En la audiencia del 28 de agosto, los contribuyentes llamados a declarar exhibieron recibos cuyas cifras no siempre concordaban con las matrices conservadas en los registros. Chailley, el primer perito, expuso ante el tribunal los dos procedimientos revelados por el examen de las escrituras: ora los importes permanecían exactos, pero la correspondencia entre las matrices y los recibos se hallaba trastocada; ora la matriz consignaba una suma inferior a la que figuraba en el recibo. Para comprender la acusación, era preciso seguir el rastro de un mismo pago a través de tres asientos contables. El recaudador debía inscribirlo en el padrón nominativo, entregar de inmediato un recibo desprendido de un talonario con matriz y, por último, totalizar los ingresos en el libro de caja. Fechas, sumas y números de orden debían coincidir escrupulosamente. En estos cotejos, según explicó el perito, descansaba el fundamento de la inspección.
El acusado, Michel-Marie Franzini, contaba cuarenta y un años y afirmaba residir en Londres. Antiguo recaudador en Guerchy, había comparecido ante el tribunal de lo criminal de Yonne el 28 de agosto de 1874. La Gazette des Tribunaux lo presentaba como un hombre nacido en Nápoles, de familia corsa, con pasado militar antes de haber ocupado diversas oficinas de recaudación. Recordaba asimismo que había mandado a los movilizados de Alta Saboya en 1870. Su reputación de general, que él mismo alimentaba, fue puesta en tela de juicio durante los debates; no obstante, el proceso versaba sobre sus cuentas públicas. El 11 de diciembre de 1870, el Moniteur de la delegación de Tours había publicado su nombramiento como comandante superior de los movilizados de Alta Saboya. El decreto señalaba que se había presentado como antiguo oficial de Estado Mayor; en la audiencia, el presidente le advirtió de que el uniforme que ostentaba no podía corresponder, a lo sumo, más que al grado de coronel, y que jamás se le había conferido el de general. Esta discrepancia entre el cargo anunciado, el nombramiento publicado y el uniforme lucido volvió a manifestarse en el testimonio del coronel Lambert.
El auto de procesamiento situaba en el origen del caso una orden de pago de 3400 francos. En noviembre de 1860, según esta primera relación, Franzini la habría presentado al recaudador particular de Montreuil-sur-Mer como reembolso por unas obras en la escuela de Senlis. El recaudador le exigió los justificantes pertinentes. Franzini mostró su libro de resúmenes, donde el gasto figuraba asentado con fecha del 27 de noviembre. El pago fue denegado. Pocos días después, según el acta citada por la Gazette, reconoció que la anotación consignada en el registro era mendaz y que el desembolso no se había producido. No llegó a lucrarse con dicho dinero.
En la vista, el presidente retomó el mismo episodio, fechándolo en noviembre de 1868. Franzini no negó que el gasto aún no se hubiese efectuado, pero sostuvo que el libramiento era formalmente correcto y que el asiento sólo pretendía allegar fondos para saldar una deuda pendiente. Afirmó haber remunerado de tal suerte a varios funcionarios y abonado más de 100 000 francos a contratistas, de acuerdo con las instrucciones del recaudador general. El presidente rebatió tales alegaciones recordando que el hecho había sido comunicado al ministerio y señalando la desgracia oficial que le sucedió. Franzini replicó que sus valedores no habrían podido procurarle una nueva plaza de recaudador de haber incurrido en la falta que se le atribuía.
La fuente fija asimismo su nombramiento en Guerchy el 28 de marzo de 1859, con anterioridad a la orden de pago que primero sitúa en 1860. Describe, no obstante, su traslado forzoso a Lieury y su posterior ascenso a un puesto de mayor rango como secuelas directas de aquel lance. Durante el interrogatorio, la fecha indicada vuelve a ser 1868. Estas discordancias, impresas en las páginas de la crónica, impiden fijar una cronología irrefutable de los acontecimientos. Con todo, dejan incólume el núcleo mismo del cargo: cotejar el recibo, la matriz y el libro de caja para averiguar si el dinero recaudado figuraba verdaderamente en la contabilidad.
En Guerchy, la acusación reprochaba a Franzini haber fijado su residencia en Joigny, lejos de su recaudación rural, desatendiendo el servicio y demorando los ingresos en el tesoro. Las quejas de los alcaldes y la correspondencia de la recaudación particular se esgrimieron como pruebas de cargo. La prensa detallaba seguidamente el procedimiento mediante el cual, a juicio de los peritos, se habrían distraído los fondos. Al parecer, se obtenían por adelantado recibos talonarios en blanco; en otros casos, se asentaba en el diario una suma menor que la consignada en el resguardo entregado al contribuyente, que reflejaba la cantidad real percibida. Mediante raspaduras y enmiendas se habrían alterado asimismo las decenas o las centenas. La divergencia entre la cifra cobrada y la asentada en los libros constituía el cuerpo de la malversación imputada.
