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Las prisiones de Europa · Tomo VIII · Maquet & Alboize, 1845

El Luxemburgo

París · Francia · Revolución (El Terror, 1793-1794)
«La conjugación del verbo ser sospechoso.»Las prisiones de Europa · Tomo VIII
Allí fueron encerrados
  • Danton, Camille Desmoulins, Lacroix, Hérault de Séchelles, Fabre d'Églantine (dantonistas)
  • los girondinos
  • Miss Maria Williams
  • el mariscal de Mouchy
  • Latude (visita)
  • el barón de Trenck (hallado por Latude)
  • la duquesa de Orleans (viuda de Felipe Igualdad)
  • Rivarol
  • Madame de Beauharnais (en los Carmelitas)
Cronología
  • 1793El Luxemburgo es transformado en prisión bajo el Terror; llegada de los girondinos, los ingleses y los aristócratas tras la Ley de sospechosos
  • marzo-abril de 1794Cautiverio de los dantonistas; decreto de detención de Danton; partida de los reos hacia el Tribunal Revolucionario
  • abril de 1794Ejecución de Danton, Desmoulins, Lacroix, Hérault de Séchelles y Fabre d'Églantine
  • 1794«Conspiración de las prisiones» de Luxemburgo; las viudas de Hébert y de Camille Desmoulins son condenadas y ejecutadas; ferocidad del carcelero Verney
  • 9 de termidor del año II (julio de 1794)El 9 de termidor: los prisioneros rehúsan evadirse; historia anexa de Port-Libre y del convento de los Carmelitas (Madame de Beauharnais)
Serie Las prisiones de Europa (8 tomos, según Maquet & Alboize) — primera edición moderna, recompuesta y anotada a partir de las fuentes de Gallica. En preparación.
📍París · Francia
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🕯️ Relato de Velada · Las 20 Prisiones Míticas de Europa y el Caso PicaudLectura nocturna · ~6 min

La sombra del coloso en el palacio de los muertos

Cuando los dorados de María de Médici se convirtieron en la antesala del cadalso para Danton y los amantes truncados del Terror.

El vestíbulo dorado del cadalso

Bajo la llovizna helada de germinal del año II, el palacio de Luxemburgo apenas conserva del esplendor florentino de María de Médici más que un fausto irrisorio y profanado. Tras sus altas rejas de forja, las galerías donde Rubens pintó antaño la apoteosis de las reinas ya no reverberan sino con el golpe seco de las culatas de los fusiles y el tintineo lúgubre de los hierros. En el lapso de unos pocos meses, la Convención ha metamorfoseado esta obra maestra del Renacimiento en la ratonera más temible de la capital. Por doquier, las molduras y artesonados esculpidos desaparecen tras toscos tabiques de pino sin desbastar; las chimeneas monumentales, donde otrora ardía el roble real, han quedado clausuradas con rejas de hierro; los suelos de marquetería se pudren bajo la paja fétida repartida a los cautivos.

En los libros de registro carcelario ennegrecidos con tinta apresurada por el conserje Benoit, la Francia entera desfila para rubricar su agonía. Allí se amontonan en confuso desorden los duques blasón en pecho de ayer, los obispos refractarios, ancianas criadas analfabetas convictas de haber vertido lágrimas por sus señores, y marineros ingleses capturados en alta mar. La «Ley de sospechosos» funciona a pleno rendimiento, transformando el verbo ser sospechoso en una sentencia de muerte diferida. Sin embargo, en la noche del 10 al 11 de germinal, un estremecimiento insólito recorre los abarrotados corredores: la carreta de los guardias nacionales acaba de volcar en la secretaría al hombre que, dieciocho meses antes, encarnaba por sí solo el furor y la voz de la República. Georges-Jacques Danton cruza el umbral de Luxemburgo.

El león enjaulado y el carcelero de hierro

Siguiendo sus pasos hacia el abismo, Camille Desmoulins vacila, con la tez cerúlea y la mirada extraviada. El brillante panfletario de Le Vieux Cordelier, que creía poder desarmar el Terror de un plumazo, no es ya más que una sombra trémula que aprieta contra el pecho un rizo de los cabellos rubios de su joven esposa, Lucile. Frente a ellos se yergue la figura abyecta de su nuevo dueño: el llavero Verney. Alma condenada del Tribunal Revolucionario en el seno del palacio, Verney pasea por las cuadras un dogo feroz y un manojo de llaves cuyo repiqueteo suena a campana de agonía. Es hombre que jamás descorre un cerrojo sin proferir imprecaciones, registra los jergones a golpes de listón y espía el menor hálito de rebeldía para ganarse las gratificaciones de Fouquier-Tinville.

