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Las prisiones de Europa · Tomo VIII · Maquet y Alboize, 1845

Las cárceles de las mujeres públicas

París · Francia · Edad Media (san Luis) – 1.ª mitad del siglo XIX
«Antigüedad de la prostitución. — Las capitulares de Carlomagno.»Las prisiones de Europa · Tomo VIII
Estuvieron recluidas
  • Pauline la Judía (mencionada)
  • (capítulo estadístico y social más que nominativo)
Cronología
  • época de san Luis (s. XIII)Historia de la prostitución reglamentada: capitulares de Carlomagno, ordenanzas de san Luis que autorizan la prostitución
  • siglo XVIIIPrisión de Saint-Martin, depósito provisional de mujeres públicas; su supresión; traslado al pabellón de la Force en la Salpêtrière
  • 1791-1802 (por verificar)Período revolucionario y Consulado: censo, creación de la prefectura de policía, oficina de costumbres; traslados a las Madelonnettes y luego a Saint-Lazare
Serie Las prisiones de Europa (8 tomos, según Maquet y Alboize) — primera edición moderna, recompuesta y anotada a partir de las fuentes de Gallica. En preparación.
📍París · Francia
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🕯️ Relato de Velada · Las 20 Prisiones Míticas de Europa y el Caso PicaudLectura nocturna · ~6 min

El registro de las flores marchitas: La infernal evasión de Saint-Lazare

Del cloacal reducto medieval de Saint-Martin a los plomizos dormitorios de Saint-Lazare: la noche en que una reclusa de la policía de costumbres desafió el encierro perpetuo.

La redada del Palais-Royal y la cloaca de Saint-Martin

Bajo la llovizna helada de noviembre de 1809, las galerías de madera del Palais-Royal exhalaban un hedor a sebo, almizcle adulterado y cieno negruzco. Los farolillos vacilaban al viento colado, iluminando el paso furtivo de las «caminantes» de faldas enlodadas y la mirada despiadada de los corchetes de policía. Desde las severas ordenanzas de san Luis y las olvidadas capitulares de Carlomagno, París no había cesado de perseguir, acorralar y marcar con el estigma de la infamia a aquellas sirenas del arroyo; pero en los albores del Imperio, la maquinaria policial, perfeccionada por los registros secretos de la oficina de costumbres, trituraba la carne humana con la fría regularidad de un mecanismo de relojería.

De pronto, un silbatazo desgarró la bruma. Un batallón de la guardia municipal y seis inspectores de paisano irrumpieron bajo las arcadas. Entre las mujeres acorraladas contra las rejas se hallaba aquella a quien en el registro llamaban Pauline la Judía, una beldad de tez pálida y ojos de pizarra, cuya mirada ardía con un orgullo que ni el hambre ni la miseria habían logrado doblegar. En un abrir y cerrar de ojos, las muñecas fueron apresadas y los chales arrancados sin miramientos. Arrojada en tropel con una docena de desdichadas en el furgón celular de maderas carcomidas, Pauline rodó traqueteando hacia el antiguo depósito de Saint-Martin.

«Quienquiera que haya cruzado el umbral de estas casas de corrección deja allí su nombre grabado con letras de infamia en un libro del cual nadie pasa jamás la última página.»

Allí, bajo las bóvedas bajas y rezumantes de salitre donde aún resonaba el eco de siglos de inquisición ciudadana, los cerrojos chirriaron con un estrépito de hierros mohosos. A las muchachas se las arrojaba como reses a una noche de fango, privadas de paja, en espera de la gran criba de la Prefectura.

El infierno de las Madelonnettes y el sello de la Prefectura

A primera hora de la mañana, la escribanía levantó inventario del botín. En los legajos polvorientos donde Jacques Peuchet abrevaba para nutrir sus tenebrosas crónicas, cada silueta se transformaba en una matrícula escoltada por notas infamantes. Para las rebeldes que carecían de cartilla, no cabía clemencia alguna: la detención por tiempo indefinido, la inmersión en las mazmorras de expiación.

