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Las prisiones de Europa · Tomo IV · Maquet & Alboize, 1845

Clichy

París · Francia · 1.ª mitad del siglo XIX (apremio corporal)
«Origen del apremio corporal.»Las prisiones de Europa · Tomo IV
Allí estuvieron encerrados
  • James Swan (veintidós años de cautiverio por deudas)
  • M. Ouvrard
  • El príncipe de Kaunitz
  • El patriarca de Jerusalén
  • Kallewig (el apuesto sueco)
Cronología
  • por verificarOrigen e historia legal del apremio corporal (prisión por deudas)
  • por verificarJames Swan permanece veintidós años recluido en Clichy por deudas
  • 1832 (por verificar)Estragos del cólera en la prisión por deudas
Serie Las prisiones de Europa (8 tomos, según Maquet & Alboize) — primera edición moderna, recompuesta y anotada a partir de los fondos de Gallica. En preparación.
📍París · Francia
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🕯️ Relato de Velada · Las 20 Prisiones Míticas de Europa y el Caso PicaudLectura nocturna · ~6 min

El cautivo de los dos millones: orgullo y muerte en la prisión de Clichy

Veintidós años encerrado por negarse a pagar una deuda disputada: el coronel James Swan desafió a sus acreedores hasta que la libertad lo fulminó en pleno París.

I. La antecámara dorada de las bancarrotas

No se franqueaban las puertas del palacete de la calle de Clichy como quien caía bajo los húmedos cerrojos de Bicêtre o en las mazmorras subterráneas de la Force. En Clichy, casa de arresto especial inaugurada bajo la Restauración para purgar Sainte-Pélagie de sus insolventes, el delito vestía levita inglesa, medias de seda y aroma de clavel. Era el feudo del apremio corporal, aquella supervivencia feudal codificada por Napoleón, que permitía a cualquier acreedor comprar la carcasa de su deudor por el módico precio de una mensualidad alimentaria. Por cuarenta y cinco francos mensuales consignados por adelantado sobre el gran pupitre del conserje, un banquero vengativo mantenía a su hombre a buen recaudo; bastaba que mediara un solo día de retraso en el depósito de los víveres para que el cerrojo saltara en el acto.

Tras los altos muros erizados de bayonetas invisibles de la Chaussée-d'Antin, el chirrido de las llaves poseía una siniestra suavidad. Los registros de entrada no consignaban homicidios ni sediciones, sino vertiginosas cascadas de letras impagadas, pagarés de favor e hipotecas disueltas en el aire. El conserje no hurgaba en las faltriqueras en busca de una faca, sino que sopesaba la redondez de las bolsas. Por los corredores encerados y el espacioso patio plantado de tilos resonaba el crujido de las gacetas bursátiles, el tintineo de las vajillas de plata y las francas risotadas de los comensales. Sin embargo, bajo aquella afabilidad de club aristocrático, la jaula permanecía implacable. Era la cárcel de las vanidades rotas, el callejón sin salida de los pródigos, donde príncipes arruinados alternaban con estafadores insignes bajo la mirada socarrona de los carceleros.

«El apremio corporal no mata al hombre: lo petrifica en su propia impotencia; el deudor deja de pertenecer a la sociedad y pasa a ser el mueble inerte de un rencor financiero.»

II. El monarca obstinado de la calle de Clichy

Entre aquella fauna abigarrada descollaba un soberano indiscutible, un anciano legendario cuyo mero nombre arrancaba un escalofrío de asombro por las galerías: el coronel James Swan. Héroe americano de la guerra de Independencia, naviero y negociante cuyos buques habían abastecido a la Convención Nacional, Swan disfrutaba de una inmensa fortuna. Sus dominios en los Estados Unidos abarcaban provincias enteras y sus pagarés habrían bastado para sufragar el empréstito de un pequeño Estado. Sin embargo, en 1808, un comerciante alemán, respaldado por tribunales complacientes, le reclamó dos millones de francos a cuenta de una litigiosa transacción marítima. Swan, seguro de su razón, se negó en redondo a desembolsar un solo céntimo.

—Pagar equivaldría a confesarme falsario —había jurado al tender las muñecas a los alguaciles—. ¡Mis acreedores no obtendrán de mí más que los huesos!

