Sobre las tablas contiguas al lecho, los médicos hallaron vestigios de vómito. Se conservó el exudado y luego se examinaron la madera, las vísceras y los demás despojos del cuerpo. De sus pesquisas, los facultativos extrajeron una grave conclusión: Peter Tixier, rentista de La Meilleraye, había fallecido tras haber ingerido arsénico. Restaba dilucidar cuándo se le había suministrado el veneno, por mano de quién, y si los indicios permitían señalar a un autor criminal.
Tixier, de cincuenta y tres años, era rentista en La Meilleraye, no lejos de Niort. La gota le hacía padecer de forma intermitente. En junio de 1865, un nuevo ataque lo debilitó; a comienzos de julio, dolores de vientre, vómitos y diarreas se sumaron al antiguo mal. El estado empeoró durante el estío. El doctor Ganne, su médico de cabecera desde hacía veinticinco años, creyó al principio hallarse ante una dolencia ordinaria. Más tarde, el doctor Ledain acudió en su ayuda y la sospecha de un envenenamiento se impuso de manera irrebatible.
La primera dificultad consistió en averiguar desde cuándo se prolongaba aquel mal sobrevenido. Honorine Tixier, de soltera Charlet, viuda de un hermano de Peter, visitó a su cuñado el 2 de julio y marchó al día siguiente. Regresó el 15, acompañada de sus hijas, de una institutriz y de una criada, y permaneció allí varias jornadas. Según el ministerio fiscal, los inexplicables síntomas cobraron entonces una virulencia inusitada. La casa contaba, sin embargo, con testigos que situaban los vómitos antes de su llegada. Franziska Richard, sirvienta de Peter desde hacía ocho años, afirmaba que su amo ya los padecía en junio; otros domésticos sostenían declaraciones semejantes. La vista pública no reduciría tal discrepancia a una simple disputa de recuerdos.
Los médicos reclamaron que se conservaran las deyecciones del enfermo. Las dos mujeres, según la acusación, tardaron varios días en obedecer y respondieron al principio que lo habían olvidado. Los restos fueron recogidos por fin el 6 de agosto. Eran oscuros, sanguinolentos y despedían un hedor descrito como pútrido. En torno a ellos colisionaron imputaciones y descargos: Honorine afirmaba haber advertido de los vómitos a los facultativos con anterioridad; estos sostenían no haberse enterado de su existencia sino tardíamente. La toma de muestras se erigió a la vez en pieza pericial y en examen de conducta.
El doctor Ganne y su colega Ledain hicieron analizar aquellas materias. Los médicos encargados de la autopsia advirtieron asimismo lesiones en los órganos; el análisis químico, en el que intervinieron un catedrático de farmacia y un boticario, evidenció la presencia de arsénico en diversas partes del cuerpo. Los facultativos que atendían a Tixier interpretaron tal hallazgo como la huella de una ingestión tóxica. El doctor Morin, llamado poco antes del óbito, había creído diagnosticar un cáncer de estómago. La disección desmintió aquel juicio, pero su testimonio alimentaría un debate más vasto: ¿se había prolongado el envenenamiento durante semanas, o bien una dosis administrada el 1 de agosto había rematado a un enfermo ya consumido?
La acusación señaló a tres personas. Honorine Tixier, Franziska Richard —sirvienta de Peter desde hacía ocho años— y Franz Charlet, padre de Honorine, anciano hombre de negocios, habrían procurado salvaguardar para las dos hijas la herencia del tío. El fiscal sostenía que, si Honorine contraía segundas nupcias, Tixier habría podido legar su fortuna en favor de sus primos carnales, a quienes profesaba afecto, en lugar de favorecer a las sobrinas. Atribuía igualmente a Charlet una deuda considerable con el finado, y le reprochaba haberse interesado con desusada insistencia por el curso de la enfermedad. Aquellos móviles pertenecían al relato acusatorio; los debates de la sala no lograron transmutarlos en hechos inconcusos.
Charlet se presentaba, por el contrario, como un hombre reacio a condenar sin pruebas concluyentes. No negaba que Tixier hubiese acusado al doctor Ganne de haberle arruinado la salud con sus pócimas, pero aseguraba haberse guardado su opinión. Reconoció también que ambos mantenían relaciones de negocios y que mediaba una suma aún en litigio, si bien rebatió la versión del fiscal. Diversos testigos comparecieron para ensalzar su probidad y calificar sus tratos mercantiles de escrupulosos.