Mientras empujan a Camille, anegado en sollozos, hacia un tugurio bajo los tejados desde donde apenas se columbran las techumbres de la calle del Odeón, Danton se niega a doblar la cerviz. Su corpachón hercúleo llena por entero el vano del calabozo. A los aristócratas incrédulos que lo contemplan en silencio, estupefactos de ver a su verdugo de ayer compartiendo su misma mazmorra, el coloso les dirige una risotada ronca que hace temblar los cristales mugrientos:

«Caballeros, abrigaba la firme esperanza de sacaros de aquí; pero vedme aquí con vosotros, y no sé cómo acabará todo esto... ¡Por estas mismas fechas hice nombrar el Tribunal Revolucionario; pido perdón por ello a Dios y a los hombres!»

La maquinación de los subterráneos

El encierro de los dantonistas no puede prolongarse: el Comité de Salvación Pública sabe muy bien que la voz de Danton, si truena demasiado tiempo ante el tribunal, es capaz de sublevar el arrabal de Saint-Antoine y hacer girar la cuchilla de la guillotina hacia el bando opuesto. Para quebrar a los reos antes siquiera de iniciarse los debates, se forja una máquina infernal en la penumbra de los pasillos de Luxemburgo: la célebre «conspiración de las prisiones». Verney y los soplones a sueldo, deslizados entre los detenidos bajo la siniestra denominación de «ovejas», propagan el rumor de que un complot aristocrático se dispone a forzar las puertas del palacio, degollar a los guardias patriotas y marchar sobre la Convención para liberar a los cabecillas indulgentes.

Esta sangrienta patraña brinda al acusador público el pretexto soñado. Los interrogatorios sumarios se suceden en una antecámara apestada por el vinagre que se esparce a espuertas para conjurar el tifus. Danton reclama a voz en grito la comparecencia de sus testigos, brama contra Saint-Just y Robespierre, pero el escribano se niega en redondo a consignar sus descargos. En cuanto el prisionero intenta elevar el tono, un decreto liberticida lo declara excluido de los debates por «desacato a la justicia». La trampa se ha cerrado sin remisión. En Luxemburgo, Verney se regodea: en el patio empedrado, las carretas maniobran ya marcha atrás, con la trasera orientada hacia el portón principal, prestas para cargar su cosecha humana.

El adiós de Lucile y el sollozo de Termidor

El 16 de germinal del año II (5 de abril de 1794), a las tres de la tarde, un lúgubre redoble de tambor estremece las galerías. Danton, Fabre d'Églantine, Hérault de Séchelles y Camille Desmoulins son arrancados de sus celdas. Con las manos atadas a la espalda mediante ásperas cuerdas de cáñamo y la camisa ampliamente rasgada en torno a la nuca, los condenados descienden la gran escalera. Camille forcejea desgañitándose al gritar el nombre de su mujer e implorando al cielo, mientras Danton, irguiendo su cabeza cuajada de cicatrices, le susurra con adusta fraternidad: «¡Cálmate de una vez y olvídate de esa canalla!»

Mas el odio de los inquisidores no se extingue en la plaza de la Revolución. Ocho días después, una nueva presa atraviesa la verja de Luxemburgo: la propia Lucile Desmoulins, de apenas veintitrés años, detenida bajo la grotesca imputación de haber pretendido sobornar a los carceleros con oro inglés para salvar a su esposo. En los corredores donde aún flota el perfume de Camille, la joven no vacila. Sabe que va a reunirse con él. Atada junto a la viuda de Jacques-René Hébert —el enemigo acérrimo de su marido, a quien el absurdo de la cuchilla terminaba hermanando—, asciende hacia el cadalso con la sonrisa extática de una desposada camino del altar.

Luxemburgo seguiría siendo aquella vorágine insaciable, devorando hornadas enteras de ancianos y de niños, hasta el día incandescente del 9 de termidor. Aquel mediodía, cuando las campanas repicaron al fin anunciando la caída del Incorruptible, los prisioneros congregados en los patios rehusaron en un principio dar crédito a su salvación, escuchando con espanto las pesadas pisadas de Verney, que huía a la carrera por el callejón. El silencio se posó por fin sobre el palacio de piedra, dejando para siempre incrustados en sus losas los espectros fundidos de quienes desearon la Revolución y de aquellos a quienes esta trituró en sus entrañas de bronce.