El 9 de julio de 1842, en Rathmines, Ellen Byrne llamó a su hijo Luke a la habitación cerrada en la que su esposo llevaba varios días recluido. Augustine Byrne yacía boca abajo sobre el lecho. Luke hizo acudir a su hermano Joseph; este le dio la vuelta. Sus orejas se habían ennegrecido. Luke relató que Ellen exclamó: «¡Oh, no, no!». Joseph recordaba que ella le pidió que mandara a buscar a un médico. El primer facultativo que acudió, Arthur Harvey, encontró el cuerpo hinchado, el rostro tumefacto y oscuro, la lengua asomando entre los labios y un líquido sanguinolento manando de la boca y las narices. Boticario de profesión, estimó que Augustine llevaba cuatro o cinco días muerto, si bien reconoció que un examen somero no le permitía determinar la causa del deceso.
Esa incertidumbre sostendría todo el proceso. La puerta de la estancia había aislado a los Byrne del resto de la vivienda, pero no había puesto término a su historia. Durante la semana en que la familia creyó que el matrimonio permanecía retirado de mutuo acuerdo, los muchachos llamaron a la puerta, los sirvientes llevaron botellas o algún plato y los vecinos oyeron en ocasiones rumores de voces. Nadie, salvo Ellen, podía aseverar lo que había ocurrido en el interior. Ni siquiera ella ofreció jamás una cronología coherente.
Augustine había contraído matrimonio con Ellen Wall en 1833. Ella era viuda y tenía cuatro hijos de sus primeras nupcias; tres de los varones convivían con la pareja. Los testigos afirmaron que los esposos se avenían bien fuera de los periodos de embriaguez. Sin embargo, aquellas crisis transformaban la casa. En repetidas ocasiones, Augustine y Ellen se habían encerrado juntos durante días, ora en la alcoba del piso superior, ora en la de Augustine. La comida escaseaba; las bebidas, en cambio, franqueaban la puerta entornada. La familia había aprendido a no alarmarse de inmediato.
El 30 de junio, Augustine regresó a altas horas de la noche de las carreras de Bellewstown. Su hijastro Joseph lo halló cenando pato y lo creyó tomado por la bebida. Los relatos no concordaron con exactitud sobre su estado ni sobre los días subsiguientes. Luke, el hermano menor, lo vio el domingo 3 de julio tendido en la cama, al parecer dormido. Apenas permaneció allí un minuto. Al atardecer, escuchó un único gruñido que reconoció como la voz de su padrastro, y luego, el silencio. Joseph, que atisbó desde el umbral, lo vio de espaldas. Creyó que Augustine continuaba con vida, pero no comprobó su respiración.
Ese mismo domingo, los jóvenes intentaron conseguir las llaves de la despensa. Ellen entreabrió la puerta, afirmó no tenerlas y se opuso con vehemencia cuando consideraron franquear la entrada. Estaba tan ebria que cayó al suelo. El más pequeño, Valentine, acudió a buscar las llaves sobre la chimenea. Acto seguido, Joseph oyó las voces de su madre y de Augustine: ella parecía reprenderlo, y él respondía con un refunfuño contrariado. Su vecino Paul Barry también escuchó palabras cruzadas en la estancia. No distinguió las frases ni oyó golpe alguno. Las disputas, aseguró, eran frecuentes.
A partir de entonces, los días se desdibujaron. La familia comía abajo; a veces llamaban a la habitación, a veces alguien entraba un instante. Cierto día, Valentine recogió una taza sucia y una jarra de cerveza por la rendija de la puerta; no lograba ver el interior. Su madre le ordenó traer más cerveza. Ya no supo precisar qué día era ni si llegó a devolver la jarra llena. Su testimonio, a sus diez años, resultó vacilante.
El criado Christopher Talt ofreció el relato más minucioso, pero también él se extravió en las fechas y las entregas. El martes, creyó reconocer a Augustine pidiendo una pinta de whisky. Una mano desnuda hasta el codo, de complexión masculina, asomó por la abertura con dinero; cuando Talt regresó, la voz le reprochó haberse demorado. No vio el rostro, y admitió luego que el tono no era el que solía escucharle habitualmente. En los días posteriores, Ellen recibió ron, un pollo hervido, fresas y otros víveres. Talt seguía sin vislumbrar la estancia: ella abría lo justo para introducir la bandeja, interponiendo su cuerpo contra la puerta.
