Hay parricidios que acaso no lo sean. Este comienza, bajo la pluma del defensor de los reos, con una frase que trastoca por entero la causa: «Un padre ha muerto tras haber huido de sus hijos; ha muerto tras haber implorado auxilio».
Llamábase el padre Chassagneux, natural de Montbrison, en el Forez. De sus hijos, sobrevivíanle dos: Julien, a quien había dotado y que había adquirido un oficio de procurador; y Claude, a quien llamaban Laverney. Al desposarse este último, el padre y la madre le hicieron donación de todos sus bienes presentes y futuros, con la carga de alimentarlos y sustentarlos mientras durase su vida.
Arrepintióse el padre de sus mercedes, y sus pesares trocáronse, según refiere el letrado, en un odio cruel e implacable. Sus desmanes forzaron al hijo y a su esposa a abandonar la morada común.
Cuatro meses después, cierta mañana de 1775, hacia las diez y media, los Laverney se disponían a acudir a un jardín que poseían a las puertas de Montbrison. Al divisar a su padre, el hijo retrocedió a su portal para franquearle el paso; el anciano pasó y repitió el camino tres veces frente a su puerta, para ir luego a apostarse en casa de un posadero, a la vera de la ruta que aquellos debían tomar. De camino, toparon con un amigo, a quien Laverney rogó que los acompañase, pues desde que su padre se apartara de ellos no había vejación ni agravio que no les infligiera. El amigo no pudo acudir.
El padre los adelantó; saludáronlo ellos; respondió él con un torrente de injurias. Llegados a la verja del jardín, donde faenaban un jornalero y una sirvienta, lo vieron volver sobre sus pasos diciendo que su mera existencia lo fatigaba, y que no hallaría reposo sino cuando se hubiese desembarazado de ellos. Su nuera procuró aplacarlo. «La paciencia se me agota», replicó él, y cogió del suelo unas piedras. La primera alcanzó a la joven; la segunda la golpeó entre los omóplatos y la derribó sobre el umbral. Una granizada de piedras cayó sobre el hijo, que clamó por auxilio. El jornalero, Mure, acudió a la carrera; el padre echó a huir. «Sigamos a mi padre —dijo Laverney—; habrá más testigos entre las viñas; lo conduciremos ante el procurador del rey».
Fue en el curso de esta persecución cuando el padre se detuvo, vaciló y cayó. Se acercaron; ya había rendido el alma. El hijo empuñaba un bastón; su joven esposa se arrastraba tras él, deshecha por el espanto.
De aquello se derivó una sumaria criminal de las más rigurosas y una acusación de parricidio contra el hijo, su mujer y el jornalero. La Gazette, que sigue en este punto el alegato de la defensa, no ofrece más que una versión, y el número concluye antes de dictarse sentencia. ¿Murió el anciano de un golpe o a causa de su propio furor? He ahí todo el dilema; y bien se comprende que un letrado prefiriese plantearlo desde su primera línea.
Gazette des tribunaux, 1777, Parlamento de París, la Tournelle: causa del señor y la señora Laverney, acusados de parricidio.
