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Las Prisiones de Europa · Tomo IV · Maquet & Alboize, 1845

Sainte-Pélagie

París · Francia · Revolución – 1.ª mitad del siglo XIX
«Sus Memorias escritas en Sainte-Pélagie.»Las Prisiones de Europa · Tomo IV
Allí estuvieron encerrados
  • Madame Roland (allí escribe sus Memorias)
  • Madame du Barry
  • Charles Nodier
  • Roucher
  • el general Bonnaire
  • Mina, Torreno (refugiados españoles)
Cronología
  • 1792-1793Fundación de Sainte-Pélagie (antiguo convento) transformada en prisión por deudas y luego en prisión política bajo el Terror
  • 1793Madame Roland permanece detenida y redacta sus Memorias antes de su ejecución
  • 1804 (por verificar)Charles Nodier encarcelado por la oda La Napoléone; él mismo se denuncia
  • Restauración (por verificar)Sainte-Pélagie se convierte en prisión para los presos políticos de la Restauración; edificio nuevo, comités y escuelas de moralización
Serie Las Prisiones de Europa (8 tomos, según Maquet & Alboize) — primera edición moderna, recompuesta y anotada a partir de las fuentes de Gallica. En preparación.
📍París · Francia
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🕯️ Relato de Velada · Las 20 Prisiones Míticas de Europa y el Caso PicaudLectura nocturna · ~6 min

La tinta y el cadalso: el último desafío de Sainte-Pélagie

Cómo, en el corazón de un antiguo convento mudado en cloaca republicana, una cautiva inerme hizo estremecerse al Terror con un simple trazo de pluma.

La trampa de la libertad fingida

En el bochorno asfixiante del 24 de junio de 1793, un simón traqueteaba a toda marcha sobre los adoquines desquiciados del arrabal de Saint-Jacques. En su interior, Manon Roland respiraba a pleno pulmón un aire que creía reconquistado. Apenas unos minutos antes, los cerrojos de la prisión de la Abbaye se habían abierto a su paso: declarada libre, había subido a la carrera la escalera de su morada en la rue de la Harpe, con el corazón en un brinco ante la dicha de estrechar a su hija Eudora. Mas la Revolución no concedía tregua alguna a las almas altivas.

En el rellano desierto, dos hombres con carmañola la aguardaban apostados en la sombra, pica en mano y decreto de la Comuna entre los dedos. El respiro no había sido más que una infame farsa judicial, un refinamiento de sevicia para quebrar a la égida girondina. Agarrada sin miramientos y arrojada de nuevo al carruaje entre las risotadas de los centinelas, Madame Roland vio clausurarse la portezuela sobre su destino. Los caballos enfilaron hacia la falda de la montaña Sainte-Geneviève, orillando los fosos mefíticos para adentrarse en la lúgubre rue du Puits-de-l’Ermite.

Allí se erguía la mole leprosa de Sainte-Pélagie. Antiguo asilo para mujeres arrepentidas erigido antaño bajo el amparo de san Vicente de Paúl, el caserón había trocado sus oraciones por los estertores de los deudores quebrados, antes de que el Terror lo convirtiese en su antecámara más cenagosa. Cuando el pesado portón herrado retumbó a espaldas de la cautiva, el carcelero mayor mojó su pluma de ave en una tinta cuajada de grumos para firmar el asiento de ingreso. Manon Roland no era ya sino un número de orden destinado a la cuchilla.

La fosa de las vilezas y de los mártires

Sainte-Pélagie distaba de ostentar la majestad trágica del Temple o las sublimes bóvedas de la Conciergerie; era una sima de humedad donde se pudrían en execrable mezcolanza todos los despojos de París. Las estrechas celdas comunes conservaban un hedor sofocante a unto rancio, a vinagre y a paja enmohecida. Por las lumbreras enrejadas del patio, los aullidos soeces de ladronas y rameras de la peor estofa se confundían con los sollozos de la otrora condesa du Barry, que cruzaba las lumbres gimoteando con infantilez despavorida.

