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Las prisiones de Europa · Tomo IV · Maquet y Alboize, 1845

La Force

París · Francia · Antiguo Régimen – 1.ª mitad del siglo XIX
«Celda de la princesa de Lamballe.»Las prisiones de Europa · Tomo IV
Allí fueron encarcelados
  • la princesa de Lamballe
  • Weber (hermano de leche de María Antonieta)
  • Camille Desmoulins
  • Madame de Lowendal
  • el joven Sombreuil y su esposa
  • Vergniaud, Valazé (girondinos)
  • Miranda
  • Volney
  • el general Malet
  • Béranger (el poeta)
Cronología
  • Siglo XVIIILa Force, prisión por deudas y para comediantes bajo el Antiguo Régimen; la Petite-Force para las mujeres públicas
  • septiembre de 1792Encarcelamiento de la princesa de Lamballe; su matanza durante las jornadas de septiembre; su cabeza paseada por París
  • 1793Cautiverio de los girondinos y de los Setenta y Tres; juegos y quehaceres de los reclusos; envenenamiento de Duchâtelet
  • 1812Conspiración del general Malet; sus planes delatados desde La Force
  • Restauración (década de 1820, por verificar)Béranger encarcelado por sus escritos (La consagración de Carlos el Simple); alegato del ministerio fiscal
Serie Las prisiones de Europa (8 tomos, según Maquet y Alboize) — primera edición moderna, recompuesta y anotada a partir de los fondos de Gallica. En preparación.
📍París · Francia
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🕯️ Relato de Velada · Las 20 Prisiones Míticas de Europa y el Caso PicaudLectura nocturna · ~6 min

El sollozo de la Petite-Force

En los helados corredores del Marais, la noche atroz en que el ángel de la reina cruzó el postigo de la eternidad.

La sima de la rue du Roi-de-Sicile

Bajo el cielo bajo y pegajoso de París, en la esquina de las calles Saint-Antoine y Roi-de-Sicile, se alzaba una fortaleza civil cuyo mero nombre helaba la sangre del transeúnte: La Force. Erigida sobre las ruinas del altivo palacio del duque de Caumont la Force, la cárcel había sido destripada bajo el reinado de Luis XVI para sepultar a deudores insolventes, comediantes rebeldes y rateros de poca monta. Mas tras aquellas murallas de caliza espesa, el poder regio había injertado una cloaca todavía más clandestina: la Petite-Force, reservada a las meretrices y a las mujeres sospechosas. Allí imperaba un laberinto de patios angostos —el patio de Saint-Bernard, el patio de la Boucherie— adoquinados con losas grasientas y ceñidos por rejas monumentales erizadas de púas de hierro. En esta primera semana de septiembre de 1792, el hedor de la paja podrida ya no basta para sofocar el de la sangre coagulada. París late con furor desatado, el clamor del rebato resuena como un estertor interminable y el populacho en armas, convencido de una conjura intestina, converge hacia las prisiones empuñando hachas y picas enmohecidas.

Los carceleros, avezados a desvalijar a marqueses arruinados a cambio de un jergón de paja fresca o un cántaro de vino de Argenteuil, aprietan los manojos de llaves contra sus mandiles de cuero. Los cerrojos formidables ya no guarecen a nadie. En la escribanía, los libros de registro encuadernados en badana se apilan bajo las moscas, manchados de tinta violácea y chorretones de sebo. Un rumor sordo, urdido por millares de pasos herrados y vociferaciones guturales, asciende desde el empedrado. Se degüella en la Abbaye, se pasa a cuchillo en el Châtelet; y he aquí que la marea tempestuosa embiste ya contra La Force.

La alcoba de la amiga fiel

En el primer piso de la Petite-Force, una mezquina vela vacila en el fondo de un vaso basto. La estancia se halla casi desnuda: un camastro de cinchas, una silla de anea, un crucifijo de marfil. En vela aguarda María Teresa Luisa de Saboya-Carignano, viuda del príncipe de Lamballe y confidente íntima de María Antonieta. Arrancada del torreón del Temple pocas semanas antes, la princesa había rehusado el dorado destierro de Inglaterra para compartir la agonía de sus soberanos. Su atavío conserva aún una elegancia marchita: un vestido de seda blanca salpicado de menudas flores violetas, una cofia de gasa que contiene su cabellera cenicienta.

«¡Señora, levantaos, es preciso bajar! ¡Están abriendo las celdas una tras otra!»