Pauline vio al escribano mojar su pluma de ave en la tinta violácea para formalizar el auto de prisión. Trasladada en un primer momento a las Madelonnettes —aquel siniestro convento reconvertido en presidio de mujeres donde las celdas apestaban a fiebre y al vinagre de las desinfecciones—, comprendió el callejón sin salida en que yacía. Las macizas puertas de roble blindadas con planchas de chapa se cerraban sobre patios angostos, donde las reclusas daban vueltas en círculo bajo la mirada torva de las celadoras-matronas. Mas Pauline no era mujer dispuesta a consumirse de tisis entre cuatro paredes encaladas. Había cazado al vuelo las confidencias de un carcelero beodo: la Oficina Central ordenaba su traslado inmediato al recinto de Saint-Lazare, la fortaleza terminal, la inmensa leprosería medieval trocada en tumba de las cortesanas insumisas.

La muralla de Saint-Lazare y el lápiz de carbón

Saint-Lazare erigía en el arrabal de Saint-Denis sus murallas cenicientas y sus vertiginosas techumbres de pizarra. Era una ciudadela dentro de la ciudad, gobernada por una disciplina férrea donde el silencio sólo era turbado por el tintineo de los manojos de llaves y los rezos impuestos por las monjas vigilantes. A Pauline la recluyeron en el pabellón de la Force, bajo el desván del tercer piso, allí donde las ventanas no eran más que estrechas saeteras guarnecidas de crucetas de hierro.

Durante seis semanas, la reclusa fingió la más rendida contrición. Cosía camisones de basta lona dieciséis horas al día sin pronunciar palabra, con los ojos bajos, granjeándose poco a poco la confianza de sor Marta, la custodia del lencerío. Pero cada noche, en la penumbra de la camareta donde ascendía la tos cavernosa de las condenadas, Pauline trabajaba. Con un clavo de forja hurtado al pie de un barreño del lavadero, raspaba pacientemente la argamasa yesosa de un jambaje desprendido.

Le sangraban las yemas, el polvillo le abrasaba la garganta, mas bajo el grosor del yeso centenario había palpado el vacío: el tiro de una chimenea en desuso, vestigio de la antigua hospedería abacial de los lazaristas, que trepaba recta hacia los dentados tejados.

La huida por las pizarras y la sombra de la noche

La noche del 24 de diciembre de 1809 brindó una tormenta providencial. Los truenos retumbaban sobre la llanura de Saint-Denis, anegando las rondas de los centinelas bajo un diluvio de agua entreverada de cellisca. A medianoche, al tiempo que la campana convocaba a las religiosas al rezo de maitines, Pauline arrancó los ladrillos vacilantes. Se vendó las manos con tiras de sábana desgarrada y se deslizó por la garganta negra y tiznada del conducto.

La ascensión fue un calvario de asfixia. El hollín le taponaba las narices, las asperezas de la piedra le desgarraban las rodillas, pero el odio a las cadenas le servía de aliento. Cuando por fin emergió al aire libre, el viento invernal la azotó como un látigo. Hallábase de pie sobre la arista vertiginosa de las cubiertas de Saint-Lazare, suspendida sobre el tenebroso abismo de París.

Arrastrándose sobre las pizarras relucientes como una culebra, alcanzó el extremo del ala norte, allí donde un canalón de plomo descendía hacia la albardilla de un muro medianero que lindaba con los descampados del arrabal. Valiéndose de la maroma de tela trenzada sujeta al pie de una chimenea, se descolgó en el vacío. La soga se quebró en seco a diez pies del suelo. Pauline se estrelló contra el pavimento empapado en un crujido sordo, con el tobillo dislocado y los huesos doloridos.

Mas ya estaba fuera. En el patio de honor, la campana de alarma tocaba ya a rebato, mezclando su toque furioso a las ráfagas de ventolera. Incorporándose en el fango, renqueante pero libre, Pauline se desvaneció en el laberinto de callejuelas oscuras del barrio de Saint-Laurent. Por la mañana, en el libro de ingresos de la Prefectura, el inspector jefe no pudo más que trazar con tinta encarnada, cruzando de parte a parte su número de matrícula, la palabra terrible y triunfante: Evadida.