Tras el martes, Talt no volvió a percibir la voz de Augustine. El viernes, Ellen examinó el pescado que le ofrecía una vendedora; a la mañana siguiente, pidió dos tazas de té, dos rebanadas de pan con mantequilla y una botella de cerveza negra. Más tarde, Talt la vio subir de nuevo hacia la habitación y echar la puerta. Percibió entonces un hedor que antes no había notado. Barry, el vecino, había advertido la víspera un mal olor en su propia estancia, tras la pared medianera; había creído que se trataba de un animal muerto. No pudo asegurar si era la misma fetidez.
Los testimonios se contradecían asimismo sobre las últimas horas. Luke recordaba que Ellen lo había llamado para levantar a Augustine, que yacía boca abajo sobre el lecho; Joseph aseguraba haberlo encontrado de costado. Ambos recordaban sus orejas amoratadas y a su madre negando al principio que hubiese muerto. Joseph también le atribuía la petición de llamar a un médico. Más tarde, según se dijo, Ellen le confió a Barry que su marido había fallecido el sábado anterior, y luego declaró ante el pesquisidor que había oído un estertor y llamado a sus hijos. Ante el juez de instrucción, habría situado la muerte el viernes 8 de julio. Sin embargo, las actas de instrucción indicaban igualmente que había dormido en el lecho conyugal el jueves y el viernes. Una fecha mal comprendida, un fallo de la memoria o una falsedad deliberada: los testimonios no permitían dirimirlo.
Los médicos tampoco despejaron la incertidumbre. Harvey juzgaba que el cadáver llevaba cuatro o cinco días inerte, pero no había practicado la autopsia. El cirujano James Fox describió una descomposición avanzada y declinó fechar el deceso con certeza. La protuberancia de un ojo y de la lengua podía sugerir un estrangulamiento; Fox estimó, no obstante, que los gases de la putrefacción bastaban para explicar el ojo, y que la lengua, flácida antes que hinchada, no constituía un indicio concluyente. El cirujano Andrew Ellis se inclinaba por una muerte sobrevenida tras una lucha convulsiva y consideraba probable una violencia externa. Con todo, admitió que una crisis epiléptica podía arrojar apariencias análogas y que le resultaba imposible determinar la causa que había desencadenado aquel forcejeo.
La defensa presentó a otros facultativos. El doctor Kirby, que no había examinado el cuerpo, juzgó que los signos podían corresponder a un ataque de epilepsia y que la putrefacción bien pudo haber alterado los ojos, la lengua y la sangre. No pretendía demostrar una muerte natural. El juez, el barón Pennefather, resumió la discordancia sin conceder a los dictámenes médicos la potestad de sustituir a los hechos: los peritos podían errar; sus pareceres no bastaban por sí solos. Correspondía a los miembros del jurado decidir si Augustine había muerto de forma violenta y si la mano de Ellen había provocado el deceso.
La Corona había articulado doce posibles maneras de consumar el crimen: estrangulamiento a mano limpia o con un tejido, sofocación bajo un lienzo, una almohada o una manta, golpes o asfixia contra el lecho. Aquellas variantes no constituían doce pruebas; describían las formas que podía adoptar la acusación, cuando no se había advertido en el cuerpo huella alguna de violencia. El ministerio público insistió en el mutismo de la alcoba, la puerta firmemente atrancada, el hedor tardío y las contradictorias explicaciones de Ellen. La defensa replicó que las costumbres del matrimonio, la beodez y los estragos de la descomposición volvían equívocos tales indicios.
En sus consideraciones finales, el magistrado planteó la cuestión de otro modo. El jurado no podía condenar fundándose en una mera probabilidad, por sólida que pareciese. Era menester establecer más allá de toda duda razonable que la muerte obedecía a la violencia, y luego, que la mano de Ellen la había infligido. ¿Había degenerado una disputa conyugal en una contienda mortal, seguida de un disimulo? ¿O permanecieron los esposos recluidos en tal estado de embriaguez que Ellen no advirtió que Augustine yacía sin vida? El juez expuso estas hipótesis, recordando siempre que no le competía pronunciarse en lugar de los jurados.
Se retiraron a deliberar a las tres y cuarenta y cinco. Media hora después, regresaron a la sala y declararon a Ellen Byrne no culpable. El debate no radicaba en saber si aquella alcoba había guardado su secreto durante varios días: los testigos coincidían en el silencio, la pestilencia y el tardío hallazgo del cadáver. Se exigía vincular tales indicios a una muerte violenta y a una mano precisa. En Dublín, en agosto de 1842, el jurado estimó que la acusación no había logrado franquear ese abismo.
