El 16 de febrero de 1841, ante los pares reunidos en tribunal de justicia, el conde de Cardigan escuchó la lectura de tres cargos de acusación. Se le reprochaba haber disparado contra Harvey Garnett Phipps Tuckett: el primer cargo alegaba la intención de matarlo; el segundo, la de mutilarlo e incapacitarlo; el tercero, la de infligirle una lesión corporal grave. La escena parecía nítida: dos oficiales, padrinos, pistolas, un hombre alcanzado por una bala. Sin embargo, en cuanto la acusación concluyó la presentación de sus pruebas, la cuestión decisiva no giró en torno al honor del duelo ni a la conducta del conde, sino en torno a los cuatro nombres inscritos en el acta acusatoria.
El acta impresa por orden de la Cámara de los Lores sitúa el asunto en el sábado 12 de septiembre de 1840. En Wimbledon Common, hacia las cinco de la tarde, se detuvieron dos carruajes. El fiscal describió un encuentro concertado como un duelo: padrinos, una docena de pasos entre los adversarios, un primer intercambio de fuego y, acto seguido, nuevas pistolas. El capitán Tuckett resultó herido en el segundo intercambio. Era la exposición inicial de la fiscalía, no todavía el fallo de los pares.
El propio procedimiento confirió a la causa una forma singular. La acusación formal se había presentado en un principio ante el Central Criminal Court; un auto de certiorari la elevó ante el Parlamento, al ostentar el acusado la condición de par del reino. La Cámara constituyó la comisión del Lord High Steward, recibió el pliego y conminó a comparecer a Cardigan. Este se declaró no culpable y reclamó el juicio de sus pares. Tras las reverencias y la lectura de autos, el objeto del litigio permanecía intacto: probar los elementos constitutivos de la infracción.
El fiscal general distinguió entre la costumbre del duelo y la norma penal. Afirmó no advertir en la conducta del conde rencor ni bajeza alguna; comprendía que un oficial considerase su deber defender su rango. Mas tales usos no alteraban la ley. El primer cargo alegaba la intención de matar; el segundo, la de mutilar e incapacitar; el tercero, la de causar una lesión grave. Los precedentes distinguían la disputa repentina del duelo premeditado: dos hombres que comparecían con padrinos y armas cargadas no se habían encontrado por azar, sostuvo.
El primer testigo fundamental fue Thomas Hunt Dann, molinero en Wimbledon y condestable de la parroquia. Desde su molino divisó los carruajes y, poco después, a varios individuos sobre el ejido comunal. Declaró que fue alertado por su esposa; bajó a buscar su vara de oficio y se dirigió a la verja. Cuando alcanzó el terreno, dos hombres acababan de disparar. Vio luego a los padrinos entregar nuevas pistolas y el segundo intercambio se produjo mientras corría hacia ellos. Dann creyó ver que uno de los hombres estaba herido; se aproximó a aquel cuyo rostro miraba hacia él, arrebató una pistola a Cardigan y lo puso bajo su custodia. El cuadro que relató ofreció a los pares la sucesión de las detonaciones, mas su posición inicial era lejana y su atención, según sus propias respuestas, no le permitía identificar a los caballeros antes de haberse situado a su lado.
La distancia se erigió en motivo de controversia. Dann calculó que la cancela del molino distaba doscientas veinte yardas del lugar del tiroteo. Admitió que a tal distancia no podía distinguir las facciones de los rostros. En el contrainterrogatorio rectificó la impresión de que hubiese reconocido a Cardigan desde el instante en que descendió del carruaje: había perdido de vista a los individuos al apearse del molino e ir a buscar su vara. Afirmó después haber visto al conde de cerca y no haberlo perdido de vista durante su carrera desde la verja. Este testimonio servía para acreditar la presencia del noble al término de la secuencia; no borraba, sin embargo, la distancia ni los lapsos de tiempo que el testigo acababa de reseñar.
El hijo del molinero, Sebastian Byron Dann, contaba catorce años. Había observado la escena desde el molino, pero tampoco conocía a los partícipes. Vio parejas que se separaban, dos personas que se arrodillaban, pistolas que cambiaban de mano y, por fin, las detonaciones. Al preguntársele quién era el herido, respondió que su padre le había dicho que se trataba del capitán Tuckett. Sometido a las preguntas de la defensa, reconoció que él jamás había conocido ni vuelto a ver a aquel individuo con anterioridad al proceso. La prueba del hecho material y la del nombre propio no convergían: un adolescente había presenciado cómo herían a un hombre y, más tarde, se enteró de cómo se le llamaba.
Sarah Dann, la esposa del molinero, no había apartado la mirada del ejido desde el molino. Detalló los preparativos: hombres que se ponían de rodillas, pistolas amartilladas o manipuladas, pasos dados hacia atrás, padrinos que se aproximaban y, finalmente, los disparos. Afirmó haber visto a un hombre herido y rastro de sangre. Sin embargo, no conocía a ninguno de los implicados antes de aquel día, y el contrainterrogatorio insistió en el alcance efectivo de su visión a doscientas veinte yardas. La prueba no carecía de valor; quedaba, no obstante, circunscrita a lo que puede discernir un observador distante que jamás se ha cruzado con tales personas con anterioridad.
