El labrador François Fert había desatascado su carreta de una rodada y reanudado la marcha hacia Commercy. Había visto a Étienne Psaume delante de él en la cuesta de Boucq; media hora más tarde, entre la niebla, ya no lograba divisarlo. Un anciano al que Psaume había adelantado en el camino refirió haber oído después gritos, luego una voz que imploraba perdón y otra que replicaba: «¡Nada de perdón!». Cuando se encontró a Psaume, su reloj había desaparecido. La cuesta, la niebla y la detención del carruaje no tardarían en suscitar testimonios imposibles de conciliar.
Psaume era abogado, hombre de letras y bibliógrafo, célebre por su probidad y su complacencia. De su primer matrimonio con Jeanne Picquot le habían nacido tres hijas. Stéphanie-Cornélie, la primogénita, desposó a Pierre-Charles Simon y falleció en 1824, dejando tras de sí a tres niños de corta edad. Su segunda esposa, Jeanne Lemoussu, abandonó el hogar conyugal para irse a vivir con Jean-Claude Cabouat, padre de Étienne-Adolphe Cabouat, esposo a su vez de Élisabeth-Stéphanie, hija de Psaume. De este modo, ambos yernos se hallaban en el centro neurálgico de una familia dividida.
Psaume no creía que el hijo nacido dos años después de la partida de Jeanne fuese suyo y pretendía desheredarlo. Achacaba a su segunda esposa las desdichas que afligían a su casa. A principios de 1828, abandonó Commercy para instalarse en Nancy. En Boucq compartía con Simon los rendimientos de un lagar, según lo estipulado en el testamento de su hija Stéphanie-Cornélie. Los derechos sucesorios y la tutela de los tres nietos habían encendido ya varios litigios entre ambos hombres.
La vendimia de 1828 reavivó las querellas. Según palabras recogidas por Champagnac, Simon tachó a Psaume de usurpador de testamentos y lo amenazó con enterrarlo en vida; Psaume, por su parte, lo consideraba responsable de los padecimientos y de la muerte de su hija. Étienne-Adolphe Cabouat, el otro yerno de Psaume, sostenía asimismo un agrio enfrentamiento con él. Su esposa Élisabeth-Stéphanie había dejado el domicilio marital y regresado a la casa paterna. En una carta fechada el 23 de septiembre, Cabouat reprochaba a Psaume sus manifestaciones y advertía que no las toleraría por mucho tiempo.
El 20 de octubre dio comienzo la vendimia de Psaume. Se hospedaba en casa de Charles-Joseph Merdier, posadero y estanquero de la aldea. Una semana más tarde, el lunes 27 de octubre, Fert acudió a buscarlo a las seis de la mañana. El labrador debía transportar dos toneles y el baúl de Psaume. La criada le indicó que partiera, pues Psaume aún no se había levantado, prometiendo subir a avisarle. Psaume se apresuró a alcanzarlo, mas Merdier le aconsejó tomar antes una taza de café: subiendo por el repecho atajaría y daría alcance a la carreta, que marchaba por el camino real.
Psaume abandonó la posada hacia las seis y media. Llevaba consigo un reloj, como observaron Merdier y su sirvienta. Tomó el atajo de la cuesta; Fert condujo su carro por el camino principal. A media ladera, una rueda quedó encallada en una rodera profunda. Fert se vio obligado a solicitar el auxilio de unos caminantes. En aquel instante, Psaume caminaba todavía a unos ciento quince metros por delante de él. Cuando el vehículo pudo reanudar la marcha, aproximadamente media hora después, el carretero ya no volvió a verlo.
Una mujer divisó entre la bruma a un hombre a quien creyó reconocer como Psaume, y luego vio al carretero alcanzar la cumbre y proseguir su viaje; oyó sonar las siete. Un anciano aseguraba que Psaume lo había rebasado y que lo había perdido de vista en el bosque del Hazois. Afirmó haber escuchado gritos, luego una voz que suplicaba clemencia y otra que respondía: «¡Nada de perdón!». Se internó a gatas en la maleza hasta una zanja antes de regresar a Boucq, temiendo ser asesinado a su vez.
Hacia las diez, otra persona advirtió rastros de sangre en la senda del bosque del Hazois, tomándola en un primer momento por la de una liebre. Fert continuó su camino e indagó sobre el paradero de Psaume, sin obtener respuesta satisfactoria. Llegó a Commercy cerca de las once, a solas con sus toneles y el baúl. La desaparición no tardó en despertar sospechas contra los dos yernos, al tiempo que las primeras batidas por los alrededores resultaban infructuosas.
El 15 de noviembre, una partida de búsqueda localizó el cadáver en la espesura, a media legua de la posada de Merdier y a diecisiete metros del camino. Psaume yacía tendido boca arriba, tras unos setos. El capote y el chaleco estaban arrebujados bajo el cuerpo; los pantalones, remangados hasta las rodillas y manchados de lodo; solo conservaba un zapato puesto. El reloj había desaparecido, pero sus bolsillos guardaban aún dinero menudo, unos quevedos, una faltriquera, un libro, llaves y una misiva de su hija Ranxin. El otro zapato, el sombrero, el bastón y el paraguas yacían cerca de los restos.
El 23 de noviembre, Delacroix y Louis Thomas descubrieron una segunda porra de carpe oculta bajo la hojarasca, con cabellos todavía adheridos a un extremo. Con anterioridad ya se había incautado una primera vara. Simon explotaba una corta de madera en el Hazois; de acuerdo con la crónica, era el único paraje de las inmediaciones donde por entonces se elaboraba carbón vegetal.
