Hacia las diez de la noche del 13 de julio de 1851, Marie-Rosalie Jarre y su hija Marie-Anne-Joséphine Olive llamaron sucesivamente a las puertas de varios vecinos. Dijeron que una desgracia había caído sobre su casa y rogaron que acudieran de inmediato. Baptiste-François Olive, su esposo y padre, se habría caído de la cama. «Mi pobre padre», decía ella. La hija explicó que el hombre había ido a La Cambe y bebido durante todo el día; alguien, pensaba, le habría dado un aguardiente envenenado. Los primeros vecinos comprobaron que ya no tenía vida. En las dos piezas de la vivienda, una cama intacta, unas sillas ordenadas y los zuecos calzados en los pies del difunto desmentirían la versión de una caída. La Gazette des Tribunaux informa, el 22 de agosto, sobre el proceso de ambas mujeres ante la audiencia provincial del Calvados; su crónica no incluye ni las respuestas pormenorizadas del jurado ni una transcripción completa de los debates.
Jarre, viuda Olive según la fórmula del periódico, tenía cincuenta y dos años. Su hija contaba veinte. Una había nacido en Englesqueville y la otra en Aiguerville; ambas vivían en Ecrammeville y trabajaban como jornaleras. Comparecieron bajo la acusación de haber dado muerte de consuno a Baptiste-François Olive, padre legítimo de Marie-Anne. La crónica vacila, sin embargo, en el nombre de pila del padre: su semblanza biográfica lo llama Jean-Baptiste Olive y le atribuye cincuenta y tres años; el acta de acusación y luego la sentencia lo nombran Baptiste-François. Sin un facsímil, esta discrepancia perdura en el periódico tal como la restituye el OCR y no puede reducirse a una simple errata de reconocimiento. El título, «Parricidio. — Dos acusadas», fija el marco moral del relato antes de exponer los elementos presentados en la vista.
El periódico sitúa en primer lugar el cuerpo dentro de la casa. La edificación daba a la carretera nacional París-Cherburgo, separada de ella por un pequeño patio de dos metros veinticinco. En la planta baja comunicaban dos estancias; Olive dormía en la que la crónica denomina gabinete, mientras que su mujer y su hija compartían la otra. Se le halló tendido de espaldas, paralelo a la cama y a un metro escaso de esta. Vestía un pantalón sujeto por tirantes y una camisa; estaba con la cabeza descubierta, sin corbata, con los zuecos puestos. Las sillas se hallaban alineadas a lo largo de la cama, que no había sido deshecha. El cuerpo conservaba aún un fuerte calor, si bien sus manos comenzaban a enfriarse. A juicio del corresponsal, la disposición de la pieza contradecía la hipótesis de una caída fortuita. La justicia se personó en el lugar; la autopsia, tal como la sintetiza el artículo, concluyó que la muerte se debió a asfixia por sofocación y advirtió escoriaciones externas, así como derrames en el interior del cuello y en el brazo izquierdo. La crónica no constituye un informe pericial médico.
A partir de este cuadro, la crónica se remonta a las tensiones referidas en el seno del hogar. Sitúa en el centro a un individuo llamado Leprunier, de cuarenta y cinco años, casado y padre de un hijo. Según la tesis fiscal reproducida por el diario, este habría hecho creer a Marie-Anne que era viudo y deseaba desposarla. El padre pretendía apartar a aquel hombre y exigir de su esposa y de su hija que cesaran de frecuentarlo. Añade el corresponsal que la madre habría mantenido, asimismo, relaciones con él; formula este extremo como un rumor extendido, no como un hecho establecido mediante prueba fehaciente.
El 15 de junio, a tenor de los testimonios ventilados en el juicio, estalló una disputa entre el padre y su hija. Olive la habría golpeado; Jarre intervino entonces, aferrando a su marido por el cuello y arañándolo. La Gazette refiere que, tras este altercado, el padre habría confiado a un testigo que su mujer lo había amenazado con envenenarlo. A partir de esa reyerta, se habría negado a tomar la sopa preparada por su hija a menos que la hubiera visto cocinarla. Esta desconfianza, vertida en la audiencia, proporcionó a la acusación el retrato de un hogar vuelto hostil hasta en los actos más cotidianos.
