Una placa fotográfica no retenía más que la luz de cuanto se hubiese colocado ante el objetivo. En París, en 1873, se le exigió sin embargo algo más: conservar el rostro de un vivo y devolver, a su vera, el de un muerto. El visitante posaba en la terraza del taller de Buguet, en el boulevard Montmartre. Se le invitaba a recogerse en oración. El fotógrafo, mientras tanto, se apartaba de la placa y fingía elevar una invocación. Pocos instantes después, una forma indistinta se dibujaba tras el hombro o en las inmediaciones del retrato. El cliente se marchaba con seis copias y, reconociese o no la aparición, veinte francos de menos.
Así fue como el ministerio público, ante la séptima sala correccional de París, describió el mecanismo en su acusación. No se trataba tan solo de retratos de escaso parecido. La promesa misma era sobrenatural: una imagen producida merced a la intervención de los espíritus. A finales de 1873, la Revue spirite, dirigida por Leymarie, presentó a Buguet como un fotógrafo dotado de facultades mediúmnicas. Los números de la publicación sacaron a la luz sus pruebas y los testimonios de clientes que creían reconocer a un allegado desaparecido. La publicidad de la revista sumó sus fuerzas a las de los anuncios y las cartas. En el corazón del asunto palpitaba una interrogante más precisa que la verdad del espiritismo: ¿qué sabían aquellos tres hombres de lo que acontecía en el taller?
El procedimiento requería que la aparición quedase preparada antes de la pose del cliente. Según la exposición de la fiscalía, la cajera, Léonie Ménessier, inquiría en primer término la edad y las facciones de la persona a quien se pretendía evocar. A continuación, Buguet acomodaba al visitante en la terraza, disponía una placa en el aparato y le encarecía que pensase en el difunto. En tanto el cliente permanecía inmóvil, un ayudante se llevaba el cliché. Regresaba tras las manipulaciones; la prueba mostraba entonces, junto al rostro vivo, una forma velada, más o menos confusa. Una primera imagen había sido fotografiada con anterioridad, en otro taller, y combinada luego con la del parroquiano.
Las solicitudes llegadas de provincias seguían idéntica lógica, sin exigir siquiera el desplazamiento del demandante. Bastaba remitir el retrato por correo, abonar el importe de las copias y recibir la imagen del difunto supuestamente evocado. A fin de alimentar semejante fe a distancia, Buguet notificaba el día y la hora de la presunta sesión. Se instaba a los destinatarios a unir sus plegarias a las suyas. El precio quedaba devengado aun si el semblante resultaba borroso o no evocaba a nadie. La crónica judicial reseñaba que una clienta de Lyon, descontenta con la imagen recibida, había obtenido el reembolso de sus veinte francos junto con una misiva plagada de injurias.
La instrucción transformó el sentido de aquellos ademanes. El 22 de abril de 1875, el oficial de paz Lombard y el inspector Belin de Ballu se personaron en el taller bajo un pretexto cualquiera. Solicitaron a Buguet que hiciese comparecer al padre de uno de ellos. El fotógrafo hizo posar a De Ballu y le rogó que evocase a su progenitor en el pensamiento. Acto seguido, Lombard reveló su condición de policía e interrogó sobre si el cliché portaba ya alguna impronta previa. Tras ciertas vacilaciones, Buguet reconoció que la imagen había sido preparada poco antes en otra estancia. Un inspector reveló la placa: aparecieron dos siluetas humanas, la de un hombre y la de una mujer. Buguet explicó que a veces preparaba dos espectros para satisfacer mejor a un cliente que solo había solicitado uno.
El registro domiciliario dotó a semejante respuesta de un decorado tangible. En un laboratorio separado de la sala de espera del público, los agentes hallaron un maniquí articulado de unos cuarenta y cinco centímetros, vestido de gasa azul y tela oscura. Su cabeza había sido sustituida por una estampa recortada en cartón. Muy cerca se encontraba la cámara fotográfica. Buguet mostró de qué suerte obtenía la aparición retratando al muñeco envuelto a modo de espectro. En un gabinete se descubrió una caja con doscientas cuarenta cabezas de cartón, y cincuenta y nueve más en una segunda caja. Podía de este modo variar los rostros y las edades de los muertos anunciados.
En el juicio, celebrado el 16 de junio, Buguet no negó las maniobras materiales. Admitió que mediaban dos tomas diferenciadas y que se habían empleado cabezas de cartón para componer las visiones. Impugnó, no obstante, la interpretación que la fiscalía atribuía a tal práctica. Adujo no haber forzado a nadie a acudir, no haber prometido parecido alguno y haber dejado a cada cual el libre arbitrio de su creencia. Recordó que el precio, estipulado de antemano, no dependía del reconocimiento de las facciones. La defensa transformó esa tarifa fija en su alegato principal: una fotografía entregada a cambio de su importe, por malograda que resultase, no constituía forzosamente una estafa.