Conducido primero a Sainte-Pélagie y trasladado más tarde al palacio de las deudas de Clichy, permaneció allí más de veinte años enteros. James Swan no se pudría en una celda: reinaba. Ocupaba un aposento de tres estancias amuebladas con una opulencia inaudita, enteladas en damasco carmesí y provistas de los caldos más selectos de Francia. Más singular todavía: el coronel había adquirido la mansión burguesa situada justo enfrente de la prisión, al otro lado de la calzada. Su esposa y sus hijas residían allí. Cada tarde, el anciano se plantaba ante el ventanal enrejado de su cámara, impertinente de oro en mano, para saludar a su familia acodada en el balcón florido, mofándose de la justicia del rey con la heroica flema de los pioneros de Boston.

III. La danza de las sombras y los millones

Clichy vio desfilar ante sí a todo un siglo. En los salones de la planta baja, Swan mantenía mesa puesta para los huéspedes de paso, ¡y qué huéspedes! Por allí desfiló el formidable Gabriel-Julien Ouvrard, el gran abastecedor del Imperio, quien, desde el fondo de su encierro, negociaba empréstitos de cincuenta millones con las cancillerías de Europa y hacía temblar la Bolsa de París mediante correos secretos sobornados a peso de oro. Ouvrard apuraba el madeira del coronel mientras al piano tocaba el príncipe de Kaunitz, venido a menos por los caprichos ruinosos de una bailarina de la Ópera.

Un día fichaban a Kallewig, apodado «el apuesto sueco», seductor impenitente cuyos lances de honor y deudas de juego nutrían las crónicas de los bulevares; al día siguiente, un supuesto patriarca de Jerusalén, ataviado con sedas purpúreas, bendecía el rancho de los presos más desharrapados antes de disputar una partida de piquet con maestros de armas arruinados. De noche, cuando los cerrojos macizos caían sobre los descansillos, Clichy murmuraba conjuras mercantiles y sollozos contenidos. Pues, si bien los potentados festejaban allí su insolvencia, pequeños tenderos anónimos, encerrados por trescientos míseros francos debido a la inquina de un usurero de barrio, se consumían de desesperación, lejos de sus hijos hambrientos.

Cada primero de mes, los llaveros aguardaban el traspié del acreedor de James Swan. Mas el alemán no daba tregua. Los cuarenta y cinco francos de sustento caían en la escarcela de la prisión con la puntualidad de un reloj fúnebre. Swan habría podido extender un cheque y salir a la calle en el acto; prefería desgastar a su enemigo mediante una terquedad de hierro, jurando que abandonaría Clichy por la puerta principal, victorioso y sin soltar una sola perra.

IV. El beso fatal de la libertad

La Historia se encargó de quebrar aquel encierro que el dinero no había logrado doblegar. En julio de 1830, los cañones de Carlos X retumbaron sobre París. La Revolución de las Tres Gloriosas abrasó el arrabal de Saint-Honoré y las barricadas se alzaron hasta los pies mismos de la calle de Clichy. El 29 de julio, el pueblo en armas, embriagado de pólvora y furor republicano, marchó sobre la prisión de los deudores. Los portones volaron en pedazos bajo las hachas de los sublevados; los libros de registro fueron desgarrados, arrojados al viento y pisoteados entre aclamaciones.

—¡Sois libres! —gritaban los estudiantes armados a los atónitos reclusos—. ¡Ha muerto la tiranía, viva la libertad!

En medio del tumulto, James Swan rehusó en un principio escapar como si fuera un prófugo. Aguardó a que el alcaide le extendiese una boleta de excarcelación en toda regla. Luego, el anciano de setenta y seis años, apoyado en su bastón de puño de jaspe, cruzó aquel umbral maldito que no pisaba desde hacía veintidós años, ocho meses y veintitrés días. A su alrededor, el mundo había mudado de era: Napoleón había expirado entre cadenas, dos Borbones habían huido y el vapor transformaba la faz de la tierra.

Swan dio unos pasos vacilantes sobre los adoquines calientes de la calle de Clichy. Respiró a pleno pulmón el aire libre de rejas, alzó los ojos hacia el sol de mediodía e hizo una seña hacia el inmueble donde su familia lo aguardaba desde hacía tantos inviernos. De pronto, su mano enguantada se llevó al pecho. Las rodillas se le doblaron. El aire libre, tras más de dos décadas de cautiverio voluntario, cayó sobre él con la violencia de una hoja envenenada. El coronel se desplomó sobre la acera de los bulevares, víctima de una fulminante apoplejía apenas unas horas después de su liberación. El orgullo lo había mantenido con vida entre los hierros; el primer soplo de la libertad acababa de arrebatarle el aliento.