El poeta Roucher vagaba como una sombra, hilvanando versos desesperados para consuelo de su hija, al tiempo que el libelisla Champcenetz burlaba la angustia mediante afilados epigramas. La promiscuidad constituía el tormento cotidiano de aquella casa de orates carcelaria: los guardias beodos escupían al paso de los reos políticos, escrutando en sus semblantes el menor estremecimiento de nobleza.

«Me las ingeniaba para aposentarme en el rincón más oscuro posible, a fin de hurtar mi vista a los ultrajes y sustraer mi alma al espectáculo envilecedor de los vicios en demencia.»

En aquel estercolero donde imperaba la sevicia, la gracia de quien fuera el alma viva del salón de la rue Guénégaud obró, no obstante, un portento inesperado. El conserje Boucher y su valerosa consorte, conmovidos por la dignidad estoica de aquella mujer a quien las gacetas jacobinas pintaban como un monstruo de soberbia, resolvieron desoír sus propias consignas.

La celda de las siemprevivas

Al fondo de la tercera planta, al término de un pasillo donde las pisadas de las patrullas resonaban como campanas de agonía, Madame Boucher franqueó para la enclaustrada un cuartuco aislado, provisto de una ventanita diminuta que daba a un pedazo de jardín montaraz. Mejor aún: arriesgando la guillotina si su complicidad llegase a oídos de los comités, los carceleros agenciaron para la presa una mesa de abeto, un par de sillas, y colaron cada mañana en su aposento manojos de rosas y de siemprevivas.

Fue allí, en aquella celda monacal profanada por el Terror, donde Manon Roland trabó su más colosal contienda. Sentada junto al ventanuco, envuelta en una simple bata blanca, hizo correr la pluma sobre el basto pliego facilitado por sus custodios. Día y noche, indiferente al chocar de las picas bajo sus barrotes y a los registros intempestivos que destripaban los jergones, redactó de un tirón sus Memorias imperecederas, su Llamamiento a la posteridad imparcial.

Cada folio emborronado era una burla a los verdugos de Robespierre. Retrataba en ellos a sus detractores con hiel y vitriolo, confesaba su pasión secreta y casta por el diputado Buzot —a la sazón errante por las landas girondinas— y hacía inmortales las tribulaciones de los justos. En cuanto remataba un cuaderno, su fiel camarera o algún amigo leal lo ceñía entre las varillas de sus corsés para cruzar el rastrillo de la guardia en las mismas barbas de los descamisados. La tinta fresca se secaba en el silencio denso de la medianoche, desafiando la quietud de los corredores.

El último redoble de tambor

Mas el otoño de 1793 tocó a muerto para toda ilusión. El 31 de octubre doblaron las campanas en lontananza: los veintiún girondinos, sus hermanos de armas, acababan de entonar la Marsellesa bajo la cuchilla en la plaza de la Revolución. Los ecos de aquella agonía rasgaron los murallones de Sainte-Pélagie cual ráfaga glacial. Comprendió entonces Madame Roland que la tinta ya no bastaría; habría de ofrendar también su sangre.

En la mañana del 1 de noviembre, un chasquido metálico y seco retumbó al otro lado de la puerta. Tres cerrojos se descorrieron con pausada crueldad. El escribano del Tribunal Revolucionario, tocado con el gorro frigio, apareció en el umbral escoltado por dos esbirros de Fouquier-Tinville: la orden de traslado inmediato a la Conciergerie acababa de despacharse. Era la sentencia de muerte enmascarada de mero trámite de comparecencia.

La prisionera se puso en pie sin un temblor. Ordenó con esmero sus últimas cuartillas, despojó del polvo las flores marchitas de su mesa y agradeció con una mirada muda a la mujer del carcelero, que rompía en llanto arrimada a las jambas. Al descender por postrera vez la gastada escalera de pizarra, Manon Roland dejaba a su espalda, ocultas en el corazón mismo de Sainte-Pélagie, las páginas llamadas a sobrevivir a tiranos y verdugos. Siete días más tarde, erguida frente a la estatua de yeso de la Libertad junto al cadalso, pronunciaría su sentencia inmortal; mas su gloria eterna ya había quedado esculpida entre los cuatro lienzos de su mazmorra.