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Justicia y escándalos · Finlandia

La barca a orillas de la ciénaga

Kirilä, cerca de Jakobstad, octubre de 1859. Henrik y Augusta, hijos del matrimonio anterior de la joven esposa de Karl Grauroth con el difunto hermano de este, desaparecen tras haber sido vistos en la casa. El hallazgo de sus cuerpos cerca de un arroyo, las lesiones descritas en la autopsia, una camisa con marcas y las declaraciones sobre lo ocurrido aquel día llevaron al tribunal a condenar al padrastro. Según el Pitaval, la pena capital fue conmutada por la deportación perpetua a Siberia.

A las seis de la tarde, la mesa estaba servida y la familia congregada, con la única excepción de los dos hijos del primer matrimonio de la joven esposa. Henrik tenía ocho años; Augusta, cuatro. El hacendado Karl Grauroth aseguró que jugaban por los alrededores. La criada, no obstante, recordaba haberlos visto por última vez hacia las tres, en el interior de la casa. La crónica del Neuer Pitaval sitúa esta escena el sábado 15 de octubre de 1859, en una aldea llamada Kirilä, cerca de Jakobstad, en la ribera oriental del golfo de Botnia.

Antes de este enlace, Grauroth había tenido cuatro hijos de sus primeras nupcias. Su actual cónyuge había estado desposada antes con el hermano de este, fallecido en 1854, de cuya unión nacieron Henrik, de ocho años, y Augusta, de cuatro. El nuevo matrimonio había concebido a su vez tres vástagos: el primogénito nació muerto, el segundo yacía aún en la cuna y la madre aguardaba al más pequeño. Aquella familia recompuesta habitaba una hacienda próspera, ceñida de tierras y servidumbre. Los dos infantes desaparecidos eran fruto de la unión anterior entre la mujer y el hermano difunto de Grauroth. Conforme a las actas de la causa, sus partes hereditarias debían hallarse bajo la salvaguarda de un tutor, y una subasta judicial de la mitad del dominio estaba destinada a preservar sus bienes hasta la mayoría de edad. La muerte de las criaturas habría alterado el orden sucesorio en beneficio de su madre, afianzando con ello el control de Grauroth sobre la casa y los terrenos. Tal es el móvil que el compilador atribuye al encausado; no constituye, empero, una prueba documental independiente.

La madre había regresado de la villa en compañía de una sirvienta; el mozo volvía de las faenas del campo. Los hijos mayores de Grauroth habían acudido a la Werfte, el astillero local, a recoger virutas. Llegada la cena, la doméstica inquirió por el paradero de Henrik y Augusta. Grauroth contestó que andaban jugando con otros rapaces de las cercanías y que resultaba baladí perturbar la quietud de la casa por unas horas de ausencia. El rumor de la calle pareció respaldar sus palabras. Los adultos levantaron la mesa y se retiraron a descansar.

A la mañana siguiente, la anciana madre de Grauroth advirtió que los lechos de sus nietos continuaban intactos. Se interrogó a la servidumbre; nadie conocía su suerte. Una criada, ocupada la víspera en la cocina, recordó que hacia las tres Karl le había ordenado preparar café, añadiendo que se disponía a aserrar tablas en el patio. Los hijos mayores declararon que, antes de marchar a la Werfte, vieron a Henrik y Augusta en la vivienda; Grauroth les habría propuesto ir a recolectar bayas al bosque. Las muchachas de la hacienda refirieron otra conversación: su padre había hablado a los pequeños de los nenúfares del arroyo, pero les prohibió que lo acompañasen, enviándolas a vigilar al infante en la cuna. La madre observó que, avanzada ya aquella estación, los nenúfares habían desaparecido por completo.

Grauroth y sus allegados batieron los confines del pueblo, bordearon el riachuelo y recorrieron los sotos llamándolos a voces. La pesquisa se prolongó durante todo el domingo. La madre se deshacía en llanto; el padrastro, según el cronista, aparentaba al principio hallarse tan compungido como los demás. Al declinar la tarde, convidó a quienes habían participado en la búsqueda a compartir la cena, apostillando un comentario sobre la fatiga que dejaba una jornada entera de trabajo.