Es la voz de un subcarcelero, quebrada por el espanto, la que musita tras la mirilla enrejada de hierro. La noche ha sido un calvario inextinguible. Desde la tenue luz de la lámpara hasta los barrotes de su ventana, los aullidos de la calle subían lúgubres, acompasados por el estribillo del Ça ira y cortados por súplicas de piedad ahogadas de un sablazo. La princesa no llora. Sus manos primorosas, de una palidez marmórea, estrechan el devocionario. Sabe que dos guardias nacionales cómplices, sobornados a precio de oro por su suegro, el duque de Penthièvre, merodean entre las sombras para hurtarla a la matanza. Pero en los corredores rezumantes de salitre, el chasquido siniestro de los sables arrastrados por la piedra proclama que los verdugos acaban de forzar el primer rastrillo.

La escribanía del tribunal de sangre

A las seis de la mañana del 3 de septiembre, la puerta claveteada de su celda se abre de golpe violento. Dos hombres con el rostro tiznado de pólvora, los brazos desnudos y salpicados de manchas escarlatas, irrumpen en la pieza. «¡Ea, en marcha! ¡El pueblo quiere oírte!» La princesa vacila un instante, pero recobra la apostura. Flanqueada por aquellas furias, desciende por la escalera de caracol, resbalando casi en los peldaños húmedos de los que exhala el vaho tibio de un matadero improvisado. Es conducida en volandas hacia el vestíbulo de la escribanía.

Tras una mesa de pino blanco donde se amontonan jarras de vino peleón, pipas rotas y los libros de registro abiertos, toman asiento dos comisarios ceñidos por una banda tricolor mancillada. Uno de ellos hojea febrilmente el asiento carcelario: nombres, apellidos, linaje. El jurado de fortuna, compuesto por artesanos del arrabal y matarifes del mercado de los Inocentes, fuma en silencio con la mirada vidriosa de embriaguez y fatiga. El interrogatorio es perentorio, despachado como un mero trámite administrativo en medio del caos:

—¿Quién sois?
—María Teresa Luisa de Saboya, princesa de Lamballe.
—¿Vuestro oficio?
—Superintendente de la casa de la reina.
—¿Tuvisteis noticia de los complots de la corte?
—Si hubo tales complots, los ignoré por entero.
El presidente de aquel tribunal improvisado se inclina hacia delante, clavando en la rea unos ojos enrojecidos:
—¡Jurad la libertad, la igualdad y el odio eterno al rey y a la reina!
La princesa se estremece, mas su talante permanece altivo como antaño en Versalles:
—Prestaré sin esfuerzo el primer juramento. En cuanto al segundo, no puedo hacerlo. Jamás ha tenido cabida en mi corazón.

Un rumor sordo cunde entre los hombres de carmañola. Uno de los delegados municipales procura insinuarle en un susurro: «¡Jurad de una vez, desdichada, u os dais por muerta!» Mas ella vuelve la cabeza con serena dulzura. Entonces, el presidente deja caer con pesadumbre la mano sobre el registro de entradas y pronuncia la fórmula absolutoria que, en la macabra jerga convenida por los degolladores de La Force, no es sino una sentencia inapelable de muerte:
«Póngase en libertad a la señora.»

El postigo del abismo

La palabra fatal resuena bajo las bóvedas. Dos hombres la aferran de inmediato por los sobacos. No la devuelven a su estancia; la empujan hacia la puertecilla baja que da de lleno al callejón sin salida de la rue du Roi-de-Sicile. Apenas traspasa el postigo de hierro, la fetidez del osario le golpea el rostro. La callejuela está cegada por una montaña de cadáveres despojados de sus ropas, hacinados sobre los adoquines teñidos de grana por los que serpentea un arroyo purpúreo.

Apenas su chapín de raso roza el lodo exterior, un oficial de carnicero le asesta un golpe de vara por detrás de la nuca. La desventurada exhala un grito sofocado y se desploma sobre la pira de los ajusticiados. En un parpadeo, la jauría se abalanza sobre su cuerpo. Las picas se hunden implacables, los sables desgarran la seda blanca. En aquella rúa sombría del Marais, La Force acababa de sellar la página más tenebrosa e indeleble de sus anales. Más tarde, su cabeza degollada, empolvada y peinada con mofa atroz, será izada en la punta de una pica para ser exhibida como trofeo bajo los ventanales del Temple, arrancando a María Antonieta un alarido de infinito horror.

Muchas décadas después, cuando la piqueta de los demoledores echó abajo los altos lienzos de muralla de La Force para abrir la calle Malher, los peones hallaron, bajo los adoquines de aquel postigo maldito, grilletes corroídos y despojos anónimos. El recuerdo de la princesa aún aleteaba entre los cascotes, sombra eterna de una prisión regia triturada por el Terror.