El domingo 25 de julio de 1655, un mendigo entra en la iglesia principal de Vernon con un muchacho. Ciertos vecinos creen reconocer al hijo desaparecido de una viuda de la ciudad. Otros no lo reconocen. La semejanza impresiona a algunos testigos; no zanja el debate. El padre sostiene que el muchacho es su hijo. La presunta madre lo rechaza. Antes de que el Parlamento de París dirima el litigio, esta identificación disputada convierte a un transeúnte en sospechoso, a un niño en cuestión pública y a una madre en acusada.
El asunto comienza con una ausencia. Jeanne Vacherot contrajo matrimonio con Lancelot le Moine, notario en el Châtelet de París, en mayo de 1640. El matrimonio tiene tres hijos: Pierre, Jacques y Louis. Al morir Lancelot, en enero de 1649, su testamento designa a Jeanne como tutora. Ella cría a los muchachos en París. En septiembre de 1654, ciertos negocios la conducen a Vernon. Se lleva al menor, Louis, y deja a Pierre, de catorce años, y a Jacques, de diez, bajo la custodia de su abuela y de una criada. Los dos mayores escapan con los hijos de un burgués llamado Coustard. Los niños de Coustard son devueltos a su padre. Pierre y Jacques no vuelven a aparecer.
A su regreso, Jeanne busca a sus hijos. Pitaval refiere que encuentra, en las escalinatas del Hôtel-Dieu, a un pobre con su hijo. Cree advertir en el muchacho ciertos rasgos de Jacques, pero nota asimismo diferencias. Da limosna al padre y le confía las señas particulares del desaparecido, rogándole que indague durante sus viajes. Este primer encuentro no reviste visos de reconocimiento. Deja abierta una posibilidad: el muchacho bien podría ser Jacques, o tan solo parecerse a él.
Jeanne interpone querella el 12 de mayo de 1655 por la desaparición de sus dos hijos. Dos meses más tarde, el mendigo regresa a Vernon con el muchacho. La crónica lo nombra Jean Monrouisseau; al niño, Louis. En la iglesia, vecinos que conocen a Jacques ven en ese rostro la prueba que aguardaban. La noticia se propaga. Muy pronto, Jeanne pasa a ojos de todos por una madrastra que se habría concertado con el mendigo para mantener a la criatura apartada de su familia.
La multitud se congrega ante la posada donde se hospedan Monrouisseau y su hijo. El procurador del rey se halla en el lugar; la relación le reprochará no haber apaciguado el tumulto. El padre es arrestado. El juez lo hace conducir a prisión sin asiento previo en el registro carcelario y le pone grilletes en los pies, según el relato de Pitaval. El muchacho es enviado al hospital. Se hace comparecer a Jeanne para un careo. Es conducida a través de una hilera de lugareños que la injurian. En el tribunal, Monrouisseau declara ser el padre; el niño llama madre a Jeanne. Esta persiste en negar que el muchacho sea su hijo.
El procedimiento se anuda en esta contradicción. Un reconocimiento supuestamente en caliente parece dar la razón a la multitud; la negativa de Jeanne parece a su vez confirmar las sospechas contra ella. Pero las condiciones del careo son impugnadas. Según los letrados de la viuda, el muchacho pudo haber recibido sugestiones de quienes lo interrogaban. El niño no presta juramento; el expediente no permite fijar aquí su edad con certeza. Se le aloja en un principio en casa de una parienta, la viuda Cretté, y permanece en contacto con personas que ya lo creen Jacques. Monrouisseau mantiene su identidad y reclama a su hijo. Esa misma noche, Jeanne toma el camino de París. Pitaval afirma que algunos habitantes rompen los cristales de su casa tras su partida.
El expediente se engrosa y luego muda de terreno. El 29 de julio se abre una información sumaria a instancia del procurador del rey. Un tutor sustituto, Claude le Moine, solicita que se investigue a Jeanne y hace que se describa al mendigo como a un secuestrador. El 11 de agosto, el juez otorga al muchacho una provisión de cien libras. Jeanne apela. El 12 de agosto, el Parlamento de París le permite impugnar el procedimiento y ordena no proseguir en otra sede. Vernon, no obstante, depende del Parlamento de Normandía; los magistrados locales no reconocen de inmediato la autoridad de la corte parisina. Se ejecutan embargos contra los arrendatarios de Jeanne. La disputa de filiación deviene también conflicto de jurisdicción.
En París, Monrouisseau y su hijo son interrogados por Lamoignon, a la sazón relator del Consejo de Estado. El niño reconoce a Monrouisseau como a su padre. Las versiones divergen de nuevo: en Vernon, el niño señaló a Jeanne; en París, la niega. Un auto del Consejo Privado, fechado el 2 de junio de 1656 en el texto de Pitaval, remite finalmente a las partes ante el Parlamento de París. La Corte ha de oír las narraciones que el rumor local había reducido a una sola.