Tras los infructuosos rastreos de todo el domingo, los cadáveres fueron hallados el lunes hacia el mediodía, cerca de la desembocadura del arroyo en un tremedal. Una pequeña barca flotaba en las proximidades; un remo yacía atravesado sobre los niños. Grauroth ofreció de inmediato una explicación: habrían intentado empujar la embarcación desde la orilla y se habrían ahogado al escapar esta a su alcance. El agua, no obstante, presentaba escaso calado en aquel paraje, según el relato judicial. Los rostros y los brazos se encontraban hundidos en el fango, con las piernas alzadas, mas las ropas y el calzado permanecían limpios. Augusta llevaba anudado bajo la barbilla un pañuelo sumamente apretado. Cundió entonces un murmullo entre el vecindario: los pequeños no habían perecido ahogados; habían sido golpeados.

La crónica no otorga a aquel primer examen la validez de un protocolo forense contemporáneo; consigna únicamente lo que las diligencias sumariales y la autopsia dieron por acreditado. Los facultativos constataron lesiones cervicales: ambos niños tenían el cuello quebrado. Atribuyeron estas fracturas a golpes contundentes y estimaron que los cuerpos fueron arrojados al agua ya cadáveres o en el estertor de la agonía. En el varón se apreciaron indicios compatibles con la asfixia por inmersión, si bien insuficientes, a juicio de los peritos citados, para explicar el deceso. El ceñido pañuelo de Augusta, la ausencia de signos de forcejeo en el lodo y la pulcritud de los ropajes desmentían igualmente el accidente aducido por el padrastro.

A medida que avanzaba la instrucción, varios pormenores adquirieron un cariz más sombrío. Grauroth había insistido la víspera en que los muchachos debieron de caer al agua. Mas cuando se le comunicó que habían sido asesinados, respondió, según consta en autos, que en adelante solo se permitiría ver los restos a las personas cuyas funciones oficiales así lo exigiesen. Rehusó permanecer junto a los féretros durante las visitas de pésame de los vecinos. Semejantes desvíos de conducta se interpretaron en su contra, si bien, aislados, no habrían bastado para suplir el peritaje de los despojos ni las testificales.

Otra circunstancia concitó el recelo de los pesquisidores. Las mujeres de la casa, afanadas en la colada, habían advertido en ambas mangas de la camisa de Grauroth una franja parda, húmeda y cenagosa, de cerca de un palmo de anchura. Lo comentaron entre sí, mas no reservaron la prenda como cuerpo del delito: fue arrojada al montón del lavado ordinario. Tiempo después, ante el tribunal, Grauroth negó que sus vestiduras tuvieran manchas semejantes, alegando que de haberlas sido habrían resultado azuladas antes que pardas, a causa de la blusa de faena que vestía. Este indicio, cuya pérdida material lamenta el cronista, no pudo ser sometido jamás a peritaje judicial.

El magistrado examinó a Grauroth a partir del martes, afeándole en particular haber aguardado a la mañana del domingo para iniciar la búsqueda de los menores, cuando su falta se conocía desde la noche del sábado. La esposa alegó haber regresado a deshora y marchado a dormir; el marido sostuvo que vio jugar a varios chiquillos en el exterior y los creyó parte de la comitiva infantil. Surgió luego el testimonio relativo a la buhardilla. Múltiples testigos vieron a Grauroth abandonar el cobertizo, cruzar el patio y subir a dicho desván, donde se custodiaban herramientas y ropas viejas. Sostuvo haber subido en busca de una barrena, pero las operarias aseveraron que dicho utensilio se hallaba en el tinglado. Una hora más tarde había descendido, con los brazos cruzados, antes de tomar el café que le sirvió la sirvienta y proseguir sus labores.

