MAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · CUISINE & LETTRES«El presidio de Brest no siempre reirá como la cámara de los comediantes en el For-l'Évêque.»Las prisiones de Europa · Tomo II
En abril de 1765, la más ilustre trágica de Francia transformó la más fétida mazmorra de París en un salón de insumisión frente al arbitrio real.
Existía en el corazón de París, ceñido a la orilla derecha entre la calle Saint-Germain-l’Auxerrois y el muelle de la Mégisserie, un monstruo de cantería medieval cuyo solo nombre hacía palidecer a deudores y espadachines: el For-l’Évêque. Levantado en aquellos tiempos en que los obispos de París pretendían juzgar a los hombres antes de que Dios escrutara las almas, aquel sombrío tribunal convertido en ergástula secular bajo el Gran Rey conservaba el hedor rancio de sus orígenes clericales. Se accedía a él por una bóveda baja, oprimida de tinieblas, donde el escribano, de dedos ennegrecidos por la tinta, llevaba el registro de carcelaje a la lumbre de un candil humoso que parecía nutrirse de la grasa de los ajusticiados.
Más abajo, en las entrañas de la fábrica, las celdas de las mazmorras subterráneas llevaban apelativos de espanto: la Tina, el Pozo, la Carnicería. Cuando el Sena crecía bajo los aguaceros del otoño, el agua salobre rezumaba a través de las juntas del mortero, subiendo hasta los tobillos de los criminales y de los cómplices de Cartouche, que allí se pudrían sobre un jergón de paja húmeda, disputando su mendrugo de pan negro a las ratas de albañal. Mas en el For-l’Évêque, el infierno tenía sus gradas. Si el subsuelo pertenecía a los ladrones sin redención, las buhardillas y el primer cuerpo del edificio acogían a una fauna singular: revisteros insolentes como el venenoso Fréron, caballeros arruinados por el juego y, muy en particular, a los Comediantes ordinarios del Rey, a quienes la autoridad real arrojaba a los hierros al menor capricho de antecámara.
La chispa prendió el 15 de abril de 1765 sobre las ilustres tablas del Théâtre-Français. Representábase El sitio de Calais, de Dormont de Belloy, drama patriótico que encendía por entonces el fervor del patio de butacas burgués. Ahora bien, la compañía contaba en sus filas con un tal Dubois, cómico envilecido, perjuro y perseguido por deudas infames, a quien los gentileshombres de Cámara pretendían imponer por la fuerza ante sus pares. Para la tropa, la ignominia resultaba insoportable. Representar al lado de un hombre marchitado por el oprobio equivalía a mancillar la púrpura del tablado.
A la hora de alzar el telón, los dueños de la escena —el inmenso Lekain, de acentos atronadores, el galán Molé, Brizard y la incomparable Mademoiselle Clairon— se negaron en redondo a comparecer. La cólera del público estalló en la sala, destrozando las bancadas y clamando a la sedición. En Versalles, el duque de Duras, primer gentilhombre de Cámara, palideció de humillación: ¿unos histriones, meros siervos asalariados de la corona, osaban desafiar las órdenes del amo? La sentencia no se hizo esperar. Se firmaron a toda prisa cinco órdenes secretas de arresto, las temibles lettres de cachet. Los corchetes de policía recibieron el mandato de prender a los amotinados al pie mismo del lecho para conducirlos en el acto al For-l’Évêque.
El 17 de abril, la calle Saint-Germain-l’Auxerrois fue escenario de un espectáculo que ninguna sala de teatro se había atrevido jamás a escenificar. Mientras Lekain y Molé cruzaban el postigo bajo la escolta de jinetes de la mariscalía, una carroza deslumbrante, tirada por cuatro briosos corceles y cortejada por un enjambre de lacayos de librea, se detuvo ante la pesada puerta herrada del For-l’Évêque. Abriose la portezuela: Mademoiselle Clairon hizo su aparición. Vestida de tafetán negro como para el papel de Electra o de Fedra, altiva, con porte de reina soberana, miró de hito en hito al conserje patidifuso, que sostenía su enorme manojo de llaves mohosas.
«El Rey, caballero, es dueño de mi vida y de mi hacienda —declaró con una voz que resonó hasta en las fétidas galerías de la prisión—. Mas mi honor me pertenece entero, y ni Su Majestad misma tiene el poder de arrebatármelo.»
El registro de ingreso se levantó como un acta triunfal. Rechazando la celda común donde se consumían los deudores famélicos, la trágica exigió el mejor aposento de pago, las llamadas pistoles. En escasas horas, sus criados transformaron aquel cuartucho que apestaba a cal y sebo: colgaron colgaduras de damasco sobre los muros húmedos, cubrieron las baldosas desencajadas con alfombras de Turquía y montaron un lecho con dosel cuyas cortinas de terciopelo ocultaron los barrotes de hierro suspendidos sobre el fango del muelle. La cautiva no venía a purgar un castigo: venía a asentar su corte en las cárceles del monarca.
Lo que debía constituir un escarmiento ejemplar trocose en franca derrota para el poder. Desde el día siguiente a la encarcelación, el For-l’Évêque se convirtió en el punto de encuentro de cuantos filósofos, enciclopedistas y grandes señores levantiscos albergaba París. Una hilera ininterrumpida de carruajes aristocráticos colapsó la calle; Diderot, d'Alembert y los partidarios de Voltaire se apretujaban ante la cancela para hacer subir cestas de vinos selectos, perdices trufadas y encendidas misivas de admiración. La estancia de los comediantes vibraba con risas, declamaciones y brindis alzados a la libertad del arte, al tiempo que, allá abajo, los carceleros atónitos recibían propinas como si fuesen simples graciosos de comedia.
Versalles comprendió bien pronto lo ridículo del trance: al castigar a semejantes figuras consagradas, la corona no había cosechado sino oprobio, brindándoles la tribuna más resonante de todo el reino. Tras veinticuatro jornadas de un cautiverio principesco que guardaba más semejanza con un salón literario que con una penitencia, Mademoiselle Clairon obtuvo su excarcelación so pretexto de una salud quebrantada, seguida por el resto de sus camaradas. Empero, la altiva actriz jamás perdonó: no volvió a pisar jamás las tablas del Théâtre-Français, quebrando su carrera en la cúspide de la gloria para seguir siendo dueña y señora de su orgullo.
En cuanto al For-l’Évêque, apenas sobrevivió a tan sonoro desaire. Menos de veinte años más tarde, en 1780, Luis XVI, conmovido por los pavorosos informes acerca de la insalubridad del recinto, donde los miasmas del río consumían a fuego lento a los cautivos olvidados, mandó la clausura definitiva de la cloaca y el traslado de los reclusos al Hôtel de la Force. La piqueta de los demoledores dio pronto cuenta de los sillares seculares del obispado. Mas en la memoria de los cronistas parisienses, el eco de la voz de la Clairon pareció seguir rondando los muelles, rememorando la jornada en que el genio dramático doblegó los cerrojos de la tiranía.