MAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · CUISINE & LETTRES« Federico el Grande, primer prisionero. — Ciudadela de Küstrin. »Las prisiones de Europa · Tomo VIII
Del cadalso sangriento de Küstrin a las galerías malditas de Magdeburgo, crónica del duelo titánico entre Federico el Grande y el cautivo a quien ningún cerrojo logró doblegar.
En la pavorosa geografía carcelaria de la Europa septentrional, Prusia no concibió sus calabozos para vulgares malhechores, sino para domar el alma misma de sus soberanos. Todo comenzó en una lívida mañana de noviembre de 1730, en la fortaleza de Küstrin, cercada por las aguas cenagosas del Óder. En el fondo de una celda enrejada, un joven de dieciocho años, el príncipe heredero Federico —el futuro Federico el Grande—, aguardaba su sentencia de muerte. Por haber intentado huir de los azotes y de la demencia de un padre implacable, el Rey Sargento, Federico Guillermo I, lo había entregado a un consejo de guerra.
El castigo del príncipe no fue el hacha del verdugo, sino un suplicio infinitamente más atroz: llevaron bajo su ventana a su cómplice y amigo de la infancia, el teniente Hans Hermann von Katte. Los carceleros retuvieron a Federico por la fuerza contra los barrotes de hierro. El pastor murmuraba salmos mientras el desdichado oficial alzaba los ojos hacia su señor exclamando: «¡Qué dulce es morir por tan amado dueño!» El sable de la justicia hendió el aire helado, la cabeza rodó sobre la arena y Federico se desplomó, privado de sentido en un charco de sudor frío. Aquel día, el adolescente poeta pereció en Küstrin. El hombre que meses después emergió de las mazmorras prusianas traía el corazón petrificado. El primer mártir de las prisiones de Prusia se convertiría en su más despiadado arquitecto.
Quince años más tarde, el príncipe, coronado ya monarca, presidía su corte en Berlín. Entre sus favoritos descollaba un coloso de diecinueve años: el barón Federico de Trenck. Oficial de ordenanza, dotado de una fuerza hercúlea y de una belleza arrogante, Trenck cometió el único crimen que un autócrata receloso jamás perdona: agradó a los ojos ardientes de la princesa Amelia, la hermana predilecta del rey. Sin proceso, sin auto de prisión público, merced a una simple orden de gabinete garrapateada al galope, el joven audaz fue arrancado de su lecho y sepultado en lo más hondo de la ciudadela de Glatz, un nido de águilas erigido sobre los riscos escarpados de Silesia.
Mas Glatz no había sido labrado para retener a una fiera. Trenck carecía de la paciencia de los resignados; sedujo a sus guardias, sobornó a la guarnición e hizo de su cautiverio un asedio al revés. Una primera vez, tras desarmar a un centinela, salvó los fosos antes de quedar atrapado en un lodazal. Lejos de amedrentarse, ganó para su causa al teniente Schell, oficial de guardia presa del remordimiento y amenazado por el grillete. En una noche sin luna de diciembre de 1746, ambos fugitivos saltaron los parapetos. Schell se quebró el tobillo al precipitarse desde una cortina de varias toesas de altura; Trenck cargó a su camarada malherido sobre los hombros, vadeó el río Neisse cuyas aguas arrastraban carámbanos de hielo, acuchilló a los dragones lanzados en su persecución y alcanzó las fronteras de Bohemia. Para Federico II, la afrenta era mortal: un presidiario acababa de desafiar al invencible ejército de Prusia.
El rencor de los reyes goza de larga memoria y de los brazos infinitos de la policía secreta. Apresado a traición en territorio neutral, en Danzig, pocos años después, Trenck fue conducido bajo escolta enmascarada hacia Magdeburgo, al pavoroso fuerte de la Estrella —la Sternschanze—, proyectado expresamente para su aniquilación. Allí, en una casamata ciega excavada bajo los fosos exteriores, la venganza soberana alcanzó su paroxismo.
«El rey ordenó que me forjaran unos hierros tales como ningún hombre había llevado jamás: una argolla de acero de tres pulgadas de ancho, dos aros en los muslos unidos por una barra de acero macizo, cadenas en las manos y una cintura de palastro empotrada en la muralla. Todo ello pesaba sesenta y ocho libras.»
En mitad de aquella celda pavimentada con arenisca húmeda, los albañiles del rey habían dispuesto una losa sepulcral con su nombre grabado a cincel: Federico, barón de Trenck. Debía dormir sobre su propia fosa. En aquel pozo de tinieblas donde el salitre manaba día y noche, privado de luz, reducido a una ración de libra y media de pan mohoso y un cántaro de agua corrompida, cualquier otro habría sucumbido a la locura. Trenck, empero, trabó combate contra la piedra. Con un cuchillo de artillero sin punta que halló oculto en un jergón, comenzó a serrar sus malditos grilletes. Cada día, en cuanto se alejaban los carceleros, se despojaba de sus trabas vencidas, desencajaba los sillares de su tumba con las uñas ensangrentadas y se hundía en las entrañas de la fortaleza.
Durante cerca de diez años, la ciudadela de Magdeburgo resonó con la faena subterránea de aquel topo humano. Trenck abrió galerías angostas donde el aire escaseaba hasta el extremo de apagar su mecha de sebo. Ocultaba la arena y los escombros bajo las tablas carcomidas de su camastro, tragaba el polvo de la arenisca y repelía a las ratas que acudían a disputarle sus mendrugos. En dos ocasiones perforó las contraescarpas de ladrillo y alcanzó el envés de las empalizadas exteriores, listo para lanzarse al Elba, antes de ser traicionado por el desplome de una galería o por el celo de un suboficial insobornable.
Cada fracaso le costaba una carga mayor de cadenas y nuevas puertas de roble guarnecidas de herrajes. Sin embargo, Magdeburgo entero temblaba ante su cautivo. Los centinelas creían oír al diablo arañar bajo los baluartes; los oficiales prusianos, fascinados por tan indomable hidalguía, acabaron por procurarle en secreto papel, plumas y lacre, y le compraban los grabados sobre peltre que ejecutaba con la punta de un clavo. El Rey Filósofo de Sanssouci, que disertaba por carta con Voltaire sobre la tolerancia universal, descubría atónito que ningún arsenal podía abatir la voluntad de un hombre libre.
Fue preciso aguardar al fin de la guerra de los Siete Años, a las súplicas desesperadas de la princesa Amelia, consumida por el dolor, y a la intercesión solemne de la emperatriz María Teresa de Austria para que los cerrojos de Magdeburgo cedieran por fin en 1763. Cuando Trenck traspasó la poterna del fuerte de la Estrella, demacrado, encanecido, con los miembros lacerados para siempre por el roce de sesenta y ocho libras de acero, lanzó una mirada altiva sobre los bastiones prusianos. El déspota había creído sepultar a un reo; tan sólo había logrado forjar una leyenda que los siglos de tiranía jamás consiguieron borrar.