Mas los interrogatorios de la vista recayeron asimismo sobre los conocedores del ardid. Varios empleados describieron la confección de los espectros. Vanderzaein, encargado de su preparación, declaró que Leymarie había visto los muñecos y las cabezas; el mozo Blot llevaba las fotografías a la redacción de la Revue spirite. Ménessier, la cajera, confirmó que recibía a la clientela y reconoció que Buguet le había dictado los textos presentados como escritura directa de Allan Kardec. Estas deposiciones no bastaban por sí solas para fijar con certeza qué comprendía Leymarie en el instante de cada operación. Aportaban, empero, una materia palpable al debate sobre su buena fe: ¿quién había presenciado los tramoyismos, quién había hecho circular los retratos, quién había sostenido el trato con los corresponsales?
Leymarie insistió en que había creído en las fotografías de espíritus y que ignoraba las triquiñuelas de Buguet. Era, con todo, el director de la revista difusora; el epistolario y las inserciones publicitarias se erigieron en eje de los debates. El ministerio público arguyó que mediaba en él un interés crematístico y que había seguido defendiendo las imágenes a despecho de las advertencias. La defensa replicó que el celo de Leymarie nacía de su sincera convicción. Ambas tesis colisionaban en un linde de difícil trazo: ¿podía la fe exculpar a quien difundía representaciones engañosas, o se trocaba esta, al ponerse al servicio de un comercio, en un instrumento de dolo?
El conde de Bullet, uno de los clientes más asiduos de Buguet, prestó a esa frontera su fisonomía más obstinada. Habiendo posado en numerosas ocasiones, afirmaba haber reconocido a su hermana, viva aún en Baltimore, sobre una placa. Leymarie le había hablado de la bicorporeidad, esto es, la supuesta facultad de una persona viva para manifestarse en un punto distante de aquel donde reposa su cuerpo. Ante el estrado, Bullet persistió en dar fe a lo que sus ojos habían visto, incluso después de que se le exhibiesen el muñeco y las cabezas recortadas. La crónica consigna diversas sumas según el momento de la vista: la acusación tasaba sus desembolsos en tres o cuatro mil francos; Bullet los rebajó a unos dos mil quinientos. Su porfía no demostraba la realidad de los espíritus. Ilustraba, más bien, hasta qué extremo una convicción íntima es capaz de sobrevivir a la revelación del truco.
Firman compareció por otra tanda de sesiones. La fiscalía le reprochaba haber simulado apariciones corpóreas, en particular la del «pequeño indio». La señora Huguet relató que, recelosa del médium, se había emboscado para espiarlo. Dijo haberlo sorprendido cubierto con telas brillantes y haberse abalanzado sobre él. Firman negó acordarse de semejante trance y reivindicó su condición mediúmnica. Su letrado sostuvo que las sesiones habían sido requeridas por espectadores ya escépticos de antemano y que pertenecían a la esfera del recreo antes que a la del fraude. El tribunal escuchó también a creyentes que aseguraban haber distinguido a deudos suyos en las imágenes. La audiencia no mudó tales testimonios en prueba de lo sobrenatural; los confrontó, con fría sequedad, a los objetos, los ademanes y las confesiones recabadas durante la instrucción.
Los informes orales del 17 de junio retomaron aquel antagonismo. A juicio del ministerio fiscal, Buguet había fabricado materialmente los espectros, al tiempo que la notoriedad de la revista confería a las imágenes la autoridad de una experiencia irrebatible. Para las defensas, el fotógrafo jamás garantizó la semejanza y los clientes habían solicitado las sesiones motu proprio; Leymarie, por su parte, habría procedido por fe y no por cálculo. El defensor de Firman recalcó la inexistencia de querella alguna por parte de espectadores a los que definió como protectores del médium. El periódico reseñaba una sala alborotada, muestras de aprobación que la presidencia debió acallar y relatos cuyas íntimas certezas se negaban a quedar desmoronadas por el simple hallazgo de un maniquí.
La sentencia, hecha pública al día siguiente, desestimó semejante distingo entre el artilugio y la fe. Buguet y Leymarie fueron condenados cada uno a un año de prisión y quinientos francos de multa; Firman, a seis meses de prisión y trescientos francos de multa. El tribunal fijó en cuatro meses la duración del apremio corporal y decretó la responsabilidad solidaria respecto a las multas y las costas. La placa, las cabezas recortadas y las declaraciones habían devuelto las apariciones a la mezquina realidad de los objetos. Quedaban, sin embargo, en la sala hombres y mujeres que porfiaban en reconocer a sus muertos. La condena ponía punto final al proceso; no colmaba, empero, el abismo abierto entre lo que la instrucción judicial había probado y lo que cada cual deseaba creer.