Un nuevo elemento proviene del primogénito. Pierre le Moine regresa a casa de su madre tras años de vagabundeo. Relata que él y Jacques abandonaron París y luego pidieron limosna cerca de Saint-Waast. Un noble, Montaud, los hospedó cerca de doce días. Jacques enferma y muere, según el relato de Pierre. El capítulo da cuenta de unos certificados de sepultura presentados en apoyo de su testimonio; uno de ellos se describe como firmado por el cura, por Montaud, por vecinos del lugar y por hermanos de la Caridad. Dice haberse dado luego a la fuga y haber vivido como vagabundo antes de regresar a París. Para Jeanne, este retorno explica la desaparición de Jacques sin hacer del hijo de Monrouisseau su propia prole.
En la audiencia, los alegatos enfrentan pruebas de naturaleza dispar. El abogado de Jeanne se apoya en las capitulaciones matrimoniales de sus padres, la fe de bautismo de Jacques, el testamento de Lancelot y los certificados que presuntamente acreditan su muerte cerca de Saint-Waast. Subraya que el mendigo y su hijo son reconocidos por múltiples testigos como padre e hijo, y que Jeanne jamás reclamó al muchacho como suyo. El letrado de Monrouisseau presenta los mismos elementos como los títulos de una filiación continua: la fe de bautismo de su hijo, su propia historia, los interrogatorios del menor y la constancia de su reclamación. Describe la prisión sin asiento carcelario y censura el modo en que se instruyó la pesquisa de Vernon.
Los testigos de Vernon no hablan al unísono. Criadas, vecinos, parientes, arrendatarios y artesanos afirman reconocer a Jacques; algunos invocan su parecido, otros una cicatriz o memorias del hogar. Otros testimonios, entre ellos el de la viuda Cretté, no reconocen al niño o recuerdan el cariño de Jeanne hacia sus hijos. La cicatriz se convierte en indicio, pero los testigos discrepan sobre el momento en que se produjo la herida. El menor estuvo presente en ciertas declaraciones, lo que alimenta el recelo de que escuchase las respuestas de los adultos. Las alegaciones no ofrecen, pues, un rostro capaz de resolverlo todo por sí solo: disputan el valor de cada reconocimiento.
El teniente general de Vernon, Louis Mordant, defiende su proceder. Sostiene no haber estado presente cuando comenzó el asunto y afirma que varios magistrados tomaron las decisiones recusadas. El procurador del rey se defiende asimismo. La sospecha vertida contra los oficiales es que habrían pretendido vengarse de Jeanne, quien se habría negado a venderles un bien. Pitaval recoge estas acusaciones, pero también sus desmentidos y el argumento de que el proceso nació de una convicción precipitada, no de una conjura demostrada.
El procurador general del Parlamento, Bignon, examina ambas posibilidades. Los títulos de Monrouisseau y la palabra reiterada del niño pueden fundar su filiación; los documentos de Jeanne y los certificados aportados sobre Jacques pesan en sentido contrario, sin despejar todas las incertidumbres. Por otro lado, veintiún testigos de Vernon afirman que el muchacho es Jacques, mas sus recuerdos, sus intereses y su cercanía con los magistrados quedan sujetos a debate. La multitud, tan segura el primer domingo, no constituye una prueba independiente de lo que creyó en un principio.
El Parlamento de París pronuncia su sentencia el jueves de la Semana de Pasión de 1659, bajo la presidencia de Lamoignon. Según Pitaval, la corte anula las apelaciones, ordena que Monrouisseau sea puesto en libertad y que se cancele su asiento carcelario; Louis debe reconocerlo y obedecerle como a su padre, mientras que la provisión consignada es restituida a Jeanne. La conclusión de Pitaval sostiene que los títulos y la posesión de estado del mendigo, respaldados por una prueba literal «aunque imperfecta» de la muerte de Jacques, prevalecen sobre las informaciones contrarias. La sentencia no transforma, en el texto llegado hasta nosotros, los certificados privados en certeza incontestable.
En Vernon, varios reconocimientos habían parecido al principio cerrar la causa; otras voces ya los contradecían. En el Parlamento, no bastan para derribar los títulos de Monrouisseau. La parte dispositiva no describe una entrega material del muchacho; conmina a Louis a reconocer a Monrouisseau y a obedecerle como a su padre. En cuanto a Jacques, el relato de Pierre y dos certificados privados se admiten como respaldo, pero su fecha, su redacción e incluso el lugar de sepultura son objeto de discusión. El propio Pitaval califica esta prueba de «literal, aunque imperfecta». El capítulo no permite, por ende, aseverar dónde yace Jacques, ni transformar en hecho probado toda la versión de su muerte. Deja, al término del proceso, un fallo nítido y una historia familiar que dista de serlo.
