La Isla de Francia, a la que hoy llamamos isla Mauricio, distaba mucho de Versalles; lo bastante lejos como para que una mezquina disputa de despacho mudara allí en enconada persecución.
El señor Loustau ejercía como escribano mayor del Consejo Superior de la isla y gozaba, según reza la Gazette, de universal estima. La mudanza de intendente inauguró para él una época de hostilidades implacables. Parece ser que el señor Bailly, secretario de la intendencia, concibió hacia él una enemistad mortal a raíz de que Loustau lograse la supresión de una pensión de mil doscientas libras cargada a los emolumentos de la escribanía. Tampoco le resultó más propicio, a lo que se colige, el nuevo procurador general arribado en junio de 1778.
Promoviéronse entonces contra él diversos procesos criminales. El procurador general y el intendente lo denunciaron como reo de concusión y prevaricato en la exacción de los derechos arancelarios de su empleo. Un auto del Consejo Superior decretó contra él mandamiento de comparecencia personal, suspendió sus gajes y designó por juez ponente a un consejero a quien tenía por enemigo declarado; recusolo el escribano, mas un auto del 9 de enero de 1779 declaró la recusación impertinente y le condenó a doscientas libras de multa.
Acudió en alzada ante el Consejo del Rey. El 15 de septiembre de 1779, este alto tribunal anuló todo el procedimiento, lo repuso en el ejercicio de sus funciones y ordenó el libramiento de sus sueldos retenidos. Mas en tanto litigaba en Versalles, sus adversarios, lejos de deponer las armas, multiplicaron las querellas, y un nuevo fallo del tribunal insular lo condenó a efectuar restituciones pecuniarias, a sufrir infamantes conminaciones y a rendir desagravios al intendente.
El 6 de enero de 1781, tres fallos del Consejo del Rey le dieron enteramente la razón. El primero casó y anuló toda la causa criminal, declarando sin valor ni efecto las disculpas que se le había forzado a prestar al intendente. El segundo lo absolvió de una acusación de falsedad instrumental interpuesta por cierto señor Rivière, calificó dicha delación de calumniosa y vejatoria, y condenó al acusador al resarcimiento de daños y perjuicios.
Bien se colige, al contemplar estas fechas, lo que eran los trámites de la justicia colonial: meses de navegación para cada recurso, fallos y cédulas que se cruzaban en alta mar, y enemigos que ganaban en la isla el tiempo que se perdía en Versalles. El escribano acabó por prevalecer; pero le costó cerca de tres años de afanes y, a sus legajos, dilatadas travesías doblando las costas de África.
Gazette des tribunaux, 1781, Consejo del Rey: justificación completa del señor Loustau, escribano mayor del Consejo Superior de la Isla de Francia (fallos del 15 de septiembre de 1779 y del 6 de enero de 1781).