El ardid dependía del flujo de la caja. A tenor del auto judicial, los nuevos cobros permitían a Franzini enjugar parte de los descubiertos cada vez que las advertencias de su superior se volvían apremiantes. Chailley, y más tarde Massy, desgranaron las manipulaciones halladas en los registros. La crónica estimaba en más de un centenar las alteraciones o falsedades cometidas en menos de dieciocho meses; la primera de ellas se habría perpetrado poco después de su toma de posesión. Los peritos no ofrecieron una cifra única para el desfalco: en el momento de la huida faltaban al menos 4108 francos con 24 céntimos; su informe del 13 de diciembre de 1871 tasaba el descubierto en 5364 francos con 87 céntimos. Estos cómputos divergentes no se acumulan entre sí.
La contabilidad se esfumó en parte junto con el recaudador. El 6 de diciembre de 1870, el recaudador superior reclamó a la señora Franzini los libros que su marido había dejado en abandono. Ella prometió entregarlos a la mañana siguiente, pero huyó al amparo de la noche. El juez de paz ordenó el embargo de cuanto quedaba en el despacho; faltaba una parte sustancial de los volúmenes. Un registro practicado en el domicilio parisino de Franzini permitió hallar la contabilidad de 1870, con excepción del quinto libro de matrices. Semejante vacío cobraba una gravedad singular en un proceso que descansaba precisamente en la discrepancia irreconciliable entre la matriz y el recibo.
Los interrogatorios no se ciñeron a los libros de cuentas. Chevau, antiguo recaudador particular, compareció para deponer sobre la orden de pago de los 3400 francos y declaró que consideraba a Franzini un sujeto violento y peligroso. El acusado le replicó con vehemencia: «Es porque un día me negué a cenar con usted por lo que me guarda rencor. ¡Llegó usted al extremo de propalar que yo pertenecía a la policía secreta! ¡Tenía usted derecho a auditarme, no a insultarme!». El testigo admitió que la opinión pública había vinculado a Franzini con la policía secreta, pero negó haber proferido tales imputaciones o haberlo invitado a su mesa. La crónica revela cómo una verificación de cuentas contables podía degenerar en un enconado litigio sobre el honor y la reputación de sus artífices.
Una carta del coronel Berge, leída durante la sesión, retrotrajo los debates a las jornadas de lucha en París. El 27 de mayo, mientras las tropas de Versalles irrumpían en la capital, un individuo de paisano y con un paraguas en la mano había solicitado franquear las líneas para dirigirse al número 49 de la calle Saint-Antoine. Se presentó como el general Franzini. Berge le inquirió a qué brigada o cuerpo pertenecía, pues no lo conocía de nada. Franzini adujo que iba a visitar a un amigo. El coronel sospechó que se trataba más bien de correligionarios y se dispuso a arrestarlo. Sin embargo, un oficial de marina distrajo un instante su atención; al volverse, Franzini se había desvanecido. Tal era la versión vertida en la misiva. En el estrado, el acusado negó rotundamente haber cruzado jamás palabra con Berge.
El coronel Lambert declaró haberlo visto en Burdeos con uniforme de general y haberle conminado a despojarse de él; refirió que Franzini fue arrestado y puesto en libertad dos días después merced a la mediación del ministro de la Guerra. Relató asimismo que un edecán suyo, natural de Antioquía, cojeaba sin herida visible, atribuyendo su molestia a unas botas demasiado estrechas. Lambert evocó, por último, los recelos de ciertos oficiales de Versalles acerca de los vínculos de Franzini con familias de prisioneros de la Comuna. El periódico puntualiza por separado que la instrucción judicial sobre su presunta participación en los sucesos de la Comuna había concluido con un auto de sobreseimiento, al no haberse recabado ningún indicio fundado en su contra.
Concluidas las testificales, el fiscal Charpentier sostuvo la acusación; el letrado Remacle asumió la defensa. El presidente resumió los debates y el jurado deliberó sobre no menos de cincuenta cuestiones. Declararon a Franzini culpable de cuarenta y siete cargos, concediéndole el beneficio de circunstancias atenuantes. El tribunal lo condenó a cinco años de reclusión.
