MAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · CUISINE & LETTRES«¡Inquisición! Esta palabra, escrita con la sangre y las lágrimas del mundo, será eternamente la execración de los pueblos.»Las prisiones de Europa · Tomo VI
Del triple recinto de Madrid a las criptas del Santo Oficio: pesquisa en el corazón de las mazmorras secretas donde se entraba con vida para no salir jamás sino hecho cenizas.
Nadie cruzaba el umbral del palacio de la Inquisición en calidad de hombre libre; se penetraba en él trocado ya en fantasma. En aquella noche sin luna del otoño madrileño, la litera cerrada se detuvo sin el menor estrépito ante el macizo portón de la calle de Torija. Ni un choque de herrajes, ni una blasfemia de cochero: los esbirros del Santo Oficio, los temidos familiares, se deslizaban sobre el empedrado como sombras embozadas en sarga negra. Un postigo se entreabrió al ras de la carcomida madera, dejando ver el ojo vidrioso de un portero que jamás despegaba los labios. En aquellas mansiones de la congoja, el silencio era el primer instrumento del suplicio. Los reglamentos manuscritos, encuadernados en piel de puerca y anotados por la uña de Torquemada, estipulaban que el menor suspiro que se oyera desde los corredores debía castigarse con treinta azotes de disciplina.
El hombre a quien empujaban hacia las tinieblas interiores ni siquiera sabía qué supuesta herejía, qué delación de vecino envidioso o qué gota de sangre morisca le valía semejante descenso a los infiernos. Despojado al instante de su reloj, de sus sortijas, de las hebillas de sus zapatos y hasta de los botones de plata de su jubón, escuchó cómo el escribano de dedos cetrinos consignaba su aniquilamiento en el libro de registro: «Recibido hoy un cuerpo, para ser custodiado en absoluto secreto hasta el beneplácito de Sus Excelencias». Tintineó un descomunal manojo de llaves. Se cruzaron tres patios cerrados, separados por gruesos rastrillos de roble blindados de hierro. Luego, comenzaron los peldaños.
Descendían en espiral hacia las entrañas mismas de la tierra, allí donde el salitre florece en costras blancuzcas sobre el granito rezumante. El aire se espesaba con una fetidez de sebo rancio, inmundicias y piedra empapada. Tras una puerta ciega, de dos pies de grosor, un cerrojo rechinó con un fragor de trueno sordo. El cautivo fue arrojado a un tugurio de ocho pies cuadrados, donde la única claridad provenía de un tragaluz oblicuo, guarnecido por tres rejas cruzadas, que no daba sino a una galería tenebrosa.
Durante semanas enteras, el desdichado no vio alma viviente, a excepción de un carcelero mudo que le pasaba, cada cuarenta y ocho horas, un cuenco de agua cenagosa y un mendrugo de pan mohoso. La Inquisición jamás apremiaba a sus presas; dejaba que el tiempo carcomiese la razón, deshiciera los músculos y disolviese la voluntad. Llegaba por fin la hora de la primera «audiencia de amonestación». Flanqueado por dos figuras encapuchadas cuyas pupilas relampagueaban únicamente a través de dos aberturas en el fieltro, el miserable fue conducido a rastras hasta la cámara de tortura, la temible Cámara del Tormento.
«Plegue a vuestra merced decir la verdad, pues si os negáis a confesar vuestros extravíos, los tormentos ordenados no habrán de imputarse a los señores jueces, sino a vuestra propia pertinacia».
En el fondo de la bóveda, bajo un cristo de marfil amarillento cuya mirada parecía apartarse, tres inquisidores oficiaban sentados tras una mesa cubierta de damasco verde. A su derecha, la pluma de ganso del secretario corría veloz sobre el pergamino, presta a consignar no solo las confesiones, sino el más leve estertor, la mínima convulsión de la agonía. Desnudaron al cautivo para atarlo sobre el potro de ignominia. El médico del Santo Oficio, con los dedos puestos sobre su pulso desfalleciente, vigilaba que la vida no escapara antes de que el alma se hubiese rendido.
Se le aplicó en primer lugar la garrucha: con las muñecas atadas a la espalda y una soga pasada por una polea afirmada en la cumbre de la bóveda, el cuerpo fue izado hasta el techo para ser soltado en seco, frenando la caída a un pie del enlosado. Crujieron los hombros; los huesos se descoyuntaron con el chasquido seco de una rama que se quiebra. Como nada confesase, se pasó a la toca. Introdujéronle un pedazo de gasa de lino hasta el fondo de las fauces, mientras un hilo continuo de agua caía desde un cántaro de barro, empapando el lienzo y sometiéndolo a la pavorosa y lenta agonía del ahogamiento sin muerte. A cada desfallecimiento, el escribano anotaba con frialdad: «El reo gime: "¡Misericordia!", arroja un golpe de agua mezclada con sangre, mas persiste en su herejía».