En las jornadas que precedieron a la muerte, las palabras del padre adquieren en el relato un cariz de advertencia. Habría manifestado su zozobra a un vecino y acudido a visitar a su hermano. El 13 de julio, hacia las seis de la mañana, se dirigió a casa de Marie, vecina de un huerto de su propiedad, y le habló de sus pesadumbres domésticas; fue luego a ver a su hermano. Hacia las seis de la tarde regresó a casa de Marie, en estado de completa embriaguez. En el momento de despedirse, quiso dejarle unas lechugas recolectadas en su parcela. Instado por ella a llevarle dos a su esposa, se negó, recordando que esta lo había amenazado por la mañana con volver a verlo por la noche. Hacia las ocho, regresó a su domicilio. La crónica no describe ningún encuentro posterior; pocas horas más tarde, madre e hija aporreaban las puertas en demanda de auxilio. La Gazette convierte estas palabras en el preludio del desenlace nocturno; el nexo causal sigue siendo el del relato acusador.
Los ruidos percibidos aquella noche constituyen otro indicio. Un viandante habría oído, hacia las nueve y media, un tumulto en la casa y a la hija gritar: «¡Mamá!». Otros vecinos habrían escuchado al padre amenazar con poner de patitas en la calle a las mujeres, y luego un forcejeo y voces despavoridas. Un testigo refiere que se alejó junto a su acompañante presa del espanto. La transcripción del OCR altera el orden de estas declaraciones; conviene, por tanto, mantenerlas como dichos atribuidos, sin forzar una cronología más nítida que la que brinda la página impresa.
El periódico expone a continuación el cambio en las declaraciones. En los primeros interrogatorios, madre e hija sostuvieron que el fallecimiento era fortuito, ofreciendo versiones coincidentes. Tras las revelaciones de los testigos acerca de la pugna, Marie-Anne se resolvió a confesar; su madre acabó por imitarla. La Gazette da cuenta de esta sucesión, pero el OCR local no conserva el tenor circunstanciado de las confesiones: no es posible reconstruir ninguna palabra ni escena precisa de dicha declaración.
La acusación formal sostenía que habían actuado de común acuerdo en Ecrammeville el 13 de julio. En la sesión del 11 de agosto, presidida por el magistrado Rouffey, comparecieron los testigos; el corresponsal señala que corroboraron el auto de acusación. La audiencia se suspendió hasta las siete para los informes finales. Al reanudarse, la sala se hallaba abarrotada y una multitud todavía más copiosa asediaba el palacio de justicia, contenida por un retén de tropa. El fiscal general pronunció un extenso alegato: tras desarrollar consideraciones morales, impetró del jurado un veredicto de severidad. El cronista lamenta no poder reproducir su discurso. Informaron después los letrados defensores Rigard y Desgrois. Este tramo vespertino confirió al desenlace judicial toda su gravedad, aun cuando el periódico no ofrezca de él más que un compendio.
Tras el resumen del presidente, el jurado respondió afirmativamente a todas las cuestiones, según el artículo. Apreció circunstancias atenuantes a favor de la hija. El fiscal general interesó la imposición de las penas del parricidio contra la madre y solicitó, para la hija, la aplicación de esas mismas penas modificadas por el artículo 18 del Código Penal. El abogado Rigard suscitó entonces una controversia de derecho atinente a los artículos 59 y 302: a tenor de sus conclusiones, a los cómplices o coautores de un parricidio no debía aplicárseles la misma pena que al autor principal. El tribunal deliberó durante cuarenta y cinco minutos y desestimó la pretensión.
La disparidad punitiva fue terminante. Marie-Rosalie Jarre fue condenada a muerte. Marie-Anne-Joséphine Olive fue condenada a trabajos forzados a perpetuidad, merced a las atenuantes otorgadas por el jurado. La Gazette puntualiza que la sentencia ordenaba para Jarre una ejecución pública, descalza y con la cabeza cubierta por un velo, precedida de la lectura del fallo. Se trata únicamente de la pena pronunciada en la resolución extractada: el periódico concluye señalando que la muchedumbre se dispersó a la una de la madrugada. La crónica no alcanza para referir el destino posterior de ambas mujeres ni para dilucidar si algún recurso ulterior conmutó las condenas; se clausura con el pronunciamiento del tribunal de lo criminal.
En este expediente, la certeza del fallo dimana de la crónica de la Gazette, mientras que los móviles y las probanzas nos llegan de manera dispar. La inspección del cadáver, los recuerdos de los vecinos, las amenazas referidas, el trato atribuido a Leprunier y las confesiones abreviadas no poseen idéntica entidad probatoria. La sentencia zanja las cuestiones sometidas al jurado; no muda en hecho probado cada juicio moral del corresponsal. Una lectura prudente exige preservar ambas realidades: el diario da cuenta de un veredicto de culpabilidad contra las dos mujeres con penas diferenciadas, pero su defectuoso OCR y su formato periodístico dejan lagunas que la presente relación no puede colmar.
