MAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · CUISINE & LETTRES« Las torres del Temple se convierten en prisión de Estado hasta la fundación de la Bastilla. »Las prisiones de Europa · Tomo II
Cómo la más formidable torre del homenaje de París, frecuentada por espectros reales, se convirtió en la sangrienta tumba del general Pichegru antes de ser arrasada por el terror de Bonaparte.
Existía en el corazón de París un monstruo de caliza y hierro que el pueblo jamás contemplaba sin estremecerse. Surgido del Medievo bajo el manto blanco de los templarios, el Torreón del Temple erguía sus cuatro torrecillas en capuchón a más de sesenta pies sobre el empedrado cenagoso del Marais. Sus murallas, de nueve pies de espesor, parecían fundidas de una sola pieza para desafiar a la eternidad y sepultar en vida a los hombres. Desde Felipe el Hermoso y la hoguera de Jacques de Molay, el edificio rezumaba una sorda maldición. Los siglos habían amontonado en su seno alaridos sofocados, ayes de agonía y el orín tenaz de cerrojos triples que el vendaval de la Revolución no había hecho más que avivar.
En aquellas postrimerías del invierno de 1804, la atmósfera resultaba aún más asfixiante que en las fúnebres jornadas de Luis XVI y del pequeño delfín mártir. La fortaleza ya no pertenecía a los reyes ni a la Convención, sino a la alta policía del Primer Cónsul. Bajo la custodia implacable del carcelero Fauconnier, los postigos chirriaban sin tregua. Bonaparte, todavía envuelto en su púrpura consular pero ya desvelado por la corona imperial, acababa de arrojar allí a las cabezas pensantes de una conjura titánica: Georges Cadoudal, el coloso chuan de mirada rapaz, y el general Jean-Charles Pichegru, el antiguo vencedor de Holanda, pasado a las filas realistas para derrocar al amo de Francia.
En el primer piso de la torre, en una estancia baja ceñida por barrotes sellados con plomo, Pichegru medía el suelo de baldosas rojas con pasos lentos e incesantes. Cada pisada del general resonaba contra las carcomidas maderas que antaño cobijaran las postreras plegarias de María Antonieta. El hombre había sido acorralado, apresado a traición en un callejón lóbrego, vendido por cien mil escudos por su propio amigo. Hacía cuarenta días que lo sometían al tormento moral, a los interrogatorios de Étienne Réal, el alma maldita de Fouché. Pretendían arrancarle los nombres de los cómplices, hacerle confesar la participación de Moreau, quebrar el acero de su orgullo republicano envilecido.
Pichegru, empero, guardaba silencio, o no abría la boca sino para amenazar con un estallido terrible en el venidero proceso público. Conocía sobradamente los engranajes del poder naciente. Sabía que el duque de Enghien acababa de ser fusilado en los fosos de Vincennes a la trémula lumbre de los faroles. Abajo, en el calabozo subterráneo, Cadoudal entonaba cánticos bretones con una voz estentórea que estremecía los goznes del torreón. Pichegru, por su parte, se limitaba a leer. Sobre su modesta mesa de pino reposaba una traducción de las tragedias de Séneca, abierta por el pasaje donde el filósofo romano sentencia que la desesperación es a veces la única salida de las almas templadas. Y sin embargo, a cada relevo de la guardia, los centinelas percibían el mismo golpe seco: el soldado descargaba el puño contra la muralla, jurando que lo oirían rugir ante el tribunal.
La noche del 5 al 6 de abril de 1804 cayó sobre el Temple, cargada de una niebla impenetrable que anegaba el Sena y los tejados parisinos. A las once de la noche, el llavero de guardia efectuó su ronda de ordenanza. La llave giró con su lamento consabido en la cerradura de doble paletón. A través de la mirilla enrejada, el carcelero divisó a Pichegru, vestido con su levita oscura, sentado aún junto al hachón vacilante. Todo parecía en calma. El soldado cerró la trampilla de golpe seco. No obstante, en los corredores sombríos se habían advertido unas horas antes sombras ajenas al penal: hombres de armas a sueldo secreto de Savary, el brazo ejecutor de las bajas faenas consulares.
«El silencio de esta torre no presagia jamás nada bueno; cuando los cerrojos enmudecen, es que la muerte ha tomado la llave.»
Hacia las siete de la mañana, cuando la luz grisácea del alba logró franquear las saeteras tupidas de telarañas, el mozo de servicio subió a llevar el café del prisionero. La puerta de la celda se hallaba echada por dentro con cerrojo, suceso insólito que heló la sangre de los guardianes. Hubo que forzar el pestillo a golpes de barreta. Cuando el recio batiente de roble cedió al cabo con un crujido lúgubre, un espectáculo aterrador se ofreció a los ojos de los carceleros: Pichegru yacía sobre su catre de cinchas, recostado sobre el flanco izquierdo, los ojos desorbitados y el rostro amoratado por una asfixia descomunal.
Alrededor de su cuello vigoroso, una corbata de seda negra había sido ceñida hasta hendir la carne. Para rematar el suplicio, un palo de madera blanca, de apenas medio pie de largo, había sido introducido en la tela y retorcido a modo de torniquete contra su garganta, sostenido en su sitio por la pesada presión de su propia mejilla desplomada. Jamás hombre alguno había podido, con sus propias manos crispadas por el ahogo, mantener semejante garrote hasta extinguir el último aliento sin aflojar la presa. Sobre la mesa, Séneca permanecía aún abierto. La pluma no había temblado. Suicidio de un romano acorralado, pregonó la gaceta de la policía; magnicidio de Estado ordenado para ahogar el juicio de un rival embarazoso, murmuró por lo bajo un París sobrecogido.
El cadáver de Pichegru fue retirado a toda prisa en un sudario de lienzo crudo y arrojado a la fosa común del cementerio de Sainte-Catherine, sin que sacerdote alguno osara bendecir su tumba. Pocas semanas después, Georges Cadoudal subía al cadalso de la plaza de Grève clamando su desprecio, al tiempo que Bonaparte ceñía sobre su propia frente la corona de los Césares en Notre-Dame. Mas el flamante amo del orbe no podía tolerar ya aquella silueta gigantesca que entenebrecía el oriente de su capital. Cada piedra del Temple le recordaba el patíbulo de los Borbones, la muerte turbia de Pichegru y la fragilidad de las dinastías humanas.
En 1808, Napoleón rubricó el decreto fatal: el Torreón del Temple debía desaparecer de la faz de la tierra. Bajo las piquetas de los demoledores, las colosales torres se derrumbaron lienzo a lienzo en una polvareda blancuzca. Las criptas fueron cegadas, los fosos allanados, los hierros fundidos, y sobre aquel pudridero de siglos se trazaron un mercado vulgar y paseos rectilíneos. El Imperio creyó haber aniquilado la memoria de sus crímenes y de sus cautivos. Pero para quien recorra hoy las apacibles calles del square du Temple, apenas la niebla de abril asciende de las cloacas, parece escucharse todavía el giro sordo de un madero retorciendo la seda, y el rumor sofocado del último mártir de la torre.