Las averiguaciones desentrañaron las contradicciones de sus movimientos vespertinos. Grauroth había hablado primero de arreglar una canalera, luego de serrar madera. Para justificar su ascenso al granero invocó una barrena grande; ciertos testigos declararon haberlo visto coger una similar en el cobertizo. A sus propios hijos les refirió que había ido a casa de Saddwisch a reclamar noticias sobre un reloj que aseguraba haberle prestado. Los mozos confirmaron esta versión, pero mantuvieron que no lo había recuperado; Grauroth replicó haberlo olvidado. El tribunal le hizo notar que semejante visita parecía un ardid para alejarse de la finca. Acabó concediendo que los infantes no gozaban de su particular afecto, aun cuando aseveró no albergar inquina alguna hacia ellos y haber llorado su pérdida con sincero dolor.

Otra deposición vino a quebrantar su pretendida permanencia en la heredad. Una vecina, que había salido a recoger bayas en las inmediaciones del arroyo, declaró haber oído la voz de un niño llamando a su padre y preguntándole qué pretendía hacerles. Aseguró haber reconocido a renglón seguido la voz de Grauroth ordenando callar. La crónica refiere asimismo el testimonio de Holländer, un antiguo camarada de juventud a quien el tribunal convocó hallándose el reo en prisión preventiva. En un primer encuentro carcelario, el careo no produjo más que desmentidos; mas en una visita ulterior, según Holländer, Grauroth le confesó haber conducido a los pequeños al soto, haberles quebrado el cuello y portado luego sus cadáveres hasta el arroyo. El procesado recusó de plano tal deposición, alegando más tarde que su antiguo allegado le había arrancado aquellas palabras bajo coacciones y amenazas.

Las pesquisas no se limitaron a las dos muertes recientes. En 1854, la primera esposa de Grauroth había fallecido tras una violenta y súbita dolencia; poco después, su propio hermano sucumbió aquejado de idénticos síntomas. El capítulo del compendio presenta ambos óbitos como sendos envenenamientos por arsénico. Durante su plática carcelaria con Grauroth, Holländer le recordó, según su testimonio, que se había detectado arsénico en los despojos; a lo cual el acusado habría respondido: «¿Qué puedo hacer yo si ellos mismos se quitaron la vida?». Semejante frase no pasa de ser un dicho referido por un tercero, carente del respaldo de una autopsia histórica contrastable. La crónica menciona además que Grauroth había trabado contacto con un buhonero de medicinas que vendía arsénico, e intentado procurárselo a un herrero en septiembre de 1859, sin llegar a obtenerlo. El texto vincula aquellas muertes con el apetito hacia su cuñada y la herencia común, si bien no da cuenta de condena formal alguna por tales extremos, independientes del fallo concerniente a Henrik y Augusta.

Durante la vista pública, Grauroth persistió en que jamás abandonó la finca y que los suyos bien pudieron atestiguar sus faenas. Las declaraciones de la sirvienta, de las jornaleras y de Holländer desmoronaron su coartada. Confróntosele la versión de la mujer que escuchó el clamor de los niños; él adujo que mentía y que en aquel soto no brotaban bayas silvestres. El tribunal no se dejó guiar por los rumores de la comarca: cotejó horarios, versiones encontradas, el informe anatómico y las confidencias carcelarias. La crónica asevera que las tres instancias judiciales lo declararon culpable del asesinato de ambos menores y lo condenaron a la pena capital.

La sentencia fue conmutada por la deportación perpetua a Siberia. Grauroth continuó proclamando su inocencia.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El campo del tutor

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El texto sigue el capítulo «Karl Grauroth» de la obra Der neue Pitaval, compendio retrospectivo publicado en 1864. Las diligencias de la pesquisa, testimonios y procedimiento judicial proceden de dicha relación; no se han consultado los autos procesales originales. El compilador consigna declaraciones orales y dictámenes de autopsia que aquí se glosan sin atribuirles la naturaleza de una certificación forense contemporánea verificada. Asimismo, imputa a Grauroth fallecimientos previos y un interés patrimonial sucesorio; dicho capítulo no refiere condena formal alguna por tales muertes. La tipografía Fraktur del original altera ocasionalmente topónimos y antropónimos; fechas y lugares se reproducen según la lectura más fidedigna del texto y su sumario. Finlandia constituía por entonces un gran ducado incorporado al Imperio ruso. La pena registrada es la deportación perpetua a Siberia tras la conmutación del patíbulo.

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