Cuando el tormento no lograba doblegar al reo, las cárceles secretas se encargaban de enterrarlo vivo. Los legajos clandestinos conservados en Toledo y en Sevilla revelan la monstruosa maquinaria penitenciaria concebida desde el siglo XV. Por debajo de las mazmorras comunes se hallaban las fosas llamadas bajos o pozos del olvido, labradas a pico en la peña viva, privadas de aire y de luz, donde los condenados se consumían con los tobillos asegurados a cepos de maderas incorruptibles.
En aquellos abismos se apagaron las voces más libres de España. El obispo de Spalato, Marco Antonio de Dominis, murió allí de consunción antes de que su cadáver fuese salado, metido en un cajón y quemado meses más tarde en la plaza pública. Allí fue donde el doctor Agustín Cazalla, otrora capellán imperial de Carlos V, aguardó durante años la hoguera de Valladolid junto a toda su estirpe, condenado a escuchar a través de los muros los gemidos de sus hermanos sin poder concederles la absolución. Los prisioneros computaban las estaciones por el frío que helaba el sudor en sus miembros en invierno, y por los gusanos que pululaban sobre la paja podrida durante los ardores de agosto.
En las paredes calcáreas de las mazmorras de Zaragoza y de Córdoba, uñas desesperadas labraban calendarios deformes, cruces invertidas o despedidas desgarradoras que ningún ojo humano debía leer jamás: «Señor, conceded que mi martirio sirva para lavar los pecados de mi padre», se leía aún sobre el sillar de un calabozo subterráneo de Palermo. El procedimiento prohibía el más mínimo contacto con el siglo; la familia del encausado ignoraba si este se hallaba todavía bajo la bóveda celeste o si yacía ya reducido a polvo bajo las baldosas del tribunal.
Fue menester el huracán de las guerras imperiales para que aquellos sepulcros se abriesen por fin a la luz del día. En diciembre de 1808, las tropas de Napoleón Bonaparte entraron en una Madrid estremecida. Un destacamento de jinetes y zapadores franceses, al mando de oficiales amamantados en las doctrinas de la Ilustración, marchó resueltamente hacia el palacio de la Inquisición para dar cumplimiento al decreto imperial que ordenaba su inmediata abolición.
Los padres inquisidores, afables y con el crucifijo al pecho, recibieron a la tropa en el umbral con una serenidad engañosa. Juraron sobre los Santos Evangelios que el palacio no albergaba ya a prisionero alguno, que las patrañas del vulgo extraviaban el juicio de los franceses y que los subterráneos no eran sino piadosos depósitos de grano. El estado mayor titubeaba ya, desconcertado ante semejante aplomo, cuando un coronel de voltígeros reparó en la desigualdad de las losas de la gran sala capitular. Un zapador vertió un odre de agua sobre el pavimento: en vez de extenderse en charco, el líquido se sumió de golpe entre dos hendiduras disimuladas bajo una espesa alfombra de lana.
Las piquetas arremetieron contra el mármol. En medio de un fragor de derrumbe, una losa basculó, dejando al descubierto una sima negra de la que escapó una vaharada de aire tan mefítico que los granaderos retrocedieron tosiendo hasta desgarrarse los pulmones. Se bajaron teas atadas a maromas. Lo que descubrieron los soldados imperiales heló la sangre de aquellos veteranos de Austerlitz: encadenados a las murallas, desnudos, con los cabellos enfangados y barbas que les cubrían el vientre, varios espectros vivientes parpadeaban, aturdidos, aterrorizados ante el resplandor de la resina.
Hallábase entre ellos un anciano recluido allí desde hacía veinticuatro años por haber poseído una traducción clandestina de Rousseau. Cuando quebrantaron sus grillos a golpes de maza y lo subieron a la luz del sol de España, aquel hombre se cubrió el rostro con sus manos nudosas y suplicó que lo devolvieran a sus tinieblas: sus ojos ya no alcanzaban a soportar la claridad de los vivos. Al día siguiente, el pueblo de Madrid, congregado en la plaza, vio elevarse hacia el cielo una densa humareda negra: los expedientes de ignominia, los registros carcelarios y los instrumentos de tortura del Santo Oficio ardían, al cabo, en un inmenso auto de fe de la libertad.