lavandera confiesa haber pagado al barquero para cruzar a la fugitiva al otro lado de la frontera, ignorando que ha aparecido un cadáver en la orilla. El corregidor deberá desentrañar la evasión clandestina, el testimonio mendaz y la misteriosa desaparición del libro de pasajes antes de que un inocente sea conducido al patíbulo.

Cargando votos…

novela

Los tres nombres de la niña

En Marsella, una niña confiada a una nodriza se desvanece el mismo día en que su padre, encausado por el uxoricidio de su esposa, comparece ante el tribunal. La partida bautismal le otorga un patronímico; el libro de expósitos, otro distinto; y la nodriza jura que su tía la vendió en secreto. Años más tarde, un médico cree reconocerla, mas carece de pruebas irrefutables. Una oficiala de juzgado y un viejo marino reabren las pesquisas mientras el juicio paterno encara su desenlace: hallar a la muchacha podría exonerar a un reo de muerte, pero también desenmascarar la complicidad de quien la ha protegido en las sombras.

Cargando votos…

trilogía

Los juramentos quebrantados

Trilogía de crónicas judiciales en las que la palabra empeñada se transmuta en prueba de cargo. En la primera entrega, un escribano es acusado de arrancar la firma de un testamento a una moribunda, y su hija busca desesperadamente al testigo desaparecido. En la segunda, un maestro de armas es procesado tras la muerte de un noble en un duelo clandestino, forzando a un criado a debatirse entre el amo y la verdad forense. En la tercera, una partera confiesa haber trocado a un recién nacido para sustraerlo a una sangrienta venganza de linaje, pero el vástago acaba encausado por un homicidio de fecha inescrutable. Tres destinos y desenlaces autónomos donde colisionan la lealtad, el pavor y el rigor de la prueba.

Cargando votos…

Un voto por caso en este navegador, modificable en cualquier momento. Los proyectos más apoyados orientarán nuestras próximas ediciones. Cómo se conservan sus votos.

Ver los demás proyectos en el Salón →
El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El texto se fundamenta en una crónica judicial retrospectiva impresa en 1859, correspondiente a un capítulo dedicado al proceso parisino de Gabriele Perreau. La fuente empleada es una transcripción OCR local no cotejada con los manuscritos o legajos originales. La crónica recopila esencialmente alegatos y memorias forenses de los letrados; el relato distingue con rigor entre las pretensiones de parte, los testimonios y la sentencia definitiva del Parlamento, advirtiendo que no constituye una transcripción taquigráfica u oficial de las vistas.

← Todos los 1.003 casos del Gabinete