MAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · CUISINE & LETTRESEl café Loupian, junto a Les Halles y el Pont-Neuf. Picaud regresa enmascarado —Joseph Lucher, el abate Baldini, el mozo Prosper— y aniquila uno a uno a los conjurados que lo delataron. La venganza servida fría y metódica en las auténticas calles de París.
Cómo François Picaud, fugado de las mazmorras imperiales y transfigurado en humilde criado, orquestó la sangrienta ruina de sus calumniadores en el corazón mismo de Les Halles de París.
En el otoño de 1815, cuando la diligencia volcó sobre el grasiento empedrado de París a un viajero de tez cenicienta y mirada consumida por la fiebre, nadie reconoció al gallardo zapatero de Nimes a quien una carta anónima había borrado tiempo atrás del mundo de los vivos. Siete años transcurridos en las entrañas de la fortaleza piamontesa de Fenestrelle habían consumido su carne, pero afilado su odio como el corte de una navaja barbera. François Picaud ya no era un hombre: era el albacea de un juramento forjado en la penumbra de las casamatas, heredero de los millones secretos del padre Torri, que había expirado entre sus brazos sobre un jergón podrido.
Mientras la Restauración celebraba el retorno de los lirios en un París que bullía de intrigas, Picaud se encaminó con paso claudicante hacia la cloaca de Les Halles. Allí, a dos pasos de la plaza de Sainte-Opportune, un flamante establecimiento desafiaba la miseria ordinaria: el café Loupian. Los espejos biselados reflejaban el brillo untuoso de las lámparas de quinqué, los mozos correteaban con mandil blanco y, tras el mostrador de estaño, reinaba Marguerite. Su prometida de antaño. La mujer cuyo ajuar había sido vendido, sus lágrimas secadas, y que ahora se enseñoreaba como una burguesa saciada junto a Antoine Loupian, el instigador de la maquinación que había entregado a Picaud a la policía imperial bajo la acusación de espionaje británico.
«No se trata de matar en un arrebato de cólera; se trata de hacer beber al traidor las heces de su propia perfidia, gota a gota, hasta que la tierra misma le resulte estrecha».
— Jacques Peuchet, Memorias extraídas de los archivos de la policía de París
Inmóvil bajo la lluvia helada, guarecido tras la esclavina raída de un vagabundo, Picaud contempló aquel cuadro de familia usurpado. Su corazón no latió más aprisa. La mazmorra le había enseñado la paciencia de las alimañas agazapadas bajo la piedra. La venganza no sería precipitada ni ciega: sería doméstica.
Pocas semanas después, un rostro nuevo apareció al servicio del café Loupian. Decía llamarse Prosper. Era un hombre de edad indeterminable, encorvado, de cabello ralo y teñido con hollín, afligido de una fingida sordera que incitaba tanto a los parroquianos como a los amos a hablar ante él como ante un mueble. Loupian, lisonjeado por la servidumbre meticulosa de aquel provinciano que aceptaba una soldada de miseria por fregar los cobres y enjuagar copas hasta las dos de la madrugada, no cabía en sí de satisfacción.
En el estrecho repostero, que apestaba a achicoria tibia y vinagre, Prosper observaba. Bajo su delantal de lienzo tosco latía la cartera de un nabab, atiborrada de letras de cambio negociadas bajo cuerda con los banqueros de la rue Vivienne. Y, sin embargo, continuaba frotando el entarimado de rodillas. Cada noche, en cuanto se corrían los cerrojos del café de Sainte-Opportune, el supuesto criado extraía de un zurrón secreto un registro donde figuraban los nombres de los cuatro conjurados de 1807: Gervais Chaubart, Guilhem Solari, Antoine Loupian y aquel cobarde de Mathieu Loupian, que había dejado hacer.
Picaud conocía ya la hora exacta en que cada cual apuraba su cuartillo, el estado de sus deudas, las vanidades de sus esposas y los vicios ocultos de sus vástagos. Convertido en la araña agazapada en el centro de la tela, no tenía más que tirar de los hilos invisibles de un avispero de oro y sangre.
El primer golpe no cayó en Sainte-Opportune, sino sobre el Pont des Arts. Una mañana lívida hallaron a Gervais Chaubart, el delator primigenio, atravesado por una estocada de estilete en pleno corazón. En el puño del arma se leía una inscripción lacónica: Número Uno. El terror se abatió sobre la trastienda de Loupian. Solari, presa del pánico, acudió allí en busca de refugio, temblando como hoja movida por el viento y jurando que el espectro de Picaud rondaba los muelles del Sena.
Prosper, impasible, le servía su caldo caliente doblando la cerviz con humilde deferencia. Nadie reparó en el frasco de cristal esmerilado oculto en su manga de alpaca, ni en el polvo blanco que se disolvía lentamente en el pringoso brebaje. Durante tres días, Solari se retorció las entrañas en un cuchitril de la rue des Déchargeurs, vomitando bilis ante los ojos azorados de médicos impotentes. Cuando expiró, una esquela negra deslizada bajo su almohada ostentaba estas palabras trazadas con tinta indeleble: Número Dos.
El cepo se cerraba inexorablemente en torno al matrimonio Loupian. Picaud no deseaba abreviar los días de su rival; pretendía descuartizar metódicamente su honra, aniquilar a su descendencia y reducir a cenizas su opulencia. Valiéndose del oro inagotable de Fenestrelle, sobornó a presidiarios convictos para comprometer al hijo de Loupian en un robo de orfebrería hábilmente urdido de principio a fin, enviando al mozo derecho a los presidios de Rochefort. Luego, bajo el disfraz y los oropeles de un ficticio príncipe extranjero, hizo seducir a la hija del hostelero, abandonándola deshonrada en un infecto cuarto de alquiler la misma noche de una farsa de bodas.
En el invierno de 1820, el próspero establecimiento de Sainte-Opportune no era ya más que una ruina moral. Los acreedores asediaban las puertas, Marguerite languidecía consumida por la vergüenza y el espanto, y Loupian, embrutecido por el aguardiente, deambulaba por la trastienda como un autómata quebrado. Fue entonces cuando estalló el fuego. En el corazón de una noche sin luna, el incendio prendió misteriosamente por las cuatro esquinas de la despensa. Los espejos estallaron ante la llamarada, el mostrador de estaño se fundió en regueros plateados y la fortuna cimentada en el perjurio se esfumó entre el humo, en medio de los gritos impotentes de los aguadores del barrio.
Al alba, entre los escombros humeantes, el fiel mozo Prosper se había desvanecido. Jamás reclamó su salario.
El desenlace sobrevino en la viscosa oscuridad del claustro de Sainte-Opportune, algunas noches más tarde. Loupian, despojado de cuanto poseía, huía de los alguaciles cuando una silueta surgió de la sombra de una arcada. Ya no era el criado encorvado, sino un espectro envuelto en paño negro, cuyos ojos centelleaban con el fulgor gélido de los calabozos alpinos. Antes de que el acero penetrara en su pecho, el hombre se inclinó sobre el moribundo para susurrarle al oído el nombre que el desdichado había creído sepultar bajo tres varas de tierra:
«Mírame, Loupian. No soy el criado Prosper, ni el príncipe de pacotilla que mancilló a tu hija. Soy François Picaud. Y en el libro de cuentas de mi encierro, tu nombre era el último que quedaba por tachar».
Cuando las patrullas de la prefectura de policía levantaron el cadáver a las primeras luces del día, sobre el empedrado de Les Halles humedecido por un deshielo siniestro, la hoja clavada entre los omóplatos ostentaba el lema supremo de una venganza implacable: Número Tres.