El médico que había asistido al herido compareció bajo el nombre de Sir James Eglintoun Anderson. El Lord High Steward le advirtió de que no estaba obligado a responder a pregunta alguna susceptible de incriminarlo. Anderson rehusó declarar si conocía a Tuckett, si se encontraba en Wimbledon Common o si había prestado auxilios médicos a alguien aquella jornada. Reconoció únicamente su profesión y adujo que ciertas respuestas podrían acarrearle responsabilidades penales. El tribunal no transformó tales negativas en prueba de cargo; dejaron, lisa y llanamente, a la acusación desprovista de dicho testimonio.
El inspector John Busain aportó un indicio adicional, más categórico en lo relativo a las palabras pronunciadas tras el tiroteo. En su dependencia policial vio presentarse un coche poco antes de las seis. Cardigan compareció voluntariamente como prisionero, manifestó haberse batido en duelo y haber alcanzado a su adversario, sin gravedad, a su juicio; designó a continuación al capitán Douglas como su padrino. Busain relató asimismo una frase por la que el conde habría desdeñado la suposición de haberse batido contra un oficial de su propio regimiento. Empero, la defensa examinó el modo en que dicha declaración se había consignado ante los magistrados. Busain admitió que no todo lo expuesto por él había quedado registrado en su primera comparecencia; el actuario judicial consideró irrelevante parte de sus manifestaciones. Las versiones del testigo y los fragmentos asentados en acta fueron debatidos en estrados, y no cabía asimilarlos a una deposición íntegra, conservada a la letra.
Hasta ese punto, la acusación había expuesto un desafío, un tiroteo, una herida y las palabras subsiguientes. Restaba aún probar quién era el sujeto agraviado. Thomas Dann había afirmado que uno de los presentes le entregó una tarjeta de visita; tras un dilatado debate procesal, el tribunal admitió su lectura. En ella rezaba: «Captain Harvey Tuckett, 13, Hamilton Place, New Road», con el nombre del «Captain H. Wainwright» manuscrito al dorso. Constituía un indicio de identidad y domicilio, pero la cartulina omitía tanto «Garnett» como «Phipps».
Charles William Walthew, boticario y arrendatario de un inmueble mercantil, conocía a un capitán Tuckett que ocupaba despachos en su casa de Poultry. Lo conocía bajo el nombre de Harvey Tuckett. Dicho caballero le había facilitado la dirección de Hamilton Place como fianza o referencia; Walthew le había remitido un cesto, mas nunca había acudido personalmente a aquella finca ni podía certificar que el inquilino residiera de facto allí. Edward Septimus Codd, agente militar, conocía por su parte a un oficial a medio sueldo llamado Harvey Garnett Phipps Tuckett, antiguo integrante del 11.º Regimiento de Dragones Ligeros, cuyos haberes gestionaba. Se entrevistaba con él en su propio domicilio de Fludyer Street, y jamás había visto al herido en Poultry ni en Hamilton Place.
La acusación instó a los pares a anudar ambas cadenas: el herido se hacía llamar Harvey Tuckett y había facilitado las señas de Hamilton Place; un oficial provisto del mismo nombre compuesto completo había prestado servicio en un regimiento vinculado al conde y percibía media paga militar. Tales circunstancias, adujo el fiscal general, permitían a un tribunal prudente inferir que se trataba de la misma y única persona. La defensa replicó que la mera semejanza del patronímico y una dirección referida por un tercero no bastaban para acreditar la identidad legal. El testigo que conocía los cuatro nombres jamás había visto a la víctima; quienes habían visto a la víctima eran incapaces de dar fe de los cuatro nombres. Entre ambas series testificales, arguyó Sir William Follett, no mediaba un solo testimonio que tendiese el puente necesario.
La objeción no conminaba a los pares a pronunciarse en primer término sobre la licitud o vileza del duelo. Atacaba la condición previa a cualquier veredicto: el acta señalaba por sus nombres a una persona concreta, y la fiscalía debía demostrar que el herido observado era fehacientemente dicha persona. El Lord High Steward resumió el principio con severa claridad: cuando una persona es conocida, su designación nominal debe figurar de manera exacta; un error sobre este extremo capital acarrea la absolución forzosa, aun cuando el hecho material parezca acreditado por otros medios. Repasó las dos cadenas probatorias y dictaminó que no llegaban a unirse: de un lado, un herido conocido como Harvey Tuckett; del otro, un capitán cuyos cuatro nombres cuadraban con los del pliego acusatorio, pero a quien los testigos presenciales de los hechos no habían identificado.
Los pares deliberaron y fueron llamados a manifestar su juicio uno a uno. Todos ellos declararon a Cardigan no culpable, por su honor. El Lord High Steward proclamó la absolución unánime y la comisión quedó disuelta. Las actas no transforman este desenlace en un dictamen sobre la moralidad del duelo, ni en la afirmación de que los disparos no se hubieran producido. Dejan constancia de una resolución mucho más rigurosa y formal: ante la falta de prueba fehaciente que vinculase al hombre tiroteado con los cuatro nombres consignados en el acta, los pares no podían declarar al conde culpable de ninguno de los tres cargos. En este proceso, la justicia civil se detuvo con escrúpulo allí donde el nombre no pudo ser probado.