La conducta de Honorine fue escudriñada con particular rigor. El presidente del tribunal le afeó no haber permanecido junto al lecho de su cuñado a sabiendas de la gravedad de su estado, y haberse desentendido de lo que este bebía. Ella replicó que debía regresar junto a sus hijos, que no creía cercano el desenlace y que las crisis de gota de Tixier ya habían provocado vómitos en otras ocasiones. Negó haberle suministrado pócima alguna o haberle cocinado las gachas que mencionaban los médicos. Aseguró además haber consultado el parecer de otros facultativos antes incluso de que Ganne lanzara imputación alguna.
Franziska refirió una cronología distinta. Aseguró que los vómitos habían principiado antes de la llegada de Honorine y que Ganne había prescrito unas píldoras que abrasaban el estómago de su señor. Dio cuenta de las quejas de Tixier contra su médico, mas no presumió saber la causa originaria del mal. En cierto momento del sumario, había preguntado a su amo si sospechaba de su dueña o de ella misma; él la habría sosegado, diciendo que el asunto no acarrearía consecuencias. Tales palabras no acreditaban inocencia ni culpabilidad; evidenciaban tan solo hasta qué extremo la sospecha se había enseñoreado de la mansión.
El doctor Ganne se defendió prolijamente. Explicó que la primera sospecha fundada de envenenamiento no le sobrevino hasta el 25 de julio, y que cobró certeza tras el examen de las deposiciones. Sostuvo que sus propias recetas no contenían nada lesivo y que su proceder había respondido estrictamente al deber médico. Se había demorado en visitar al paciente por sus obligaciones como alcalde, mas arguyó que luego había puesto los hechos en conocimiento de la justicia. La viuda le censuraba haber pautado un purgante enérgico y no haber detectado antes los signos del tóxico. Un litigio pecuniario entre Ganne y Charlet confirió al altercado un cariz más enconado, rebatiendo cada cual las aseveraciones del adversario.
Morin sostenía que una dosis de arsénico suministrada el 1 de agosto bastaba para explicar el fulminante desenlace, pero dudaba de tomas reiteradas con anterioridad a esa fecha. A su juicio, una intoxicación más prolongada habría dejado mayores concentraciones en el hígado y habría impedido la supervivencia de ciertos helmintos hallados en el cadáver. Ganne replicó que el finado había recibido un contraveneno arsenical y que una dosis exigua podía potenciar el estrago de un fármaco irritante. Los especialistas distaban, pues, de avenirse en cuanto a la duración o al mecanismo lesivo, aun cuando el arsénico constase de manera indudable.
Criados y forasteros sumaron sus testimonios a los de la ciencia. Unos situaban los tormentos, los vómitos o el sabor abrasador antes del retorno de Honorine; otros solo los advirtieron con posterioridad. Un colono refirió que Tixier se había lamentado a finales de junio de albergar «veneno en el cuerpo» por culpa de un brebaje de Ganne. Otros testigos aseguraron que profesaba afecto y reverencia a su médico. El propio Tixier, interrogado antes de expirar, había señalado ardores en la garganta y el estómago, diarreas y vómitos vespertinos, pero declaró no creer que ninguno de sus allegados hubiera atentado contra sus días.
La causa se vio en Niort del 13 al 18 de marzo de 1868. El ministerio fiscal sostuvo el pliego de cargos contra Honorine, mas retiró la acusación contra Charlet y Richard. La defensa esgrimió que, aun si el arsénico hubiese acarreado la muerte, nada demostraba que la viuda lo hubiera suministrado. Los síntomas mórbidos precedían a su estancia continuada; las intenciones de segundas nupcias y los cálculos sucesorios quedaban en meras conjeturas; los análisis químicos certificaban la presencia de un veneno, no la mano criminal que lo hubiera propinado.
Tras varias jornadas de deliberación, el jurado absolvió a los tres acusados. La sentencia no esclareció la causa precisa del deceso en todas sus circunstancias, mas rehusó convertir una trama de sospechas en prueba irrefutable de un homicidio imputable a los reos. El compilador, que relata los hechos con severas censuras a la actuación fiscal, deja en suspenso el enigma: ¿fue Tixier víctima de una mano asesina o de una fatalidad facultativa? El tribunal no señaló a culpable alguno; la casona de La Meilleraye guardó para siempre su silencio.
Nota documental: adaptación de la crónica retrospectiva «Der Tod des Rentier Peter Tixier», publicada en 1883. El texto recoge los debates procesales y los dictámenes periciales, pero no reproduce los autos judiciales originales. Se constató la presencia de arsénico en las muestras; los médicos discreparon sobre la cronología y su interpretación. Todos los encausados resultaron absueltos en marzo de 1868. El texto OCR local no ha sido cotejado con el facsímil.