Los facultativos examinaron el cuerpo en tres ocasiones entre el 15 y el 16 de noviembre. La cabeza presentaba múltiples fracturas y contusiones; la sangre coagulada apelmazaba el cabello en torno a las orejas. Constatado el óbito, las pesquisas judiciales se orientaron hacia las desavenencias domésticas y los movimientos de Simon y Cabouat.
El leñador Rémy Bresseaux declaró que los Cabouat le habían ofrecido doscientos francos por quitar la vida a Psaume. Étienne-Adolphe le habría señalado el itinerario que seguía su suegro, y el padre de Cabouat habría añadido que el anciano andaba corto de vista; la señora Cabouat los habría interrumpido. Bresseaux aseguraba haber referido esta proposición antes de cometerse el homicidio. Champagnac puntualiza, sin embargo, que semejante relato, transmitido de boca en boca, bien pudo haber sufrido alteraciones.
Ambos yernos fueron reducidos a prisión: Simon en Sorcy el 15 de noviembre, y Cabouat al día siguiente en Pierrefitte. En una primera instancia, Simon aseveró que únicamente se pretendía propinar un escarmiento a Psaume. Dijo haberse quedado a veinticinco pasos de distancia, en la espesura, e imputó a Cabouat la ejecución del crimen. Cabouat negó haber pisado Boucq y esgrimió una coartada. En el plenario, cada cual atribuiría al otro una posición distinta en el bosque, un momento dispar de la emboscada y una participación diversa en la muerte de Psaume.
La vista oral dio comienzo el 8 de julio de 1829 ante el tribunal de lo criminal de la Meuse, en Saint-Mihiel. Se citó a ciento ochenta testigos, sesenta de ellos de descargo. Durante la lectura del auto de acusación, Simon se puso en pie para denunciar que Cabouat lo había buscado bajo el falso nombre de Marchal para proponerle «darle una tunda» a su suegro. Simon afirmó haberse negado. La mañana del 27 de octubre, según su relato, Cabouat fue a la posada de Merdier para comprobar si Psaume había marchado, tras lo cual tomaron veredas distintas. Simon siguió la carretera real; cuando dio alcance a Cabouat, este le anunció que Psaume había muerto.
Simon admitió haber colaborado con Cabouat para arrastrar el cuerpo tras una maleza y confesó haber arrojado el reloj al agua. Aseguró que Cabouat lo había amenazado con incriminarlo si abría la boca. Cabouat negó haber acudido a Boucq y sostuvo que Simon mentía sin pudor. Conforme a esta última versión de Simon, este solo había intervenido en el encubrimiento, recayendo la violencia material exclusivamente sobre Cabouat.
Las declaraciones testificales confirmaron varios extremos ya conocidos. Bresseaux ratificó su denuncia; Cabouat mantuvo su coartada. La familia Tabutiaux, tras haberse retractado inicialmente, declaró corroborando la versión exculpatoria de Simon. Estos virajes enturbiaban la determinación de quién asestó los golpes mortales y quién prestó auxilio tras el crimen. El ministerio público hizo notar las cautelas adoptadas por Simon para disimular la muerte y sugirió la existencia de cómplices aún en libertad.
El 11 de julio, tras tres jornadas de intensos debates, el jurado declaró a Cabouat culpable del asesinato en concepto de autor y a Simon en calidad de cómplice. Al oír el veredicto, Cabouat palideció y rompió a llorar. Simon, con mayor entereza, exclamó: «¡A pesar de todo, soy inocente!». Cabouat manifestó que no recurriría. Sin embargo, no tardaron ambos en mudar de criterio e interpusieron recurso de casación, impetrando asimismo la gracia regia para conmutar la pena capital por la de trabajos forzados a perpetuidad.
El 15 de julio hicieron llamar al presidente del tribunal a la cárcel, asegurando que deseaban desvelar la participación del padre de Cabouat y de la segunda esposa de Psaume. Simon se declaró culpable, mas adujo no haber descargado golpe alguno: solo habría ayudado a arrastrar el cadáver después de que Cabouat le machacara la cabeza con una piedra. Acusó a la mujer de Psaume de llevar cinco años instigándolo al delito. Acto seguido, presa de un ataque epiléptico, se desplomó a los pies del magistrado.
Tras una severa crisis nerviosa, Cabouat admitió a su vez haber propinado los primeros golpes. Según su declaración, Simon apareció luego armado con un garrote y remató a Psaume, que aún respiraba. Acusó asimismo a la esposa de Psaume de haber promovido el crimen. Así pues, ninguno de los dos coincidía ni en el papel desempeñado por Simon durante el asalto ni en su conducta junto al cuerpo exánime.
El 13 de septiembre llegó a Saint-Mihiel la providencia que desestimaba el recurso de casación. En las horas previas a la ejecución, fijada para el día siguiente, los reos retiraron formalmente las imputaciones dirigidas contra el padre de Cabouat y la viuda de Psaume. Cabouat señaló a Simon como único instigador. El 14 de septiembre de 1829, ambos convictos fueron ajusticiados en Saint-Mihiel. A Simon hubieron de conducirlo medio muerto hasta el cadalso. Cabouat clamó a la multitud de jóvenes allí congregada pidiendo compasión y rogándoles que tomasen escarmiento en su persona; el filo de la cuchilla le cercenó el aliento antes de que pudiera concluir el nombre de su madre.
