El lunes 26 de enero de 1835, en una habitación del primer piso de una casa de Argyle Place, el bedel parroquial de Saint-Pancras halló a Henry Jenkins muerto sobre un lecho. Georgiana Clark permanecía sentada junto al cuerpo. Una incisión cruzaba el costado izquierdo de Jenkins y las prendas colgadas tras una puerta presentaban una hendidura en el mismo punto. El proceso de Clark no se limitó a inquirir quién empuñaba el cuchillo: debió dirimir entre testimonios reproducidos de memoria, versiones sucesivas de la herida y el dictamen de un cirujano sobre la causa del deceso. Al término de la vista, el jurado no la declaró culpable de asesinato, sino de homicidio al amparo del veredicto de manslaughter.
Clark y Jenkins cohabitaban desde hacía casi cuatro años, según las estimaciones vertidas en el tribunal. Ella manifestó en un principio a Stanley, el bedel, hallarse casada con Jenkins; ante la insistencia de este, reconoció no estarlo. Las actas no especifican partida matrimonial ni estado civil previo. El sargento Campbell, que compareció después, le preguntó si mantenía convivencia con el finado; ella respondió afirmativamente. Tales pormenores perfilaban el escenario doméstico, mas no bastaban por sí solos para esclarecer la herida que precipitaría la muerte de Jenkins.
La velada del sábado 24 de enero se reconstruyó mediante testimonios fragmentarios. Elizabeth Wilkins, hija de la patrona, relató haber salido en compañía de Clark hacia las ocho y haber regresado junto a ella entre las diez y las once de la noche. Se habían cruzado con Jenkins en la calle. Este se unió a ellas poco después y los tres permanecieron un tiempo en el aposento de Mary Wilkins, madre de Elizabeth. La anciana afirmó haberlos visto juntos hacia las once; a su juicio, reinaba la concordia. A renglón seguido, Clark y Jenkins subieron a su alcoba. Phoebe Davidson, arrendataria de otra pieza en la finca, no los vio aquella noche antes de que fuera requerida su presencia en la planta superior.
Cerca de media hora tras la subida de la pareja, Elizabeth oyó voces alzadas, sin discernir lo que se decía, seguidas de un golpe pesado, semejante a la caída de una silla o una mesa contra el suelo. Escuchó después a Clark descender a la carrera, ganar la calle y retornar unos diez minutos más tarde con el cirujano William Jones. Mary Wilkins, por su parte, ofreció una relación dispar en cuanto a las expresiones literales: oyó también un estruendo y una conversación indistinta, tras lo cual Clark acudió a golpear su puerta. Le refirió que había «apuñalado» a Jenkins con un cuchillo, solicitó un rallador de nuez moscada y salió prestamente en busca de auxilio facultativo. La patrona sostuvo más adelante que el término pronunciado había sido «stabbed», aunque su deposición previa ante el juez instructor (coroner) consignaba «stuck». Esta variación léxica, debatida durante la vista, no quedó despejada en los testimonios ulteriores.
Clark brindó inicialmente a Jones una explicación accidental. El cirujano declaró que Jenkins alegaba haberse cortado mientras tallaba madera; Clark se hallaba presente. La herida oblicua, situada en el costado izquierdo entre la séptima y la octava costilla, medía cerca de tres cuartos de pulgada. Había sido infligida por un instrumento punzocortante y penetraba en dirección hacia la derecha. Jones la limpió y la vendó. Aseguró a Jenkins que sentía mayor espanto que daño real, admitiendo al propio tiempo que no le era posible mensurar la profundidad exacta ni pronosticar la evolución. Stanley no apreció con posterioridad rastro alguno de madera cortada en la alcoba; las ropas de Jenkins, rasgadas a la altura correspondiente a la lesión, fueron aportadas a la vista, pero no bastaban para certificar el gesto material que las había hendido.
El relato del domingo por la mañana introdujo un nuevo desplazamiento. Jenkins abandonó el aposento, acudió al domicilio de su patrón y se dirigió más tarde a la consulta de Jones. El cirujano se sorprendió al recibirlo hacia las ocho; el hombre se quejaba de dolores abdominales y presentaba un pulso más lleno. Jones ignoraba que el herido hubiera ingerido alcohol o mediado una visita intermedia con su empleador. Procedió a extraerle unas veinte onzas de sangre, prescribió reposo, aceite de ricino y una cataplasma de mostaza. La sangría respondía a la práctica médica de la época; el proceso judicial no la señaló como causa eficiente del fallecimiento. Jones razonó que pretendía moderar el pulso, confesando que acaso no hubiese practicado la flebotomía en idénticas condiciones de haber dispuesto de una visión cabal del cuadro clínico.
