MAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · CUISINE & LETTRES«La Torre, morada real y fortaleza.»Las prisiones de Europa · Tomos V y VI
Una noche de niebla y hierro en la fortaleza de Londres, donde la risa quebrada de una reina aguardaba el filo del alba.
Hay sobre el Támesis una hora maldita en que la niebla deja de ser un vapor para convertirse en sudario. El agua negra, espesa por las inmundicias y el carbón de la City, bate entonces con un sordo chapoteo la base de las murallas que erigiera antaño Guillermo el Conquistador. Allí se abre una fauce de piedra baja y empapada que los barqueros esquivan como la peste: la Puerta de los Traidores. Cruzar aquella bóveda en barca, con los hierros al tobillo, equivalía a abandonar el reino de los vivos antes siquiera de que la sentencia real hubiese recibido el gran sello. El hombre o la mujer que veía deslizarse su esquife bajo aquel rastrillo que rezumaba algas ya no respiraba más que el aire pestilente de las mazmorras de Inglaterra.
Los carceleros de la Torre de Londres, vestidos con jubones escarlatas y flanqueados por dogos taciturnos, no tenían necesidad alguna de recurrir a violencias desmedidas; la piedra cumplía su oficio. Las murallas, de quince pies de espesor en la Torre Blanca, destilaban un salitre helado que roía el tuétano de los huesos. Los cerrojos, forjados en un hierro tosco martillado en Southwark, no giraban sino con un chirrido de agonía, despertando en las galerías los ecos de siglos de degollinas. Desde el tiempo en que William Wallace contemplara allí sus entrañas prometidas a los cuervos de Tower Hill, la fortaleza había cobrado gusto por la sangre ilustre. De ella se nutría, insaciable, aguardando con cada siglo su nueva hecatombe.
Ninguna prisión en Europa igualaba la siniestra topografía de esta ciudadela hermética. En la torre Beauchamp, los muros no hablaban: suplicaban. Los cautivos grababan allí, con la punta de un clavo o de un puñal hurtado, sus blasones quebrados y sentencias latinas de una desesperación infinita. Más allá, bajo los peldaños gastados de la capilla de San Pedro ad Vincula, dormía el misterio sofocado de los hijos de Eduardo, aquellos pequeños príncipes a quienes un tío cruel mandó aplastar bajo almohadas de pluma antes de arrojarlos a una fosa de caliza. Y en la torre de la Linterna, la memoria popular creía oír aún el gorgoteo de la infame cuba de malvasía en la que el duque de Clarence apuró su último aliento, ahogado por capricho dinástico.
Tomás Moro, aquel gigante de la fe y las letras, había arrastrado allí sus sandalias desvencijadas, despojado de sus libros pliego a pliego por la feroz avaricia de sus custodios, sin más instrumento para escribir que un tizón recogido del hogar. El obispo Fisher, encorvado por ochenta inviernos, tiritaba entre andrajos, a la espera de que le cercenaran una cabeza que el papa acababa de honrar con un inútil capelo cardenalicio. La Torre no era un mero recinto de detención; era el yunque sobre el cual la monarquía de los Tudor aplastaba despiadadamente toda voluntad que rehusara doblarse.
En aquella noche de mayo de 1536, la angustia reinaba con una intensidad todavía más trágica. En el fondo de los aposentos de la reina caída —suprema ironía: las mismas estancias artesonadas donde había dormido la víspera de su coronación—, Ana Bolena contaba las horas. Sir William Kingston, el lugarteniente de la Torre, que consignaba cada suspiro para los fríos ojos de Thomas Cromwell, no daba crédito a sus oídos. Tan pronto la reina sollozaba, postrada sobre las losas desnudas, jurando su inocencia ante el Santísimo Sacramento, como una carcajada argentina e histérica brotaba de su pálida garganta para resonar bajo las vigas de roble oscuro.
«Señor lugarteniente —decía a Kingston con una sonrisa que helaba la sangre del viejo soldado—, he oído decir que el verdugo es muy diestro… ¡y mi cuello es tan menudo!»
Al pronunciar estas palabras, ceñía su garganta con sus dos manos diminutas, adornadas aún con las sortijas que el rey no se había dignado arrebatarle. Para ella, el hacha ordinaria de los carniceros de Londres no bastaba. Enrique VIII, en un postrer refinamiento de galantería bárbara, había mandado traer del otro lado del canal de la Mancha al verdugo de Calais, célebre por segar de un solo tajo de espada, a la usanza francesa, las cabezas más rebeldes. El hombre había arribado la víspera en la barcaza de posta, ocultando bajo su pesado manto de sayal un formidable montante de acero templado, bruñido como un espejo, que aguardaba su momento en la sala de guardia.
Al despuntar el día, el 19 de mayo, una niebla amarillenta se deshizo en jirones sobre la hierba húmeda de Tower Green. El pueblo menudo de Londres era mantenido a distancia; solo los jurados cómplices, unos cuantos cortesanos de rostro marmóreo y el lord canciller habían sido admitidos para formar corro en torno a un cadalso bajo, cubierto de una sarga negra que la humedad matinal volvía viscosa. Ana subió los escalones sin temblar. Su vestido de damasco gris orlado de piel barría las virutas de madera fresca esparcidas para empapar la sangre. Se retiró la toca de terciopelo, dejando caer sus largos cabellos castaños, que unas doncellas deshechas en llanto ataron a toda prisa bajo una cofia de lino blanco.
Se arrodilló muy erguida, negándose a que le vendaran los ojos. El verdugo de Calais comprendió que, mientras aquella mirada oscura y febril permaneciera fija en él, su brazo podría vacilar. Valiéndose de una añagaza de matadero, fingió buscar su arma tras los maderos y gritó hacia la escalera con voz ronca: «¡Muchacho, tráeme la espada!» La reina volvió con presteza la cabeza hacia la derecha para ver llegar el golpe. En ese instante preciso en que su cuello grácil se tensaba, el verdugo hizo voltear la hoja silenciosa, que hendió el aire brumoso sin un gemido.
La cabeza rodó sobre el paño negro; los labios se movían aún en un susurro de oración inacabada mientras los ojos quedaban fijos en los muros macizos de la Torre Blanca. Pocos segundos después, la boca de un falconete tronó desde las almenas para advertir al rey, apostado en Richmond, de que el puesto quedaba vacante. En la fortaleza, devuelta al silencio, los carceleros echaron los cerrojos sobre el cadáver arrojado en un vulgar baúl para flechas, mientras el Támesis, indiferente y pesado, continuaba lamiendo la Puerta de los Traidores.