Tres peniques y un cuarto de penique: tal fue la suma arrebatada a Dormer, un pobre anciano con quien tropezaron en el camino mientras iba acompañado de su esposa. William Pincher lo derribó; Edmund Neal lo revolcó por el suelo y le vació los bolsillos. Ambos hombres habían bebido copiosamente y convenido en golpear a cuantos transeúntes juzgaran más afortunados que ellos. La causa parece nimia a la vista del botín; pesó, empero, de forma abrumadora ante el tribunal, donde la saña desplegada contra el anciano motivó que únicamente Neal y Pincher fuesen destinados a la muerte.
Edmund Neal era hijo de un herrero de Warwickshire que llevaba su mismo nombre. El padre había amasado cierta holgura ocupándose de las cabalgaduras de los hacendados comarcanos; frecuentaba las mansiones donde se solicitaba su destreza. Solía llevar consigo a su hijo, aunque, a decir del cronista, apenas se preocupó de su instrucción: el joven Neal a duras penas sabía deletrear un capítulo. El espectáculo de lujo que contempló en las casas de aquellos caballeros despertó en él una inclinación por los placeres que el autor señala como la fuente originaria de sus desdichas.
Sus deudos lo colocaron como aprendiz de sastre, oficio que le resultaba enojoso. Los oficiales que trabajaban a su lado, y a quienes hasta entonces él había desdeñado, se mofaban a su vez de su torpeza. Permaneció unos cuatro años con su primer maestro, retenido sobre todo por las andanzas londinenses que le refería un joven oficial. Aquel mozo había convivido con una mujer que embaucaba a otros hombres para mantenerlo; luego lo despojó en el lecho para unirse a un nuevo amante, dejándolo ahogado en deudas y forzado a la huida. Neal escuchaba aquellos relatos con avidez y concibió el empeño de emular semejante tren de vida.
A la muerte de su primer maestro, entró al servicio de un segundo, mucho más descuidado en sus labores. Neal lo engañó sin escrúpulos, hurtándole dineros y paños, y permitiendo la entrada nocturna a sujetos que se marchaban por la mañana antes de que el amo despertase. Semejantes desórdenes llevaron a la quiebra al artesano. Neal se vio de pronto desprovisto de recursos, sin amistades ni oficio provechoso, y con apenas dos chelines en la faltriquera. Abandonó la ciudad a pie, tomando el camino de Londres. Una mujer con quien se cruzó le propuso acompañarlo; él aceptó, alentado por la vana esperanza de que en la capital el dinero manara con holgura suficiente para no carecer de nada.
La metrópoli le deparó un recibimiento harto menos benévolo. Ciertos paisanos conocidos lo expulsaron de sus hogares tras dos o tres jornadas. Unas rameras en cuya compañía cayó lo arrastraron a una existencia disoluta, de la que salió maltrecho y consumido por la enfermedad. Resolvió entonces abrazar una ocupación más ordenada: sirvió acarreando cerveza sucesivamente para dos fabricantes. No obstante, pronto se hastió de aquellas tareas que le exigían una sujeción continua y procuró emplearse en algún lugar de esparcimiento. Tras no pocos afanes, obtuvo plaza en Sadler’s Wells. La música y las danzas colmaban sus apetencias; afirmaba sentirse transportado a otro mundo cuando damas y galanes se congregaban en un cobertizo al son de un violín.
Tampoco perduró aquel sosiego. Deseoso de una existencia más formal, entró al servicio de un tratante de cerdos, para quien trabajó con probidad y presteza. El amo quebró al poco de su llegada, y Neal afirmó que nada cabía reprochar a su proceder. Se vio forzado a buscar nuevo sustento. La crónica sitúa estos lances en los días del último alzamiento jacobita, cuando se levaban hombres para la armada del rey. Neal sentó plaza en el navío de guerra Gosport, que zarpó con rumbo a las islas occidentales de Escocia. Padeció allí los rigores del hielo y un rancho miserable; no halló cierto alivio hasta recalar de regreso en el oeste de Inglaterra. Concluida la rebelión, acogió con alborozo su licenciamiento y emprendió de nuevo viaje a Londres.
El crédito de mozo leal que había labrado con el tratante de cerdos le facilitó un nuevo acomodo con un mercader del mismo ramo. Se le confiaban no pocas veces sumas de veinte o treinta libras, respondiendo a la confianza con entereza. Fue allí donde trabó conocimiento con William Pincher. Ambos hombres intimaron en extremo. Una noche, tras apurar copas en la taberna Hampshire Hog, comenzaron a lamentar sus desdichas. A medida que la embriaguez hacía mella, acordaron echarse a la calle y arremeter contra cuantos toparan en su camino, a fin de vengar, en cierto modo, la supuesta felicidad de los demás.
Las primeras almas con quienes tropezaron fueron el anciano Dormer y su esposa. La crónica refiere que ambos maltrataron con grosería a la mujer; acto seguido, Pincher embistió al marido, viejo y desmedrado. Neal lo revolcó por el fango y le arrebató o sacudió de los bolsillos cuantas monedas guardaba: tres peniques y un cuarto. La ridiculez de la cuantía no aminora la atrocidad del lance. Los dos asaltantes no iban a la caza de una presa concertada; habían determinado agredir a los viandantes movidos únicamente por el despecho de juzgarlos más dichosos que ellos.
Neal y Pincher cayeron presos y fueron juzgados en noviembre de 1722, juntamente con otras tres personas. El tribunal retuvo de cargo la inhumana conducta manifestada contra el anciano Dormer. Llegada la orden de ejecución, únicamente los dos compinches fueron señalados para subir al cadalso. El memorial no precisa la suerte reservada a los otros tres encausados. Al pie de la horca, Neal reconoció la justicia de su condena. Sostuvo, no obstante, que expiaba su embriaguez más que una voluntad deliberada de expoliar o agraviar a Dormer. Semejante descargo no borraba los golpes asestados ni las monedas arrancadas al desvalido derribado; era tan sólo el prisma bajo el cual Neal pretendía maquillar su culpa.
El sumario detalla asimismo los pasos de Pincher, partícipe de culpa y suplicio. Nacido cerca de Lynn, en el condado de Norfolk, fue acogido por un hacendado que deseaba criarlo tras haber marchado su padre alistado como soldado. Diligente en un principio y favorecido por su protector, Pincher se dejó arrastrar más tarde por los bodegones. Despedido, aunque socorrido con una pequeña dádiva para que labrase su porvenir, llegó a Londres y halló faena en el comercio porcino. Aseguraba que habría vivido con decencia administrándose con parsimonia; mas su vicio de poblar tabernas lo arrojó a vías tortuosas. Fue Pincher quien persuadió a Neal de emprender la infamia que a ambos los puso en manos de la justicia.
Sentenciado ya, Pincher se entregó a la lectura devota, la oración y los salmos. El cronista lo describe con porte intachable y profundamente compungido. Neal, por el contrario, quedó al pronto sumido en un hondo estupor ante la proximidad del suplicio; su juicio, refiere el memorial, pareció trastornarse por influjo del pavor y la pesadumbre. Ya en el lugar de la ejecución, recobró el dominio de sí. A la edad aproximada de treinta años, rindió la vida junto a Pincher el postrer día de 1722. El cronista contrapone la disipada andadura de ambos a la edificación de sus postrimerías; el proceso preserva, no obstante, la mezquindad del botín, la crueldad inferida a Dormer y la obstinación de Neal por culpar a los vapores del vino de su crimen.