Jones reconoció nuevamente a Jenkins el domingo y le advirtió, según su propia deposición, que apenas restaban esperanzas de salvación. El lunes, expiró. Durante la autopsia, el facultativo constató una inflamación peritoneal y derrame de fluidos en la cavidad abdominal, mas no hemorragia interna. Atribuyó la inflamación a la herida incisa y esta a la muerte; no albergaba duda alguna acerca de dicho nexo causal. La controversia médica aclaraba, por ende, el mecanismo letal, no la intencionalidad de Clark en el instante en que el arma penetró en el cuerpo.
La contradicción entre las primeras aseveraciones y las posteriores se patentizó cuando Stanley, ante el lecho fúnebre, inquirió a Clark sobre el origen de la herida. Ella contestó que Jenkins se había cortado desbastando leña para el fuego. Refirió al bedel que la discordia del sábado derivaba de que Phoebe no hubiese subido a cenar con ellos. Posteriormente, ante el sargento Campbell, declaró que durante la riña Jenkins había levantado la mano para golpearla; ella se había vuelto hacia la mesa y, en ese mismo instante, lo oyó gritar que estaba herido. Campbell le objetó la imposibilidad de describir un mismo suceso simultáneamente como una labor de corte de madera y una trifulca violenta. Ella guardó silencio ante el reparo.
Campbell consignó asimismo otra manifestación de Clark, vertida con posterioridad durante su custodia. Le confió que Jenkins la había amenazado a menudo con acuchillarse a sí mismo y a ella, añadiendo empero que jamás imaginó un desenlace semejante. Al preguntarle Campbell si sostenía que el finado se había lesionado a sí mismo, replicó que bien pudo ocurrir, dado que ella se hallaba de espaldas a él. Se trataba de una conjetura aducida por Clark, no de una deducción forense. Nada en el examen médico permitía colegir la identidad de quien empuñaba el cuchillo.
Las declaraciones de Mary Wilkins y de su hija Elizabeth aportaron a la acusación testimonios difícilmente conciliables con la tesis del percance fortuito. Mary aseveró que Clark pronunció «he apuñalado a Jenkins»; la declaración anterior registraba el vocablo divergente «stuck». Elizabeth expuso que, a la mañana siguiente, al ser interrogada sobre lo sucedido, Clark afirmó hallarse poseída de viva cólera y que obraría de igual modo con cualquier varón que la ultrajase en los términos que especificó. Le habría explicado que Jenkins montó en cólera ante la ausencia de Phoebe para la cena, arrojó el delantal de la acusada al fuego, amenazó con destrozar su cofia nueva y levantó el brazo para castigarla. Elizabeth añadió que Jenkins golpeaba con frecuencia a Clark, aun reconociendo que solían convivir en aparente armonía y que ella le profesaba afecto.
Phoebe Davidson aportó un testimonio sensiblemente distinto. Subió a la estancia cerca de las once y media, tras ser requerida por Clark; Jenkins le aseguró que el cuchillo se le había resbalado mientras cortaba leña. Permaneció a su lado hasta cerca de las tres, volviendo a verlo antes del alba y más tarde durante la mañana. Nada le refirió sobre reyerta alguna con Clark. En la tarde del domingo, el herido le preguntó si Clark había puesto en sobreaviso a los moradores de la planta baja; al confirmar Davidson dicho extremo, él sentenció: «Entonces, ella misma se ha perdido». Davidson explicó que Clark permaneció junto al convaleciente, dispensándole solícitos cuidados; tras el deceso, hubieron de apartarla por la fuerza del cadáver.
Así las cosas, el sumario no brindaba una confesión unívoca, sino un abanico de versiones vertidas en coyunturas dispares. Las testigos disentían en cuanto al verbo exacto dirigido a la patrona; las explicaciones de Clark oscilaron del accidente doméstico con leña a la riña defensiva, y de allí a la hipótesis de que Jenkins se hubiese lesionado mientras ella permanecía de espaldas. La prueba pericial ligó la herida a la inflamación mortal, mas no dilucidó quién asestó el golpe ni con qué designio. Las declaraciones relativas a los malos tratos pretéritos y a la disputa de la cena perfilaban el clima doméstico, sin ofrecer una visión directa de la agresión.
El jurado halló a Georgiana Clark culpable únicamente de manslaughter, desestimando el delito de asesinato premeditado imputado en el pliego de cargos. Contaba veinticuatro años de edad; la condena consignada en las actas fue de catorce años de deportación ultramarina. El fallo deslindó la muerte de Jenkins, que el cirujano vinculaba a la herida, de la calificación más grave reclamada por la acusación. Los registros no desglosan los fundamentos íntimos del jurado ni la suerte posterior de la reo tras su traslado. No cabe, por tanto, atribuir a dicho veredicto ni una inocencia prístina ni una indubitable voluntad homicida. Sanciona únicamente la divisoria que los legos trazaron entre una muerte causada por una lesión corporal y el crimen mayor que la fiscalía no logró probar.
